viernes, 5 de junio de 2015

Día 383: Historia de un bluff II

      Una minúscula prueba. Solo eso. Atraparía a ese leprechaun aunque le cueste veinte ollas de oro. Ese enano de mierda se llevó a mi mujer, gritaba Leroy por las calles, todo borracho, desde los pantalones hasta las medias.
      Lo que nadie sabía de la historia era lo que Leroy callaba. El duende se había llevado a su mujer, es cierto, pero bajo ningún modo lo había hecho de modo ilegal. Una partida de poker es tan sagrada como la biblia. Un caballero promete. Un caballero otorga. Esa era la idea de Leroy, antes de entregar a su mujer luego de perder el juego contra el leprechaun.
      Así perseguiría a la porquería por toda Irlanda. Bebiendo en cada bar mugroso. Durmiendo en cada árbol podrido. Pateando a todo borracho en la calle que pudiera darle algo de información. Leroy vagó durante cinco años en Irlanda. Y el leprechaun no volvió a dar señales. 
      Una tarde de agosto, cuando los días todavía eran cálidos, Leroy salió a pasear por el centro de Dublín. Un hombre estaba tocando el acordeón en la plaza. Era muy bueno el maldito. Las monedas le llovían sobre el viejo bombín que auspiciaba de billetera. Y ahí lo vio. Iba todo de negro, para no ser reconocido. Leroy sabía de donde provenía esa mirada lujuriosa hacía las monedas. El viejo apostador había vuelto a la ciudad y le debía el honor de una revancha.
      Cabe mencionar que los leprechauns no suelen tener un espíritu lúdico. Su codicia está por encima de todas sus pasiones. Este duende era la excepción. No menos codicioso que los de su raza, este leprechaun amaba el poker. Así que lo último que podría hacer es rechazar la propuesta de Leroy. 
      Vendí a la mujer. No sé dónde está. Fue la respuesta del leprechaun. Lo dijo como al pasar. Nada importante. Luego de repartir las cartas, Leroy observó a su contrincante en silencio. ¿Apuestas? El leprechaun estaba animado por la bebida. Se sentía con el dado cargado de su parte. Nada podría fallar. Dejemos que sea una sorpresa, dijo Leroy. ¿Confiamos? Confiamos, asintió el leprechaun mientras guiñaba el ojo izquierdo con dificultad. 
      El leprechaun quedó conforme con las cartas. Leroy pidió cambiar dos. Aumentó la apuesta del ingrediente sorpresa. El leprechaun aumentó. Leroy temía el bluff y subió la apuesta. Tanto ingrediente sorpresa, nos jugamos el universo, sonrió el leprechaun. 
      Los jugadores enseñaron las cartas antes que los dientes. Leroy llevaba un trío de dos, y el leprechaun sostenía su bluff sobre una pobre pareja de cincos. Del mutuo engaño salió favorecido Leroy, que ya saboreaba la venganza. Te quiero, dijo. El leprechaun, aun enfurecido, rió con ganas. No nos pongamos cariñosos, humano. No, te quiero a vos, dijo Leroy. Aposté tu pellejo. Ahora me pertenecés. Desde ese entonces, el leprechaun destapa el inodoro en la casa de Leroy.

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