jueves, 18 de junio de 2015

Día 396: Princeps phallus

      Soñó una vez más con el pitufo verde, esa cosa aberrante de la naturaleza, por cierto inexistente. El sol le quemaba la cabeza. El cerebro, a esta altura un huevo frito, le hacía cada tanto estas jugarretas.
      ¡Saint-Exupéry es un invento de los padres, idiotas! Gritó a una grandisima nada el aviador. El desierto se tragó el eco de su voz y no devolvió sonido alguno.
¿Qué me puede pasar? El aviador dormía despierto. Recordó esas palabras, las últimas quizás, que brotaron de un viejo Califa del Imperio Otómano. Un gobernante otrora brujo. ¿En dónde lo habría leído? La Playboy, quizás.
      Llevaba diez kilómetros de camino, sin ningún rastro de civilización a la vista. Arena tan solo arena. Hace 22 horas sus provisiones de agua menguaron hasta el vacío mismo. Moriría sin lugar a dudas, a no ser que operase un milagro sobre su persona. Los pitufos verdes seguían detrás del aviador, pisándole los talones. Caminaban en una procesión uniforme mientras emitían un canto religioso a las algas. Un par de gigantes azules con hachas se habían unido a la marcha. Los gigantes tenían un registro de bajo, mientras que los pitufos verdes eran excesos tenores.
      El aviador arrastraba sus pies. Tenía arena en cada orificio de su cuerpo. Pronto sería un pitufo verde más, o un hombre de arena. Lo que venga primero. Con la mente distraída chocó contra un cartel de madera, colocado con mucho cuidado sobre una base de cemento. El cartel decía: Bar del desierto, 2 km.
      Un espejismo muy efectivo, por cierto, pensó el aviador mientras golpeaba el cartel con los nudillos para probar la veracidad de la ilusión. Caminaría esas benditos dos kilómetros con todo su séquito a cuestas, total ¿Qué tenía que perder?
      A dos mil metros o veinte mil centímetros, cómo se prefiera, se erigía el llamado Bar del desierto. El bar tenía una sola barra y cinco asientos. Un hombre de unos cincuenta años lavaba las copas limpias. El camarero le dio la bienvenida. Esta es la nueva franquicia del Almacén de rubros generales Don Nicasio. El aviador sonrió, no podía hablar del cansancio. Le hizo señas al camarero para que le sirviera agua.
      Una vez rehidratado, el camarero le ofreció al aviador el menú del día, que era pato a la naranja con papas noisette. El aviador decidió acompañar su primera comida en una semana con una botella de Syrah cosecha 1955. El camarero parecía contento de la vida de servir a su único cliente.
      El camarero continuó limpiando las copas, ahora algunas sucias por el vino del aviador:

      - Llámeme don Nicasio.

      - ¿Qué? - dijo el aviador.

      - Que me llame Don Nicasio, me gusta que me llamen así.

      - Ah - rumió el aviador - así que usted es don Nicasio. El dueño de todo esto.

      - Si, el mismo. -asintió el camarero - Aunque en realidad me llamo Simón. Don Nicasio es el nombre de mi firma.

      - Y el negocio va bien, ¿No?

      El aviador estaba concentrado en una papa noisette. Hacía meses que no hablaba con una persona de carne y hueso. Se pierde la práctica, reconoció para sí. Demostrale algo de interés, viejo:

      - Digo, tiene muchos clientes, vende bien sus cosas. Es un lugar peculiar para montar un bar, un almacén de rubros generales - agregó el aviador.

      - La verdad que no. Hace dos años que no tengo clientes. Tengo una condición psiquiátrica, ¿sabe?. Soy millonario y no puedo evitar esta clase de cosas.

      - ¿Qué cosas?

      - Negocios arriesgados. Soy proclive a montar negocios arriesgados - dijo Don Nicasio.

      Así definió Simón, también conocido como don Nicasio el millonario, su locura en el desierto. A pesar de ser un tiburón del capitalismo la situación mental de don Nicasio apenó mucho al aviador. Le voy a dejar una buena propina, pensó. El aviador pidió la cuenta:

      - Son 526 libras egipcias, señor. Trabajamos con tarjeta de crédito y aceptamos rupias, yenes y dólares estadounidenses - informó Don Nicasio, luego de extender un papel con la cuenta hecha a mano al aviador.

      El aviador registró sus bolsillos y palpó su bolso de cuero. Nada de nada. Había dejado su dinero arriba del avión. A esta altura ya debe estar reducido a cenizas. No se preocupe, hombre, la casa invita, le sonrió Don Nicasio. El aviador agradeció el gesto y retomó su camino en el desierto.

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