martes, 9 de junio de 2015

Día 387: Perdón

      Mamá me dijo que podía volverme un puto de mierda por mirar las novelas de Alberto Migré. ¿Qué quieren que le haga? Si nació en una época en que la homosexualidad parecía salida de un cuento de ciencia ficción. Y eso que desde la época de los dinosaurios los hombres comen entre sí. Hombres con hombres digo. Mirá los griegos, esos no se preocupaban por el agujero en donde se metían. Pero bueno, los ochenta fueron años difíciles para este ex adolescente en pleno desarrollo sexual. Salíamos de la dictadura, pero aún la gente tenía el discursito en la cabeza. Nosotros, la aberración de la naturaleza. Nosotros, los portadores de la enfermedad, que nos moríamos de SIDA como palomas con rabia. Nosotros, el miedo de la Iglesia, esa Iglesia que dejaba que te mueras como un perro sin un solo Sacramento, mientras por atrás visitaban nenes a lo loco. A mi no me mienten.
      Y no mamá, no me volví un puto de mierda por mirar las novelas de Migré. Tampoco porque papá nos dejó. No me como el verso psicológico. Soy lo que soy porque lo siento. Mirame, mamá, ¿No te gusto? Me recibí de ingeniero con un promedio de 8'79 en el 95, ¿Qué te parece? ¿Me felicitaste? No, seguías con toda esa perorata de la nena de mamá. Me hacías presentar chicas. Lo sé, eras vos. Vos y tus ingenuos planes para desputarme. No entendías que así era, bah, soy feliz.
      Después de recibirme me fui del país. No por ser esa cosa que mamá dice que soy, sino por la falta de trabajo. Fue cuando conocí a Iván. Recuerdo que te escribí una carta, mamá, para invitarte a nuestro casamiento, bah, a lo que sea que nos dejaran hacer quince años atrás. Imaginate que recién el año pasado pudimos adoptar a Iara. Por suerte nadie se preocupó por lo que hacíamos Ivan y yo dentro de la cama. El gobierno vio que éramos idóneos para desenvolvernos como padres y así entró la pequeña Iarita a nuestras vidas. Tendrías que verla, mamá, está hermosa. Sé que muchas veces ahogaste tus palabras en este putito de mierda. Te costó una vida, la tuya, entender mi felicidad. No te entraba en la cabeza, ¿No?
      Hablamos por teléfono la semana pasada y me dijiste que el doctor te dijo que estás muy enferma y que pronto te pueden pasar cosas feas. Escribo esto, a nadie en particular, a ningún interlocutor presente. Estoy por cumplir cincuenta años y ya dieciséis años junto a Iván. Me hubiera gustado que vengas a visitarnos, mamá. Nunca me pediste disculpas, pero sé que lo sentís. Me diste muchos motivos para odiarte, pero quiero que sepas que no te guardo rencor. Te amo. Te perdono.

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