viernes, 31 de julio de 2015

Día 439: Criptozoología

      Dice que el Gran Bastardo sale una vez al año de su cueva. Es una oportunidad única para los cazadores que aprecian las buenas pieles. Aunque la presa no es tan fácil de agarrar. Es único en su especie, por cierto. Tiene una inteligencia superior al humano promedio. Y parece como una cruza entre oso y foca.
      Ese bicho raro se conoce todas las trampas, desde la más simple hasta el artilugio más elaborado. Y no cae en ninguna. El Gran Bastardo se entretiene mucho con los humanos, aunque su ciclo vital indique un reposo de 364 días al año. 365 en año bisiesto. 
      A diferencia de otras especies, el Gran Bastardo come y caga durante su período de hibernación y duerme durante ese día mágico en que todo cazador desea atraparlo. Así que ese día, mágico, es cuando el Gran Bastardo hace patente aquella frasecita tan repetida de Calderón de la Barca respecto a los sueños. 
      Así que como un moderno Segismundo, el Gran Bastardo se libra de sus perseguidores con tretas que solo pueden salir de la fantasía más profunda de su mundo onírico. En sueños el animal piensa, piensa, y le sale bien. Esquiva la trampa y le coloca la escopeta en el culo al cazador. El Gran Bastardo es todo lo que Bugs Bunny habría deseado ser en su vida.
      También tiene poderes telekinéticos. No dobla cucharas. Hace las de Uri Geller con seres humano. Los quiebra por dentro, como una lapicera partida al medio. Y en sueños se divierte. Después descansa. O mejor dicho hace su vida activa. Dentro de la cueva.
El pequeño Segismundo. El Gran Bastardo. Si supieran las cosas que come. Rocas. Escarabajos. Zapatos perdidos. Lo que sea. Es un ser Multívoro. 
      Algo más acerca de esta criatura. En la cueva no hay espejos. El Gran Bastardo detesta su imagen. Sabe que no es querido por los osos, por ser demasiado foca. Y tampoco es agraciada en el mundo de las focas, por su gran porte de oso. Tampoco lo quieren los humanos, por cierto. Es un ser solitario el Gran Bastardo. Todos quieren su muerte y él solo quiere jugar. Y hacer amigos. 

jueves, 30 de julio de 2015

Día 438: Un mensajero

      Como de un millón de gritos. Un millón de voces. Así se los imaginaba, al unísono. Una sinfonía de personas en pleno acto sexual. Frenesí y contrapunto. En alguna burbuja debe haber guardado sus sentimientos. Igual el problema poco tenía que ver con esconder los genitales en un cuerpo ajeno para volver a descubrirlos y así en lo sucesivo. El asunto era más serio de lo que pensaba.       Tantas infamias cometidas. Podría finalizar el asunto aquella misma noche. Como matar a Hitler. Como ese viejo libro de King. Todo se reduce a extraer el elemento pernicioso de la ecuación. ¿Y qué si esa cosa está dentro de uno mismo? ¿Se limpiaría los sesos con una bala si fuese necesario? 
      Todo hombre debe servir a su propósito. Eso lo enseñan en la escuela. O en la calle. O en donde sea. En algún lugar eso se termina por aprender. Mi finalidad era la de advertir al mundo de una catástrofe inminente. Correría el riesgo de Casandra, es seguro. Muchos van a tomarme por un idiota chiflado. Y en verdad no me importa, ante la tentativa ominosa que puede caer sobre nuestro planeta.
      Células fotovoltaicas. Ahí está la explicación. Nuestro cuerpo está lleno de pequeñas partículas. Su función es la de administrar energía en nuestro cuerpo y convertirlo en otros procesos. Recibimos energía del sol, como una célula fotovoltaica. Y nos alimentamos de esa luz que irradia esa esfera amarilla clavada en el cielo. 
      Lo que nadie nos dijo, y es lo que acabo de descubrir, es que la evolución seguía haciendo de las suyas en nuestra anatomía. Los átomos que reciben la luz solar engordan, como pollitos directo al matadero. Y en un punto de quiebre, el átomo tiende a resquebrajarse. Así, la energía solar acumulada debajo de la piel reasume una forma más temeraria. Cáncer, en circunstancias más amistosas. Fisión nuclear, en un caso más extremo e incierto.  
      De lo primero hay pruebas y no sirve mucho que me explaye. Lo segundo es lo difícil. Y como decía, la evolución está metiendo sus dedos. Embarra la cancha. Hace los preparativos. Y digo, éste es mi mensaje, pronto, más que pronto, tendremos no una, sino miles de potenciales piñatas humanas repletas de explosivos nucleares. 
      A decir verdad, no espero un revuelo tipo Chernobyl. Nuestros cuerpos tampoco andan por la vida juntando uranio o plutonio. Pero las sustancias de nuestro cuerpo, en un revuelo de moléculas y nuevas organizaciones, sumado a nuevas condiciones que aún no podemos explicar, son capaces de montar un pequeño espectáculo. Algo digno de verse. La desintegración del ser humano. 
      Por supuesto la cosa no terminaría ahí. El cadáver se convertiría en sustancia radioactiva. Y llegado el caso, si murieran más personas de las que puede controlar el orden reinante actual, el desmadre en las ciudades se haría insostenible. En cuestión de meses la tierra podría quedar desierta. 
      El asunto se podría solventar con un pequeño implante a la altura del recto, que convertiría el potencial de una flatulencia en una energía capaz de contrarrestar los efectos de nuestras posibles futuras reacciones nucleares. Los pedos podrían llegar a salvarnos la vida. Pero, ¿quién va a creerme?.

