viernes, 12 de junio de 2015

Día 390: Las avispas

      Al puerto de avispas lo cerraron hace tiempo. Los nativos consideraron que era una diversión aberrante a ojos de los dioses. Por supuesto, a los dioses poco le importó las cosas que ocurrían en la isla, porque las peleas de avispas se siguieron desarrollando unos años más en los circuitos hasta su completa abolición. Por lo general las competiciones eran sencillas y rápidas. Así evitaban las redadas policiales. 
      La respuesta típica. Esa clase de cosas que pasan en las islas del Océano Pacífico. Como si el libertinaje de la vida fuese parte de la propiedad inherente de las islas, y de las avispas claro. De todos modos, al principio no era tan dañino el asunto. Eran unas cuantas avispas mareadas en un tarro que atacaban a un pedazo de carne de chancho muerto. Nada más.
      Luego le agregaron detalles interesantes a la contienda. Más avispas. Más objetivos. Y adiós a la carne de chancho. Los sacrificios humanos dieron inicio. Las avispas picaban las carnes de los antiguos formadores, aquellos que perdieron sus batallas iban a parar al fondo del pasillo. 
      La última lucha de avispas ocurrió hace 18 meses atrás. La policía encontró dos hombres muertos por las picaduras. Detuvieron a once personas, y ciento veinte más que estaban como espectadores. La policía acabó de un golpe el puerto de avispas, la arena en donde las batallas daban lugar. Aunque dejaron un pequeña cosa. Las avispas. 
      La mayor parte de las avispas luchadoras escaparon, causando estragos sobre las plantas de la isla. Un porcentaje menor permaneció en donde lo hacía desde hace meses. En el subsuelo de un sótano sin nombre ni dirección. 
      Allá abajo trabajaba una persona con pocos escrúpulos y aires de científico. Su apodo contrariaba varias leyes de la ciencia. Mister Banana, así le gustaba que lo llamaran. Mister Banana continuó su trabajo con las avispas, a pesar de las redadas policiales. Allá abajo Mister Banana jugaba a ser dios. La evolución cambiaba las reglas. 
      Las avispas, que tardaron miles de años para llegar a ser como son, en tan solo meses cambiaron, gracias a la ayuda de Mister Banana. Las diminutas avispas vieron una vez más la luz, cuando ya se escaparon al control de su creador. Un picotazo mortal le atravesó el tórax. Cuando las avispas de Mister Banana escaparon, las más pequeñas sobrepasaban el metro y medio de alto.

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