domingo, 14 de junio de 2015

Día 392: El elefante explorador

      Comportamiento digresivo. Ese es el cuadro de situación. O mejor dicho la bala que decidió clavar el psiquiatra en mi cabeza. De acuerdo a Sebastián (así se llama mi psiquiatra) tengo la bolsa de extraña habilidad de confundir los terminos de una proposición en menos de lo que tarda en trinar un petirrojo alimentado con semillas nucleares. Nunca le dije a María lo tanto que la amaba. Por supuesto que vamos a salir. Pasearemos, le diría a mis hijos, si los tuviera. Decidí hacerme la vasectomía porque alguien decidió por mí que sería justo que no tenga descendencia. Es por el bien de mi salud mental, y de los que me rodean. Así justifica Sebastián todo. Sebastián es mi psiquiatra. Tendrían que ver su oficina, es un canto a las maravillas del mundo moderno. Un infierno de la ingeniería mobiliaria del siglo XXI.
      A veces miro al cielo y le pregunto a mamá. ¿Porqué tuviste sexo con papá? ¿Porqué decidieron no cuidarse? ¿Porqué Sacachispas no asciende? Y cosas así. Papá también está en el cielo. Intuyo que allá arriba deben haber mentado su postergado divorcio en vida. Murieron con el odio atragantado. Casados, así murieron, pero con rencor. Y yo les vine a nacer en medio de una de sus eternas batallas. Supongo que la moral de la época hizo estragos en sus decisiones y afirmaciones respecto a la vida.
      Me hubiera gustado tener un perro. Sebastián me dice que por mi salud mental, y la de los que me rodean, no puedo tener un perro. Sebastián es mi psiquiatra. Los perros son sucios. Ladran. Mueven la cola. También muerden. Me gustan los perros. Quizás debería cambiarme la ropa. No tengo muchas opciones. El uniforme de recluso de Locolandia ofrece pocas alternativas estéticas.
      Una vez traté de escaparme. Pero no pude. Soy malo para hacer planes. Me hubiera gustado ser un elefante. Un elefante explorador. Una cosa no tan cobarde como la que veo en los reflejos del agua. Sebastián dice que los espejos son perjudiciales para mi salud mental, y la de los demás. Sebastián a veces puede ser un dolor de huevos. Sebastián es mi psiquiatra.
      A veces me pierdo en el tiempo. Otras en el espacio. Mi memoria tiene baches. Es como si la Madre de todas las creaciones me hubiera abandonado a la mitad de un agujero negro. La realidad puede llegar a ser hermosa y sobrecogedora. Y no es cosa de cuento. Puedo perder días, o meses. La gente me mira abobada, como si esperara que les diera una respuesta.
      Tengo conflictos con la ley. Pero yo tengo mi propia chapa. La verdad que no sé para qué sirven las chapas. Juntan óxido. Es verdad. Lo peor es el trabajo. A veces me gusta jugar a que soy otras personas. Lo difícil es saber distinguir lo que es de lo que no. Me es fácil ser otra persona, pero no sé si esa otra persona soy yo, o en verdad es otro. Me confunde. El juego va lejos y lejos. 
      Por momentos me siento en un gran sofá, sumergido en una oficina aséptica. Recibo pacientes y hago como que los curo. Los escucho recitar sus problemas, como si fuesen mantras. Luego les doy pastillas y los curo. Es mi trabajo. Juego a ser un psiquiatra, como Sebastián. Sebastián es mi psiquiatra. Yo soy Sebastián.

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