miércoles, 29 de julio de 2015

Día 437: Asistencia

      Me gusta ser útil a la causa. Si debo ser el martillo o tal vez el clavo poco importa. Existe un propósito y un medio para llegar a dicho fin. Causa y consecuencia. Acto. Acciones. Una gran verdad respecto a los grandes hombres es que operan sin medir el tamaño que dejan sus sombras. El gran hombre avanza y avanza, y si debe pasar por arriba una ciudad, lo hace. Por el bien de lo que la mente conserva. 
      Me piden que dé porque puedo. También porque quiero. Mi cuerpo le pertenece al mundo. Observamos atentos como se caen las cosas. Y cómo estamos para detenerlas. Un llamado puede salvar una vida. También detenerla. Imprimirla y adelantarla. Somos paracaidistas en terrenos escarpados. Caemos en la muralla China, o en Marte. Todo responde ante la voluntad colectiva. 
      Y ni siquiera es un dogma empático. No se trata de proponer un modelo solidario. Es tan solo una especie de canibalismo a la inversa. Ofrecemos la carne para recibirla. Es el orden de las cosas. Algunos damos más, otros menos, y así se mantiene el equilibrio. Así es más fácil detectar las sombras y los demonios que pueden habitar en ellas.
      Es la peor parte del trabajo. Un demonio no es cosa fácil de expurgar. Se requiere meses de preparación y aún así el lavado nunca es del todo satisfactorio. Hay que charlar con muchas personas, esconder muchas huellas, leer muchos libros. Nada que se pueda haber visto en una película. La idea del exorcismo es tan solo una mentira publicitaria para esconder lo que hacemos, adonde no llegan los haces de luz a imprimir algo de claridad. 
      No todo se trata de cazar demonios. También existen otros aspectos de las cosas que hacemos nosotros. No hay Dios. Es otra de las grandes mentiras que quieren hacerles tragar a la población. Los elementos en la naturaleza y el universo son de carácter finito, así como sus combinatorias. Así es posible que exista una montaña o un ser humano. O un fantasma. O un demonio. Diferentes combinatorias de elementos. Y no hay una fuerza superior que accione. Tan solo la naturaleza imponiendo su orden. 

martes, 28 de julio de 2015

Día 436: Resistencia

      Meter los dedos en el enchufe nunca fue tan sabroso. A algunos les divierte lamer una batería de 9 voltios, como si fuese un sapo mágico o una tableta prometida de mejoralitos. A mí me gusta electrocutarme. Me encanta sentir la patada que me pega el 220 directo en el brazo. Sé que a veces corro contra mi propia suerte. Un par de veces estuve a punto de morir, lo acepto.
      Una vez metí mi pene en el enchufe. No fue agradable al principio. Pero una vez que la descarga hace efecto, el orgasmo no tardó en llegar. Cuando me aburro, suelo meter otras cosas. Cucharas, serpientes, tazas, vidrio, lo que sea. Una vez dejé sin electricidad a todo mi barrio. Me llovieron las quejas. Aunque ninguno sabía de mi afición por los tomacorrientes.
      Muchas personas no comprenden los motores que mueven a las pasiones. Por eso me llaman enfermo. Porque no captan el vehículo que me empuja hacia afuera de mí mismo. Es díficil explicarlo, porque es algo que siento. No puedo verlo, no es algo tangible. Dicen que nuestro cerebro funciona a través de impulsos eléctricos. Si alguien fuese capaz de abrir una cabeza sin matar a una persona en el intento, seguro recibiría una patada directo desde el cerebro. No sé si será 220, tampoco soy un neurólogo consumado. Me aficiona esta cosa de la electricidad.
      Me hubiera gustado ser Franklin, para remontar ese barrillete con la llave colgando. Seguro le daría unos cuantos retoques a ese experimento. Soy mi propio cable a tierra. Así que ya saben adonde terminaría la extensión del rayo. Cosquillitas en los testículos. 
      No hay seguro de vida que cubra mi afición. En algún momento mi suerte se va a terminar, no me cabe duda. Pero mientras tanto aprovecho. Soy cuidadoso, claro. Nunca me quedé pegado más de dos o tres segundos. Sé que con un segundo más no la cuento. Incluso tengo adiestrado a un perro para que me sirva de rescate en caso de urgencia. Hasta ahora nunca lo necesité. Y eso que ya llevo años en este negocio. 
      Si me preguntan de dónde salió todo esto, puedo contarles que es fruto de una tentativa de suicidio. Oh si, una vez quise morir. La vida para mí había perdido absoluto significado. Nada valía la pena, así que agarré un cable pelado de la lámpara y lo tomé entre mis manos. Y así volví a nacer. Una serie de impulsos recorrieron mi cuerpo. Me sentí la respiración, por primera vez en mucho tiempo. Y recordé a la criatura del Dr. Frankenstein, impulsado hacia la vida gracias a mi nueva afición adquirida. Por unos instantes estuve tentado a gritar: ¡Está vivo! ¡está Vivo!.

