sábado, 6 de junio de 2015

Día 384: El camino más corto

      Todo en la vida se aprende, o se come. Lo difícil no suele ser que aprendamos las lecciones, sino que nos la comamos. El estómago humano es voraz y no entiende de sexo, religión o raza. Ve todo de un mismo color: color comida.
      Dicen que todas las experiencias espirituales nacen del hambre. En la ausencia de alimento es que el cerebro suele encontrar su verdadero camino. Camino que suele ser errado debido a la falta de ingreso de nutrientes a las neuronas. Como descubrieron los científicos, la comida es tan importante que se convirtió en una necesidad humana, como es dormir, reproducirse o colgarse del cable del vecino para ver gratis el codificado.
      Desde tiempos inmemoriales los gourmets han sido unos avanzados en la materia. No en colgarse del cable del vecino para ver gratis el codificado, bueno, algunos tal vez si. Los gourmets se especializaron en el arte del buen comer. Su historia se remonta a tiempos medievales. Sus antepasados inmediatos, los catadores del rey, eran los encargados de distinguir un plato de buena comida a un buen veneno para ratas.
      Luego la comida, cuando comenzó a escasear, se tornó un asunto de Estado. Los caníbales proliferaban por las calles de Europa, aunque los libros de historia no lo quieran mencionar. Lo qué sí se puede contar es lo que vino después, o sea, el modo en que la sabia Europa palió la hambruna colectiva. Para eso se necesitó unos cuantos hombres intrépidos, varios miles de monedas de oro de la corona española y unos cuantos millones de aborígenes asesinados. Para decirlo de un modo decoroso, la sangre de América, el nuevo continente, nutrió a las flacas carnes de los europeos, que en ese entonces miraban a las ratas con cariño, a pesar de lo aprendido en la vida a través de esa peste maldita.
      Y llegamos a estos gordos tiempos, los de la sobrealimentación, los tiempos de hamburguesas de lechuga transgénica hipermegadulterada. La comida sobra, salvo en África, en donde pasan cosas diferentes, como guerras civiles, leones, cebras y recitales cada treinta años para curar el hambre diaria de la población. Nimiedades. 
      ¿Y el aprendizaje? ¿Donde está lo que se aprende? Hay pocas cosas de las que se pueden aprender sin que antes deseemos comerlas. Aprendemos que levantarse temprano no sirve para nada, aunque tampoco sirva de mucho levantarse tarde. Aprendemos que el suelo suele soler estar más frío que la temperatura ambiente, así que ya lo saben en verano. También aprendemos a fabricar combustibles para avión con una papa y un litro de Coca cola luego de ver McGyver. Y cosas así. El mundo está ahí, por suerte, para ser aprendido, y no comido.  

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