lunes, 29 de junio de 2015

Día 407: Western

      La línea del culo desapareció. Montado sobre el mismo caballo. Hora tras hora, semana y mes incluso. Los problemas de tener una pistola demasiado ligera. Los pensamientos a veces tardan en hacer ebullición. Antes una bala come la carne. Y así se solucionan los problemas, o se postergan los inconvenientes. Ambas opciones son válidas.
      Le mintieron. Los cactus no guardan agua. Es más bien veneno para novatos. Más vale morir de sed bajo el fuego abrasador de la nada. Eso era el oeste, una gran nada. Salvo por el oro. El bendito recurso dorado. Si tan solo pudiera recordar donde lo guardó. El golpe fue sencillo, la seguridad del banco era rudimentaria. Después vino la caída, el desmayo, y todo se desvaneció en una lluvia gris oscura.
      Unas pocas pistas estaban grabadas en su cerebro. Ramalazos de información. Un desierto, unas piedras colocadas al azar, un círculo de buitres. Debía encaminarse al oeste, con un caballo cansado y una alforja con pocos víveres. Una misión suicida digna de un, bueno, suicida. Poco importaba. Detrás de todo se encontraba la muerte, tramando planes, moviendo sus peones.
      La partida estaba perdida antes de jugarse. El desierto se tragaría su insignificante persona antes de recordarlo todo. Quizás un golpe de suerte. Eso sería suficiente. Aunque ya estaba en manos de la fortuna. Hacía casi dos meses que giraba en círculo con un caballo al borde de la muerte.
      Una espiral destructiva. La memoria queda angosta. ¿Dónde enterró esas bolsas? Antes enloquecería, como todo buen jinete a la deriva. Giraría hasta la eternidad. Círculos concéntricos. Sin separar los ojos del piso. Tierra. Arbusto. Tierra. Tierra. 
      La casualidad lo guió al camino de la memoria. Las piedras aparecieron. Luego el círculo de buitres. Los recuerdos no eran más que una visión premonitoria. Bajó del caballo semi muerto y cayó sobre sus rodillas. Tiró las piedras, mientras cavaba con las manos. La sangre se colaba entre sus dedos. Las primeras monedas de oro aparecieron. Con las fuerzas que le restaban tomó una bolsa y se la vació en la cara. Trató de saciar la sed con el oro, pero para ese entonces, el hombre ya había dejado de existir. 

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