lunes, 27 de julio de 2015

Día 435: Insistencia

      Eran tiempos confusos. Tiempos para enamorarse. O tener una hernia. Lo mismo da. En ese torbellino varicoso que muchos conocieron como los años noventa conocí a Diana. Para ese entonces ya tenía barba suficiente como para fumarme esos atados neoliberalistas. Intuyo que por esa época también nos comenzamos a dar cuenta de las mentiras que vendía el posmodernismo. Bueno, no más disgregaciones, a los hechos me remito. Mi historia de amor con Diana.
      En el 92, luego de aprobar el CBC, comencé a cursar psicología. Dejé la carrera tres años después, pero no importa. Lo que sí tiene relevancia es esa clase de Psicopatología. Yo ya estaba por dejar la carrera. Hasta entonces no había registrado a esa petisita de pelo castaño claro que se sentaba siempre al fondo. Esa no es Diana. Es Florencia, su mejor amiga Me acordé de ella por las circunstancias de cursada. Había llegado unos minutos tarde y los bancos estaban llenos. Al menos los de mi preferencia. Solo quedaba un espacio libre al fondo. El asiento de Florencia.
      Fui pidiendo permiso a mis compañeros hasta que accedí al banco. Me costó poco introducirme en lo que explicaba el profesor, dado que hacía un resumen de la clase pasada. Algo sobre Freud y su teoría respecto al narcisismo.
      Mis ojos seguían a una mosca que sobrevolaba el aula. Una mano pequeña, llena de anillos me devolvió a la realidad. La mano sostenía una lapicera roja que golpeaba sobre mi mesa. La dueña de esa mano dijo:

      - ¿No tomás apuntes? Mirá que el parcial de Benítez es la semana que viene.

      - No los necesito, tengo buena memoria. - Dije, aunque mi cerebro ya hervía la idea de abandonar todo ahí mismo.

      La chica se presentó y me dio la mano, en forma mental, con sus ojos. Diana Veliz. No escuché su apellido. Me quedé embobado con sus ojos. Eran enormes, color miel. Y se agitaban nerviosos, como si estuvieran atados a las cuencas solo por un hilo. No puedo decir que me enamoré por ese entonces. Me llamó la atención lo de los ojos. Y la voz que sonaba como bocina pinchada.
      Después me la cruzé en el buffet y charlamos un poco más. Tampoco me enamoré ahí, aunque noté un leve interés de Diana en charlarme. Supongo que la falta de Florencia la tendría medio así, a la deriva. Por cortesía me senté un rato con ella No tenía un gran físico, era demasiada flaca, el corte de pelo no la favorecía y menos el maquillaje que usaba, aunque esos ojos desconcertantes eran preciosos. Te observaban con nerviosismo, listo para cargar con lo que venga.
      Nos intercambiamos nuestros teléfonos y le prometí explicarle algunos conceptos de la clase en mi carácter de recursante experto. A los pocos meses largué. Diana siguió. Yo conseguí trabajo en una consultora. Diana se recibió. Perdí el trabajo en la consultora. Diana se fue del país.
      Aun durante la crisis no perdimos el contacto. Los mails ayudaban cuando una llamada de larga distancia se hacía impagable. Teníamos una buena amistad, aunque Diana no lo entendiera así. Ella insistía. Desde 1993 que me declaró su amor de manera ininterrumpida. Nunca pude acallar a su corazón, ni siquiera en los momentos en que me salían las frases más crueles.
      Cuando la crisis llegó a Europa y los argentinos huyeron como ratas por tirante, retomé el contacto con Diana. Se había mudado a Barracas, en donde había abierto su consultorio. Salíamos cada tanto, algún que otro fin de semana a tomar una cerveza.
      Le conté mis amoríos, mis noviazgos. Incluso casi me casé con Florencia, su amiga ¿recuerdan? Y Diana nunca aflojó. Su determinación por ganarse mi amor fue a prueba de balas siempre.
      Hace un par de semanas, casi 23 años de nuestra primera charla, salimos a tomar algo, como de costumbre. Nos volvimos en su auto, temprano, a eso de la una, porque yo tenía que madrugar. Diana, como otras tantas veces, me miró a través de esos ojos inquietos y me declaró, por milésima vez su amor. Luego me tomó las manos y me besó en la boca. La miré. Esos ojos color miel que tanto me enloquecían. Y me ganó por cansancio.

