miércoles, 17 de junio de 2015

Día 395: El golpe

      El hombre no paraba de sacudir su palito mágico. Pero si tiene forma de pito, cuchichiaron por lo bajo unos señores remilgados. Así es el circo, gente, cierren la pico y presten atención al acto. El mago tenía muy poco humor. Esa mañana había perdido a su perro, un pequinés de dos años de edad. Un elefante se lo comió como si fuera una cáscara de maní. Así que ahí estaba el mago, frente a una multitud, haciendo magia con su miembro viril.

      Nadie se encontraba cerca del mago. Si alguien lo hubiese olido se habría dado cuenta que el tipo estaba borracho a más no poder. Dos palomas en estado de inanición salieron de las mangas del ilusionista. Ensayaron el corto vuelo que les permitía sus alas cortadas para la ocasión y cayeron al piso. Luego de jugar a los espasmos, las palomas murieron. Algunos espectadores se miraban entre ellos, en duda. ¿Debemos aplaudir? Un tibio batir de palmas surgió del fondo de la carpa.
      Mi mujer, mi mujer, me abandonó, decía el mago en voz alta y entrecortada, como para que lo escuchen todos. El hombre conocía el arte de la oratoria, así que le resultaba fácil engolar la voz, aún borracho y todo. Mi mujer, mi mujer, repitió. ¡Y mi Hossie! ¡Prefirió el estómago de un elefante a vivir conmigo! ¿Quieren show? ¿Quieren show, parásitos de la vida? 
      El mago indagaba al público con ademanes groseros. El dueño del circo tenía el rostro como un matafuegos o una Ferrari 550 Maranello. No podía continuar ese borracho con tal espectáculo. Una pesada mano lo detuvo, era Arnoldo, el fisicoculturista. Estaba obnubilado por la desgracia de su compañero. Esperemos a ver a dónde quiere llegar, señor, dijo Arnoldo. El dueño del circo asintió con dudas. ¿Cómo negarle un favor a una mole de 1'93 de alto que pesaba más de 100 kilos?
      Los pies del mago se entrecruzaban, mientras pisaba los restos de sus palomas con feliz descontento. No paraba de hablar. Quería que todos se enteren quién era Luppini, el ilusionista. Un gran show, eso les voy a dar, ¿Querían show? ¿Para eso pagaron, no? Gran parte de las personas empezaron a retirarse del circo en silencio.
      Acá tienen el show, dijo Luppini. Una bola de humo cubrió al mago. Ni un rastro. El hombre había desaparecido del centro del escenario. Acá, acá van a tener el show. Algunos de los que se iban giraron la cabeza, dominados por la curiosidad. El mago apareció al lado de una jaula pintada de negro.
      Luppini sacudió una vez más su palito mágico, para desgracia de los pocos señores remilgados que quedaban. Un tigre de un metro treinta de alto se materializó en la jaula negra. El mago se arremangó el frac y se dispuso a abrir la jaula.
      En ese momento el hígado de Luppini anunció al público que estaba fallando. Un vómito de color ocre salió de la boca del mago, como si también fuese parte del espectáculo. Luppini se limpió la boca con un pañuelo verde que tenía dentro de su galera. 
      El tigre estaba recostado. Permanecía ajeno a los llamados de mago. El animal se negaba a salir de la jaula. El mago entró junto al tigre. Todo el mundo no salía del asombro. En una maniobra suicida, Luppini tiraba de las piernas delanteras del tigre, obligándolo a salir de la jaula negra. 
      Arrastró al animal con todas sus fuerzas. Luppini se desplomó en el suelo por tanto esfuerzo. El tigre seguía sentado, sin inmutarse. Ahora lamía con cierta timidez el vómito del ilusionista.
      Luppini lloraba de la impotencia. Quería que le arrancara la cabeza de cuajo y el tipo era más inofensivo que un gatito con tos. En un último intento por hacer enojar al animal el mago dio de golpecitos al cuerpo del tigre con su palito mágico. Se sentía tan mal del hígado que vomitó de nuevo, esta vez sobre la espalda del tigre.
      El tigre sintió el vómito y se dio vuelta. Mostraba su panza, como si esperase una caricia. El dueño del circo se cansó de su mago borracho. Se acercó a la jaula negra. El tigre sintió su presencia. Ahora si estaba enojado.
      El dueño del circo, petrificado por el terror, veía acercarse al tigre. El mago seguía sacudiendo su palito mágico sobre la espalda del animal.
      Como si el truco hubiese hecho efecto, el tigre se detuvo. Un rugido detuvo el tiempo y el espacio. El tigre ensayó una burda imitación del mago mientras vomitaba y vomitaba sin parar. De sus fauces salían kilos y kilos de carne mal digerida. Entre los restos del vómito asomaba un cuerno de elefante. El tigre vomitó otra vez. Un perro bañado en desperdicios de estómago de tigre había ladrado. El público, ahora de pie, aplaudió al mago en una ovación cerrada que duró cinco minutos.

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