jueves, 11 de junio de 2015

Día 389: Acidez

      El abogado rezumaba un jugo agrio, licuado por los años. Es una caja, una maldita caja, y se la tenía que rematar a ese loco como si fuera un tesoro salido de las arcas de la Corona española. El abogado tomó un antiácido y aclaró la garganta. Al fin y a cabo se trataba de un puto testamento, y las personas que tenía enfrente, familiares del muerto, estaban todavía tristes por la pérdida. Así que debería contener la risa por lo menos por una hora. 
      No debí comer todo ese sándwich, resopló el notario. Señores, bla bla bla, lego esta caja de cartón a bla bla bla bla, con el fin de bla bla bla. Firmen acá, acá y allá, y por favor, sáquenme esa caja del demonio de mi vista. 
      El hijo del muerto miraba al abogado con problemas de digestión. El abogado le hizo un gesto, como apurándolo para que firme. El hijo colocó la lapicera sobre el escritorio, sin dejar de mirarlo fijo. ¿No habrá abierto la caja, no? El abogado se sonrojó, sin motivo alguno. ¿Cómo sería capaz? Las cajas de cartón no son de mi interés, además, soy un profesional.
      Ésta no es cualquier caja, es la caja de mi padre, dijo el heredero. Lo sé, lo se, resopló el abogado una vez más. El ácido que bailaba en su garganta lo mataría de un susto. Se equivoca en sus apreciaciones, doctor.
      El abogado resopló con más fuerza. El antiácido iba de paseo por la traquea. A mi me parece una simple caja. Pues no lo es, replicó el hijo del muerto. Es un portal muy peligroso. El abogado largó una risa áspera. No le importaba en nada una caja de cartón. Sólo quería que le firmen los benditos papeles y le saquen eso de su vista.
      Tal vez deberíamos contarle al doctor como murió papá, dijo la hija menor del finado. Papá era un científico, de los buenos. Creó ese portal, pero su obra quedó inconclusa. Por eso le advertimos, doctor, del peligro de lo que usted llama una caja de cartón.
      Eran las 14 horas. El simple trámite se había extendido más de lo previsto. El abogado miró su reloj y se paró. Mientras caminaba repitió una vez más su indiferencia ante la caja. Ahora realizaba amplios ademanes con los brazos. Parecía un pollo prendido fuego. 
      Los hijos lo miraban, en un estado de alerta, como de chihuahua nervioso. Sus manos se acercaban cada vez más a la silla donde reposaba la caja. Un manotón, sin querer, y la caja dio de lleno contra el piso. No hizo ruido, ni se rompió. Cayó al suelo. Como una caja de cartón. Común y corriente. Los hijos, alarmados por un futuro desastre, huyeron despavoridos. 
      Las solapas de la caja se abrieron unos dos centímetros de espesor. Y eso fue todo. El escritorio, las lapiceras, los cuadernos, tazas, libros, todo fue a parar a la caja, que actuaba como una aspiradora de las potentes. La oficina quedó vacía, a excepción del abogado, que tenía clavado sus ojos de bovino en esa caja-portal-aspiradora de cartón. Fue cuando la caja se abrió del todo.
      Demiurgo. Debo buscar esa palabra en el diccionario. Esas fueron las últimas palabras del abogado antes de ser absorbido por la caja. La evolución jugó un papel muy importante en lo que podría haber sido el fin de los tiempos y de la vida en la Tierra.
      Por un azar en las cadenas de ADN, la línea materna en la familia del abogado desarrolló un excedente de carnosidad situado a la altura de las nalgas, excedente que heredó el abogado. Sus nalgas prominentes se atascaron en la caja. El portal absorbió y absorbió, en vano, la parte trasera del abogado. Fue inútil. El portal estaba atascado con las nalgas del abogado. 
      Los hijos temieron lo peor. Estaban sentados en la sala de espera, en cuclillas, con los ojos cerrados. Cuando sintieron el ruido como de una sopapa y luego el silencio, se sorprendieron. 
      El hijo del muerto se asomó poco a poco a la oficina. Ahí lo vio al abogado, con el portal adherido a su cola. No podemos hacer nada al respecto, doctor, como le decía, la obra de mi padre está incompleta, va a tener que esperar, a que otros científicos la terminen, y bueno, lo saquen... de ahí. El hijo ahogó una risa. El abogado escuchó las palabras del heredero y asintió sin decir nada. Un gran resoplo. Por suerte el antiácido había empezado a hacer efecto.

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