martes, 23 de junio de 2015

Día 401: Carta de reclamo Nº 1

      Se acabó. Vamos por la gloria. Escribiré un texto furibundo contra aquellos que osan detener el ruido de la rueda que rueda y rueda y no para de rodar. Es una rueda que rueda tanto que las demás ruedas se dan vuelta y observan: ¡Qué rueda tan ruedanina!
      Les explico a todos, les ruego, que quiero una vida. No esas estúpidas miserias que esconden entre la basura. Una vida hecha y derecha, sí, señor. Me la van a dar. O me la hacen llegar por correo. Como les quede más cómodo. Van a sentir el rigor de la rueda cuando les pisotee el cráneo.
      En esta carta emito mi queja hacia la humanidad. Si existe algún creador de tal invención le ruego que tenga a bien devolvernos el dinero. El producto está fallado. La puerta no abre. El velocímetro no camina. Las sensaciones no son suficientes. Tanto cerebro para tan poco cuerpo. Y cosas así. Etc, etc, etc.
      Por que vivimos engañados tragándonos el cuento de que la vida es una. Una para nosotros. El karma es una rueda. Las hormigas viven mil vidas. Los elefantes otras tantas. A nosotros nos toca una sola. Porque somos muchos. Porque ya alcanzamos el nivel de plaga a escala interplanetaria. Pero una plaga mala. Una plaga débil al poder. Tal solo porque queremos. El combustible de nuestra existencia es la voluntad. Gracias a la voluntad logramos las cosas. Queremos ser ricos. Queremos ser poderosos. Queremos explotarlo todo. Y lo hacemos. Porque queremos. Porque nadie nos lo impide. 
      Esta carta va destinada a todos aquellos vendedores de ilusiones. A esos que quieren hacernos creer más cosas de las que se supone que estamos destinado a ser. Llámese pasto de gusanos. Llámese estiercol de pasto. No hay fines ulteriores. El azar ha dictaminado el peso de nuestras insignificantes vidas. Y no vale nada. Cayó en cero la ruleta. Cero. La casa toma todo. Quiebra. Cero. 
      Una vez más. Se acabó. Seguro iremos por la gloria. Porque en algo somos buenos. Somos buenos competidores. A los humanos nos gusta perder. Desarrollamos un nivel compulsivo y patológico hacia la derrota. La saboreamos entre dientes cada vez que llega. Porque eso nos impulsa hacia el más allá, donde nos encontraremos con otras derrotas, que nos harán ir más allá, hacia otras derrotas. Todo basado sobre la esperanza de una gloriosa victoria, redentora, final. La rueda puede caer sobre nuestros cráneos. Pero a veces, cuando la casa gana, el silencio otorga. 

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