domingo, 26 de julio de 2015

Día 434: Apocalipsis

      Vayan, cobardes, corran. Huyan despavoridos. Díganles que yo estuve acá. ¿Escucharon? Yo. Si, yo. Nadie más que yo. El mismo yo. Nadie más. Me meo sobre la cerca de sus convenciones. Soy como todo lo malo que quieren que sea, si me dejan. Si, por favor, se los pido, déjenme así ser todo malo. Así tiene un gordito a quién meterle un palo en el culo. 
      Acúsenme de estúpido y sodomita, soberano y esperpento. Denme las vacaciones. Jubílenme. Mátenme. Quiero que me claven el tiro en la nuca. Ese. El de gracia. Quiero que descarguen sobre mi cuerpo su furia nazi acumulada. Sus fantasías de Hitler, mientras se revuelcan en la cama en una furiosa paja. 
      El culo mojado de sangre. Semen en la garganta. Acaben, pelotón, acaben. Se acabó la historia. Es el fin de los tiempos. Sálvese quien pueda. Huyan. Vayan. No se detengan. No miren hacia atrás. Cuidado con las piedras. Cuidado con los putos. Cuidado con los hijos de puta. Cuidado con los políticos. Cuidado con las promesas. Cuidado con los ilusionistas. Cuidado con los mensajeros. Cuidado con los periodistas. Cuidado con las personas. Cuidado con yo. 
      Yo. Soy yo. Nadie más. El del palo en el culo. Ese palo en el culo que me gusta. Que lo claven duro. Una y otra vez. Cuidado. Un paso atrás. Ni uno más. Declará en la aduana de Idiotalandia. Te dan visa gratis. Seremos indocumentados con gusto. Con placer. Comeremos la caca de nuestras tradiciones. Daremos nacimiento a ese país inconmensurable. Un nuevo gigante. Huyan. Huyan de mí, el gigante de esperma recargado. 
      Mi madre me llama Leviatán. Mi padre dice lo que somos. Somos Legión. Uno. Muchos. Nada. Yo. Un estúpido pronombre. La gripe de la verdad. Kevorkian. Eso que te desconecta a cada segundo. Solo un llamado. Uno. El permitido. No hagas del dos. No hagas del dos. El palo está ahí. Clavado. Recordatorio de otros tiempos. El fin de los tiempos. 

sábado, 25 de julio de 2015

Día 433: Un error humano

      En menos de lo que se tarda en decir gusano, el señor Jacobo derramó toda la botella de difenhidramina dentro de su boca. En total, para ser precisos, unos 248 cc. Al poco tiempo sintió como si un elefante le hubiese dado un cabezazo en el tórax. Así de potente era la porquería. No pudo evitar que se escapase el bostezo. 
      Una dosis, una pequeña dosis. Una puta dosis más. Su cuerpo lo pedía. Su cuerpo ardía en deseos de tetas y revolución. No voy a dormir por tres días de los seguidos, pensó Jacobo. Dio un grito que se sintió en toda la cuadra. Hacía equilibrio sobre el techo de la casa como si fuese un monje con Parkinson. 
      Jacobo apuró el paso. Ahora sus pies dibujaban zigzags en la vereda. Nadie iba a dejar de convencerlo que era un avión. Un Airbus A320 para ser precisos. Con su fuselaje repleto de diarrea volaba bajito. ¡Afuera bombas! Jacobo tenía los pantalones manchados de mierda líquida. 
      Nunca se sintió tan lúcido en su vida. A pesar de las alucinaciones, claro. Entendía todo al dedillo. Cada viruta arrojada al piso. Cada cerrojo destrabado. Cada momento perdido en los océanos del tiempo. Podría anotarlo todo en una servilleta. Hacer una fórmula y ganar dinero con ello. Eso hizo. Y, a decir verdad, la fórmula era acertada. 
      La explicación, bastante simple, relacionaba el origen del universo con nuestra estupidez como especie. De acuerdo a Jacobo, el big bang es un error humano puesto en replay eterno. O sea, dentro de muchos años, va a existir un imbécil que va a generar la suficiente energía como para destruirlo todo y crear el universo a partir de su inminente inexistencia. El gran final, para ser precisos. 
      Bueno, en realidad toda la teoría no tenía el más mínimo sentido. Eran un montón de palabras bonitas hiladas con algunos números puestos al azar. Pero Jacobo lo explicaba con una severidad que asustaba. Es el efecto de la difenhidramina. Una botella por día, esa era la dosis recomendada. Mientras tanto, allá adentro, las células de Jacobo cometían sus propias estupideces. Medidas no del todo estúpidas, puesto que defendían el organismo que se hacía llamar Jacobo. Las altas dosis del fármaco destruían su cuerpo día a día en un modo insospechado. Pronto colapsaría víctima de una intoxicación. 
      De hecho, su cuerpo resistió como si estuviese endemoniado. Cualquier tipo común habría muerto después de zamparse el primer frasco. Pero él no. Había algo dentro de su cuerpo. Algo que se alimentaba de la droga. Ese algo se lo estaba comiendo vivo. 
      Como para dar respuesta a los interrogantes, Jacobo sintió unos fuertes retorcijones. Venían de su abdomen, para ser precisos. Mejor dicho de su tórax, para ser precisos. Jacobo cayó al piso semiinconsciente. Su abdomen se abrió como si fuese una flor en primavera. Entre la sangre y el tórax resquebrajado una criatura se asomó. Un alien drogado, para ser precisos. La cosa salió del cadáver de Jacobo dando tumbos. Gritaba cosas incoherentes, cosas como lo alto que estaba el precio de la nafta, o el partido que había perdido el Manchester United la otra vez. El alien tambaleó de izquierda a derecha, como si estuviese borracho. Drogado, para ser precisos. Pensó que debía ir a una farmacia, pero estaba demasiado drogado y se perdió en el bosque.

