sábado, 20 de junio de 2015

Día 398: La decimoquinta extinción

      Una falla de cálculo cuántico creó un agujero del tamaño de una albóndiga de cinco metros en el medio de una ruta. Si me preguntan, podría asegurarles que el Universo está lleno de agujeros, pero no me creerían. Incluso puedo decirles que el Universo es muy parecido a un colador.
      Por ese entonces la ciencia estaba en pañales. Por cierto, unos pañales muy sucios. Existía una suerte de creencia en la divina providencia. Como si todo se tratase de orden. Nada más lejano de la realidad. A los humanos poco pareció importarle las explicaciones grandilocuentes a los debates en torno a la gran existencia de un plano mayor. El agujero solo representaba un mero divertimento. 
      Una cosa entraba por el agujero, dejaba de existir por unos cuantos metros, y volvía a aparecer. Esa era toda la magia del agujero. Ninguno podía aseverar a través de sus experiencias lo que sentían en esos instantes próximos a desaparecer. Un grandioso vacío apagaba sus mentes. Como si de muerte se tratara. 
      Un experto en cosas raras del más allá, lo que se dice un parapsicólogo, relacionó el potencial de este agujero del tamaño de una albóndiga de cinco metros con la vida después de la muerte. El gobierno de ese entonces fomentó la visita al agujero como una atracción turística. Lo nombraron el túnel de la muerte. Lo nombraron así porque sonaba bien. 
      Mordidos por el bicho malo de la curiosidad la gente se acercaba al túnel de la muerte. Probaban pasar sus autos, sus comidas, sus bebés, sus perros, a través de ese agujero, a ver qué tanto se sentía estar muerto por unos instantes. En realidad todo era un ardid publicitario. Las personas no tardaban en volver desilusionadas a sus casas. ¡Menuda estafa! decían los turistas. ¡Es como quedarse dormido! Nadie sabía que en realidad la muerte era algo así, como quedarse dormido. Pero sin embargo se quejaban, nada peor que una publicidad que vende algo que no es. Algunos pensaron que tal vez la muerte no era la gran cosa. 
      El asunto se puso interesante cuando apareció el segundo agujero, este del tamaño de un alfiler. El segundo agujero nació de la nada, como su hermano, a unos escasos veintidós metros de distancia, de acuerdo a las medidas de las autoridades del lugar. Lo que la mayoría supuso es que la cosa debe actuar de modo parecido a su hermano mayor, aunque claro, nadie podía probar el segundo agujero, dado su pequeño diámetro. 
      Mayor fue la sorpresa de la comunidad científica, un grupo de mercenarios sin hogar en busca de aventuras. Fueron atraídos a la ruta de los agujeros de la muerte con sus mochilas repletas de locas teorías. Allí probarían un arsenal de experimentos en honor a la ciencia de la inutilidad. 
      Lo más sabio provino de un pequeño renacuajo con lentes. El hombre, apenas un muchacho, sin mucha chapa de científico consagrado, decidió probar el campo magnético de ambos agujeros y su relación con las fuerzas de atracción gravitatoria. Sus pruebas fueron exitosas. Los agujeros, atados por un hilo de acero, se atrajeron, hasta un abrazo indefinido. 
      Lo que siguió al enlace de los agujeros, eso si que fue un espectáculo. Lástima que para ese entonces, la fuerza generada por la unión de ambas fallas había dejado a todos muertos. La fuerza gravitatoria, potenciada por el efecto de los agujeros, comprimió los cuerpos de todos los mamíferos que poblaban la Tierra como si fuesen una lata usada de gaseosa. Dicen que a las cucarachas les causó mucha gracia el experimento. 

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