martes, 16 de junio de 2015

Día 394: ¿Qué me puede pasar?

      ¿Qué me puede pasar? Dijo el Califa antes que su cabeza se separara del cuerpo. Y así dio por terminada su dinastía. El profeta no salvó a su alma, mientras sus restos eran arrojados a los perros. En un momento de lucidez había accedido a las palabras justas para definir el momento, ¿qué me puede pasar?
      El Imperio Otómano, con sus altos y bajos, resplandecía. Estambul era un faro para el comercio con Occidente. Por lo bajo se comentaba. Un brujo habría urdido el asesinato del dirigente. O sea, las acusaciones y la ejecución serían un circo montado para disimular el golpe de estado.
      De hecho el brujo existía. Su nombre fue desconocido hasta su desaparición física. Pero las líneas de su influencia se extendieron por todas las regiones del Imperio. Mucho antes que se extendiera la moda por Europa, el brujo ya dominaba los secretos de la alquimia y la transmutación de los metales. Sus logros permanecen indocumentados. Cayeron en el olvido. Todo por obra y gracia de un fervor ciego, un anhelo virado hacia el poder eterno.
      Muchos lo siguieron hasta las últimas consecuencias. El mundo observaba con ojos atentos las movidas del brujo. Todo fue así hasta que el hombre se esfumó. Nada más se supo de él. Luego, unos meses después, un nuevo Califa asumía el poder del Imperio Otómano. El mismo Califa que observaría con gracia la sentencia ¿qué me puede pasar?.
      Y es lo que pasó. Los deseos del brujo de poder se consumaron hasta los más recónditos extremos. Logró abandonar su cuerpo, el cuál dejó tirado en una cueva, allá lejos, en el desierto. Su mente fue a parar a los confines físicos del nuevo gobernante. Hizo lo que más deseaba: gobernar. Y así perdió la cabeza. 

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