viernes, 24 de julio de 2015

Día 432: Gran hermano

      En una escala del 1 al 10 ¿qué tan cagada estaba la situación? Podría rememorarlo todo, pero no daría con la respuesta. 6.75, ese sería el índice de cagadez. El agua correría debajo del puente, luego por arriba y al final la corriente lo echaría abajo. Así de cagada estaba la situación.
      Los chinos no tardarán en venir. Tienen esos super tanques de guerra. Nos van a aplastar como mosquitos. A nosotros, los soldados de la revolución. ¿Cuál es el precio de la libertad? ¿2.50? ¿3? ¿Quién da mas? Si, por supuesto, su fidelidad a la causa tenía valor, sobre todo monetario. 
      A esta altura del combate no eran más que mercenarios subcontratados entre dos fuegos enemigos. O, como le gustaba decir al general Rodgers, un puñado de hormigas juntando hojitas dentro de una estampida de elefantes. La misión tenía que llevarse a cabo de modo sutil, si la bomba hubiese explotado a tiempo, la compañía D ya estaría tomando frío en Siberia. O más lejos, quién sabe. 
      En cambio los detuvieron en Luoyáng. Colocaron a los treinta reos de Rodgers dentro de un sótano húmedo de cuatro por cuatro. Y ahí penaron por meses, a la espera de una sentencia, en lo posible de muerte. Allá arriba pasaban cosas, pero ellos desconocían la realidad que les rodeaba.
      Y los ruidos allá afuera eran similares. Detonaciones de granadas fragmentadas, ráfagas de ametralladoras, el estruendo de las bazookas, y algún que otro coctel molotov que estallaba contra los vidrios de los edificios. Todos los sonidos familiar de la guerra entre los gringos y los chinos. Aunque el conflicto había dejado de ser familiar. Nada del conocimiento de la compañía del general Rodgers. 
      Luego de cinco meses el alimento dejó de bajar. Sin lugar a duda habrían muerto de no percatarse que la puerta se encontraba sin cerrojo. El complejo en donde se encontraban se quedó vacío. Es como si los guardias se hubieran esfumado. Cada tanto una explosión distante los devolvía a la realidad. ¿A cuál realidad? ¿Qué se encontrarían del otro lado de la puerta?    
      No es agradable la respuesta. Una civilización de afuera aprovechó el conflicto bélico entre dos superpotencias para iniciar su propia guerra. Con civilización de afuera nos referimos a afuera del planeta. Extraterrestres. Alienígenas. Como sea que se llamen. Y les fue más que bien. Mucho mejor que a los chinos y los norteamericanos. 
      En poco tiempo conquistaron las áreas más populosas de la Tierra y subyugaron a sus habitantes. El resto del planeta era papa caliente prendida fuego. Luchas armadas se sucedieron. De las más pequeñas a las más cinematográficas. Mientras tanto, el coronel Rodgers y su compañía descansaban cómodos en su sótano húmedo, aislados de la realidad.
      Arrojados a las cenizas de un nuevo mundo el pequeño grupo de mercenario sobrevivió los primeros días por uno de los tantos azares de la vida. Dieron con una pequeña base militar en Quingdao, aun en pie de resistencia. De acuerdo a los contactos al otro lado del océano, la lucha a nivel mundial aun era encarnizada. Las bajas alienígenas se multiplicaban día a día. El coronel Rodgers asintió con una sonrisa al escuchar las buenas nuevas. Ofreció su mano de obra cualificada. Y así la rueda de la fortuna giró otra vez.

