domingo, 7 de junio de 2015

Día 385: Una historia de mierda

      Las naciones beligerantes pidieron el cese de la tormenta de fuego que caían sobre sus ciudades. Los misiles caían como una lluvia dorada de soretes. El primer ministro, ante la inminente caída del régimen que sustentaba su poder, dijo basta.      
      Los habitantes pedían reformas, los gurús de la religión pedían por una paz digna de la locura de Juana de Arco, la mujer del primer ministro le pedía el divorcio. El país estaba en una crisis de necesidades y el primer ministro llevaba la soga al cuello.
      Del otro lado del río las cosas no eran menos complicadas. El gobernante se había autoproclamado hace veinte años como Maestro, Rey, Enviado de Dios y títulos semejantes. Aun el pueblo soportaba sus idioteces, por que si hay algo que no resiste un pueblo es a un tirano con soluciones prácticas. El Rey del desierto descubrió, gracias a su séquito de científicos, un modo de mantener contenta a la población. La idea es sencilla. El tirano montó una fábrica de ocio, con capacidad para el total de los habitantes del país. La fábrica de ocio manufacturaba productos de primera calidad: pornografía, alcohol, juegos de azar, libros, programas de televisión, y todas las cosas que hacían feliz a la gente. Exportaban el 30 % de las mercancías para mantener los libros contables en orden, y la ganancia restante iban a parar al Rey del desierto (un 25 %), y el 50 % entre todos los empleados del país, ganancias que volcaban a la compra de sus propios productos fabricados. El círculo cerraba a la perfección. 
      El problema llegó con una lección de infraestructura edilicia. Como en el país del Rey no se recaudaban impuestos, las obras públicas eran realizadas por los mismos ciudadanos, y no todos poseían el grado de experiencia para tales tareas. Así fue como las cloacas de todo el país desembocaron en el río. Y, por decirlo de algún modo, la mierda lo tapó todo. 
      El primer ministro, que recibía desde el otro lado del río a todos los inmigrantes ilegales que salían de los inodoros del país vecino, lo tomó como una afrenta, y aún más, como un acto de guerra. Casus belli. Así lo definían los romanos. La mierda fue el problema. 
      Y la mierda fue la solución. Luego de 96 días de batallas ininterrumpidas se llegó a un cese de fuego. El primer ministro, acuciado por las circunstancias solicitó una reunión urgente con el Rey del desierto.
      El tirano lo recibió en su despacho. El encuentro duró quince minutos. El rey del desierto hizo gala de todo su sentido práctico. Señor primer ministro, dijo el rey. Dejemos de lado nuestras diferencias. Tenemos un gasto inútil en balas y bombas por una guerra que nació de una tontería. Mírelo de este modo, usted no recibe de nosotros desperdicios. Mis científicos me aseguran que el excremento humano es un fertilizante óptimo, si se produce. Considere un acto comercial, recibe materia prima gratis de mi país, ahora solo necesita una mínima inversión.
      El Rey del desierto cerró un trato millonario. Vendería a dos de sus expertos para la producción mundial de fertilizante. El primer ministro cerraría un contrato para exportar cien toneladas de fertilizante a China. Ni un chino se preguntó, desde ese día, porqué sus plantas crecen tan de prisa.

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