domingo, 21 de junio de 2015

Día 399: Lóbrego

      Lóbrego. Ensayó su nueva con con esa palabra. Lóbrego. Luego de permanecer mudo por 25 años de vida, luego de un trasplante exitoso de cuerdas vocales, el término lóbrego le afloró con cotidiana naturalidad. Y no es que al joven Ricardo le fascinaran las historias de Poe. Aunque si se lo pusiera a pensar, su propia vida había sido una historia de Poe. El joven Ricardo creía haber inventado, en un acto de demencia sobrenatural, la palabra lóbrego.
      Tal era su convicción que esperaba despertar de la cirugía para abrir un diccionario. Entre lobo y lobulado. Encontrar un espacio vació, esa sería su ilusión. Y no, ahí estaba, impresa en tinta. Adjetivo, oscuro y tenebroso. Otra acepción, también adjetivo, triste, melancólico.
      Un mal trabajo, eso era, un mal trabajo. El joven Ricardo sufrió años de mutismo. Sus padres, separados por mutuo acuerdo, lo habían dejado a la buena de Dios, siendo un pequeño de apenas tres años. Lo crió como pudo una tía abuela neurótica con predilección por los jarrones baratos de porcelana. Su pasión por los jarrones baratos de porcelana era tal que sobrepasaba con creces el empeño que ponía en la educación de su sobrino nieto. Así que al final el joven, Ricardo se crió a la buena de Dios. La calle lo moldeó con su arcilla dura en oferta, de mala calidad. Aprendió a los golpes como evitar ser un fiambre en poco tiempo. Así fue estirando poco a poco su fecha de vencimiento. Y el joven Ricardo dejó de ser joven. Pasó a ser solo Ricardo.
      Para ese entonces, Ricardo tenía en su palmarés dos padres separados, una tía muerta, una deficiencia en el habla y, por supuesto, una cuantiosa suma de dinero heredada hace poco, lista para ser estrenada. O gastada, como se prefiera. Y la gastó, claro, en una operación sacada de un cuento de ciencia ficción. Las cuerdas vocales sintéticas eran el futuro. Ahora en el presente. Las cuerdas vocales sintéticas venían con un sistema de amplificación que servía para emular la voz humana. La operación, por cierto, valía millones. Millones que, por cierto, el ya no tan joven Ricardo poseía.
      Ricardo, como aquellos científicos que desarrollaron las cuerdas vocales sintéticas, era un inventor. Había inventado una palabra. Lóbrego. Y los imbéciles del diccionario le habían dado un mal uso. Lóbrego significa felicidad. Es toda la alegría que se puede juntar. También, de acuerdo a Ricardo, lóbrego es un plato que se prepara con mucha harina de maíz y salsa de tomate. 
      La plata tal vez no compre la felicidad. Pero sí puede comprar otras cosas que pueden hacerte feliz. Eso hizo Ricardo. Muchos cheques volaron de su chequera. Con una cantidad adecuada de dinero logró comprar todos los organismos que regulan al lenguaje. Cambió el significado de la palabra lóbrego, y el de otras tantas. Por ejemplo, calúpedo es un sustantivo que define a aquellos animales que caminan con la panza. Y peón sería un insulto que se realiza a una persona con mocos en la nariz. Y otras tantas palabras.
      Las personas, mientras tanto, hicieron oídos sordos a las excentricidades del millonario y siguieron hablando como se les canta. Y así palabras como lóbrego siguieron siendo propiedad exclusiva de los cuentos de Poe y las telenovelas góticas de las cuatro de la tarde. 

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