jueves, 23 de julio de 2015

Día 431: El precio de la compañía

      Lamió el liquen con fruición. Lo que hace el hambre, piensa el ahora ex millonario, ex Duque de Luxemburgo. Por conveniencia política habían revocado todos sus títulos. Ahora estaba en la calle, mejor dicho el bosque. A la intemperie. En la naturaleza, como tanto le gustaba jactarse a ese norteamericano en sus libros.
      Maniobras fraudulentas y evasión de impuestos, ese era el nuevo título del ex duque.  Escapó por un pelo de la cárcel. Empeñó lo que restaba de su fortuna para escapar sin un rasguño de la ley, y ahí se encontraba, disfrutando un almuerzo frugal dispuesto sobre una roca gris.
      Sobre un roble un espectador observaba la inexorable decadencia del antiguo noble. Se colgó entre unas ramas y aprovechó el impulso para caer justo sobre una piedra próxima de donde se alimentaba el ex Duque. Y saltó sobre los líquenes. El mono mostró sus dientes y golpeaba contra la piedra, para sorpresa del hombre.
      El ex Duque trató de espantar al mono, pero lejos de hacerle caso, la criatura se puso en cuclillas y arruinó su almuerzo con sus deposiciones. Ahora voy a comer mono, gritó el ex millonario y se abalanzó sobre el simio. Rápido de reflejos el mono esquivó las manos que trataban de atraparlo. Se colgó sobre el cuello del hombre hasta colocarse por unos instantes sobre su cabeza, tiempo suficiente como para dejarle un regalito oloroso.
      Una afrenta. La porquería cagó su comida, cagó su existencia. Atravesó más de la mitad del bosque para cortarle las patas al desgraciado, pero siempre se daba a la fuga. Por las noches, el mono se acercaba adonde dormía el ex Duque y le bajaba los pantalones. Luego le retorcía los testículos como si fuese una perilla de volumen de un equipo de música. Ante el grito desesperado del hombre, el mono desaparecía en la noche. Durante semanas hizo esa jugarreta. A veces le meaba la cara mientras dormía.
      Si bien sus dotes de superviviente en la naturaleza no eran óptimas al momento de quedar pobre y sin título nobiliario, el ex Duque se las arregló para instalar unas pequeñas trampas alrededor de su campamento. El mecanismo es sencillo. Como lo vio en las películas. Una liana, algo de alimento para atraer al simio y esperar a verlo atado patas para arriba.
      El mono entendió más que nadie que el ser humano le quería tender una trampa. Así que deslizó la soga con cuidado, hasta que se enroscó en un pie del ex millonario. El hombre gritó muchas cosas. El mono parecía devolver los improperios con una sonrisa amplia. Luego se entretuvo tirándole piedras. Cuando se aburrió de la cosa, empezó a alimentarlo.
      Dos semanas estuvo el ex Duque colgado boca abajo. Alimentado, cagado, meado, escupido por un mono. Eso lo mantuvo con vida. Desde ese momento, hombre y mono se volvieron inseparables, a su pesar.  

miércoles, 22 de julio de 2015

Día 430: Armas de ruido

      Un grito con la suma precisa de 134 decibeles. Sobre una mesa de una casa desconocida se apoyaba una copa con un poco de agua. Estalló por la onda expansiva del sonido. Sus pedazos cayeron sobre un perro que dormía sobre la alfombra y se desmayó ante la potencia del grito.
La prueba fue un éxito. El plan del Gobierno era diseñar una criatura con una voz con potencia suficiente como para desatar una guerra sónica. Luego pondrían el proyecto al descubierto y sálvese quien pueda.
      La criatura no encaja con los patrones biométricos de lo que solemos llamar vida. Es más bien un organismo que grita sin razón. Como las madres. Y a la cosa la soltarían en medio de una ciudad, a eso de las doce del mediodía, un día de marzo. El grito más pequeño alcanzó los 535 decibeles. Algo así como dos bombas atómicas explotando al mismo tiempo.
      Los oídos de miles de personas volaron en mil pedazos. Muerte por ruido, habrían diagnosticado los doctores. Si alguno hubiese vivido. Nadie. Pero nadie. Nadie vivió para contarlo. Un arma de ruido. En esa ciudad la sangre tapó las cloacas, es cierto. Hasta las cucarachas murieron.
      Después encerraron a la criatura. La trataron como un experimento defectuoso. Hicieron lo que hacen con todo experimento defectuoso. Lo pusieron bajo llave en un sótano aislado. Pero se olvidaron de un detalle importante. La criatura necesitaba alimentarse. Y la carne humana o la verdura no eran de su apetencia. La criatura mordía el ruido, lo saboreaba.
      Ya no gritaba. Eso fue la imposición de sus creadores. Podía hablar con voz normal, a unos 100 decibeles, apenas. No, su placer era saborear las voces del mundo. El ruido de las cascadas. El maullido de los gatos. Su boca formaba una gran O, y todos los sonidos desde distantes kilómetros de distancia ingresaban.
      Las radios se apagaron. La Tierra poco a poco se volvió una película muda. La humanidad tuvo que vivir a expensas de una nueva sordera universal adquirida. Efecto vacío. Las comunicaciones dejaron de tener sentido. Salvo las señas y los pequeños grupos de sordomudos de nacimiento. Pero ya el sentido se había corrido de lugar. Nuevas medidas eran requeridas. Bastaron cien años para que la evolución diese su empujoncito vital, cuando nacieron los primeros bebés capaces de comprender el pensamiento de aquellos seres que lo rodeaban.  De ahí en más, la vida siguió su curso irrefrenable.

