martes, 30 de junio de 2015

Día 408: El hombre del nudo Pt. 1

      Los nudos amarillos. Los nudos amarillos atravesaban el cuerpo como si fuese un regalo de navidad. Papa Noel había dejado junto al árbol una momia amarilla. El cadáver ya estaba putrefacto. Tiempo de defunción, de dos a tres semanas, anotó Brown en su libreta. Mierda, la cosa hedía a mil diablos. Llevo un pañuelo a su boca y ahogó el vómito.
      De acuerdo al testimonio del único vecino, no se escucharon ruidos o movimientos extraños. El difunto no solía abandonar la casa, así que tampoco le extrañó la ausencia pronunciada. Brown escuchaba y garrapateaba unos símbolos en la libreta. Una C con un gran círculo y un signo de preguntas a su lado. Luego hizo un bollo con la anotación y la tiró a la basura.
      La experiencia siempre dicta que una vez que el mundo se decanta por el enunciado de Guillermo de Ockham y su navaja se abrirá un agujero en el universo que tal vez nunca cierre. Y este por cierto es el caso. Desde aquel reencuentro con su hermano, su trabajo se había vuelto cada vez más complicado.
      Dos veces firmó los papeles de renuncia y dos veces desistió. Soy un animal de trabajo, si no soy un detective, ¿qué soy? Susurraba Brown por las mañanas frente al espejo, mientras Julieta dormía a pata suelta en la cama.
      Tener de vuelta a su mujer lo había cambiado todo Los pronósticos médicos se transformaron de la noche a la mañana. De la muerte a la vida. En solo tres meses. Julieta sonreía en sueños. Pronto su marido tendría una sorpresa, de las grandes. Brown terminó su monólogo interno y se afeitó. Para qué negarlo, era feliz. ¿Debería dar las gracias al aura mágica de Green?
      Por cierto, no lo había vuelto a ver. Luego de declararse amor eterno y jurar no volver a separarse nunca más, Green, su hermano, tomó un avión rumbo a Europa. No supo más de él. Ya habían pasado tres años y medio. Supuso, en su fuero interno, que volvería en algún momento, cuando necesite algo. O tal vez llegue con alguna otra revelación sobrenatural. Vaya uno a saber. 
      A eso de las 8, cuando estaba por cerrar la puerta del garaje, recibió la llamada. Un nuevo amigo lo esperaba. Nudos rojos. Parece que tenemos un guardián del Arco Iris, dijo Brown. El perito tomó unas cuantas fotos. No había sangre por ninguna parte. 
      Brown contemplaba los nudos. Sumido en sus pensamientos hilaba teorías. Ninguna libreta, nada de anotaciones. Hay que usar la intuición. Es cierto, respondió una persona. Brown no se percató que estaba hablando en voz alta. Un hombre estaba parado en la puerta. Su voz resultó familiar a oídos del detective. 


Continuará...

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