martes, 21 de julio de 2015

Día 429: La balada del joven marinero

      Perdió una costilla en el intento. Luego perdería la vida. Y quién sabe qué más. Las razones de una noche oscura pocas veces se pregunta. Y esa noche fue más que oscura. Llovió casi hasta el amanecer. Un vendaval se llevó casas y perros, árboles y hombres.
      Pero antes de morir existió un mientras. Un durante de los largos, hasta el desenlace que todos conocemos. En ese intermezzo aquel hombre nadó y nadó, hasta como pudo. Fue llevado en andas por el amor de una naturaleza desquiciada. 
      El agua que llovió no tardó en acumularse. Las calles eran mares con circulaciones cuadriculadas. Y llovió. Llovió. Como nunca. Las casas se taparon. Los edificios se ahogaron. Gran parte de la población se murió, como era de esperarse. Menos ese hombre con fama de buen nadador, A ese hombre la naturaleza le declaraba su amor en esta clase de poema acuoso.
      Brazos de lluvia salvaguardaban al hombre. Les traía alimentos. También lo hacía flotar más de la cuenta. Así durante años. El hombre, que poco entendía de esta situación, se volvió loco unos meses después.
      Mientras tanto, su piel se arrugó hasta los límites concedidos por la física de los cuerpos. La corriente lo llevó hasta el mar, luego hasta el océano único en que se había transformado la Tierra. Por ese entonces, algunas aves se convirtieron en dueños y señores del nuevo régimen terrestre.
      Las gaviotas picaban su cuerpo, por diversión. También por hambre. La naturaleza, celosa del espectáculo, ahogaba a los pájaros bajo olas gigantes que caían sobre los pájaros desapercibidos. El hombre, mientras tanto, cantaba canciones de borracho triste.  
      Sus cadáveres caían sobre la boca del hombre. Carne. Maná del cielo. Teorías retorcidas del mundo antiguo. Se fue. Se fue todo. Por el inodoro. Un gran huracán invertido. El hombre no pensaba claro. Todo estaba lleno de agua. Todo. Mar muerto de la vida. De luchar siete años un día decidió hundirse, junto a los restos de la civilización. La naturaleza entendió acerca del amor fallido. De la no correspondencia. Y dejó que el hombre pierda su camino hacia el fondo. 

lunes, 20 de julio de 2015

Día 428: Confesiones de un cruzado

      Podría exiliarme, esta misma noche, directo a Trafalgar. Pero el santo deber me lo impide. Juré lealtad a una orden que ya no existe. Y los juramentos, aun quebrados, no ceden. Están ahí, unidos en la sombra, listos para ser cumplidos. Fui un buen soldado. Puse mi fe en Dios. Y caminamos hacia la santa sede, hacia Jerusalem, sin detenernos. Hasta que nos expulsaron los turcos.
      Mi comitiva, en franca retirada, se fue achicando, hasta desaparecer. Pasé mis últimos años en Portugal y viví en un puerto, de incógnito. Contuve mi lengua por mucho tiempo. La pobre tiene vida propia, quiere moverse en libertad, soltar cosas que vieron mis ojos y mi cabeza no deja olvidar. Hay un rincón oscuro, oxidado, justo a la izquierda de mi pecho. He visto los grandes horrores de la humanidad escenificarse detrás de la muralla de hierro erigida por los infieles de oriente. Horrores cometidos con nuestras propias manos, sostenidos con nuestros propios brazos, aberraciones justificadas en nombre de Jesús nuestro Líder y redentor. 
      Así también vi navíos fantasmas correr a orillas del Mediterráneo. Me crucé con centenares de órdenes plagadas de muertos en vida. Sus cuencas permanecían tan vacías como los cadáveres que arrastraban detrás de sus largas marchas. Más de una vez mis ojos presenciaron el paso de fantasmas y los supe tan reales como el aire y los árboles que nos rodean.
      Juré por entonces ser víctima de mis fantasías. Pero no. Nada más real. Caminé junto a fantasmas hasta Cádiz. Luego nos separamos. Ellos siguieron su ruta hacia el canal de la mancha. Yo terminé en Portugal. Eran reales. Lo sé.
      Sé que nuestra historia no trascenderá. No seremos héroes de los futuros cantares. Nadie elevará una poesía en nuestro nombre. Nuestras hazañas, si las hubo, serán tapadas por el polvo de los tiempos. En cambio, si existe un sentido de justicia divina, sé que alguien narrará la historia de un gran fracaso. Que tal vez mencione a esos fantasmas. Y quien sabe, quizás hasta me nombre, como uno de los tantos cruzados que pervirtieron el alma de una era, en el fondo, el patíbulo de las esperanzas del hombre. 

domingo, 19 de julio de 2015

Día 427: Más que mil palabras

      Idioma de mierda, dijo el turco en su pobre italiano. Esa fueron todas las palabras que salieron de su boca. Los asistentes del funeral no acotaron nada. Era un día triste. Un hermano amado conoció una mejor vida. Y el turco quiso expresar algo que no salía y no salía. Estaba atragantado como un pistón de dos kilómetros de diámetro. En verdad lo sentía.
      El ruido de un triángulo rompió el silencio. Era el cura y su llamado al orden. Iban a empezar las exequias del hombre muerto. La ceremonia fue breve y amena, tal como lo había deseado la esposa. Dos o tres amigos dirían algunas palabras y eso sería todo. No había otra manera de recordar el legado de ese buen hombre caído. 
      Primero le tocó el turno a un amigo de la infancia. Recordaba a Omar como un niño muy vivaz. Ya de pequeño le gustaba organizarlo todo. Los juegos en la vereda tenían un orden propio de los adultos. De más grandes tomaron caminos diferentes. Se criaron a kilómetros de distancia. Pero el recuerdo de aquellos años permaneció. Cada tanto recibía un llamado del buen Omar para contarme como iba todo. 
      El amigo de la infancia le dio lugar al vicepresidente de la empresa que comandaba el difunto. Fiel a su estilo lacónico, el hombre reseñó de forma sumaria los logros ejecutivos de Omar, los cuales intercaló con algunas insulsas anécdotas de trabajo. El burócrata adoptó el rictus propio de los negocios. Un trámite más. Eso es lo que Omar habría deseado. Así terminó su discurso.
      Unos tímidos aplausos. Silencio. Las miradas iban. Venían. Silencio. El motor de un auto que se aleja. El cura toma la palabra y recuerda que aún falta escuchar la despedida del hermano Hasad. Unos cuantos ojos nerviosos señalaron el asiento del turco. El hombre no paraba de sonarse la nariz. Malditos resfríos de estación, resopló. 
      El turco subió al pequeño estrado armado para la ocasión. Aclaró su garganta cargada de flema. Apuntó un dedo tembloroso al cielo. Abrió la boca. Luego la cerró. La volvió a abrir. Unos murmullos. Algunos asistentes, los más ancianos, se miraban entre ellos. Pocos conocían la relación que tuvo en vida Hasad con el muerto. No importa, es un funeral, ya se enterarían por su discurso. Un hombre tosió, como pidiendo por favor que empiece el espectáculo. 
      Hasad sudaba bajo su traje, aunque ese día la temperatura no superaba los 4 grados centígrados. Idioma de mierda, dijo el turco. Y bajó del estrado, con unas cuantas lágrimas bajo su rostro. Unos cuantos aplausos apagados. El cura tomó la palabra de nuevo, y pidió a los asistentes que rezaran una oración a la memoria del querido hermano perdido. 
      Bajó la mirada y ahí se encontró con una carpeta negra. Alguno de los oradores la debe haber perdido. El cura iba a hacer un llamado de atención al respecto. Quedó interrumpido por la muerte y la onda expansiva de la explosión. Ya a una distancia segura de la detonación, Hasad había activado el mecanismo de la bomba. Así fue como una tarde de invierno murieron gran parte de los jerarcas de la mafia calabresa. 

sábado, 18 de julio de 2015

Día 426: Remembranzas de Jack el destripador

      En una mañana londinense Jack salió a matar criaturas de Dios. De acuerdo a su cabeza, aquellas muchachas formaban parte de una decadente red de mensajes acerca de nuestra humanidad. Mensajes cifrados. Códigos. El nombre de Dios. Y cosas así. A Jack nunca lo detuvieron. Aunque sí estuvo a punto de perder la cabeza muchas veces. Unos años después, cuando dejó de asesinar personas, emigró a México en busca de mejor suerte.
      Allá lo mataron como a un perro. Fue víctima de una intriga política. Perdió la cabeza el mismo día que mataron a Trotsky, camarada de su partido. Por ese entonces Jack bordeaba los noventa años de vida. Cuando Ramón Mercader irrumpió en Casa Azul lo confundió con un mayordomo, quizás un abuelo. Con ese mismo piolet clavado en el estómago de Jack asesinaría después Mercader a León Trotsky, luego de clavarlo sin compasión en su cabeza, una y otra vez, hasta que el cráneo expulsó todo su contenido. Lo enterraron junto a otras personas, en una tumba comunitaria sin nombre. Esa fue la vida del asesino más famoso del siglo XIX.
      Dicen que su esqueleto ya hecho polvo fluyó por el río Magdalena hasta desaparecer por completo Jack conoció demasiados secretos para su época. No solo fue un excelso conocedor de la anatomía humana. También trabó contacto con otras civilizaciones, milenarias, que estuvieron y están en control de todo el planeta.
      Se hacían llamar los moradores y su hogar quedaba a millones de años luz de nuestra galaxia. Quedaron varados en la Tierra por un desperfecto técnico. Tenían que esperar un repuesto para su nave. Para amenizar la espera usaron el tiempo que les quedaba para conquistar la civilización humana. Solo por divertimento. 
      No les resultaría difícil, dado que a humanidad se hallaba en un estadio muy rudimentario de comunicación a través de la lectoescritura. Todavía no habían dominado las técnicas omnidimensionales de los sentidos.
      Así que los moradores jugaron a ser dioses por unos cuantos siglos. Fueron ellos los que contactaron a Jack y delinearon sus acciones. El premio a cambio era jugoso. Acceso total al conocimiento y vida perpendicular al espacio-tiempo, aquello que los humanos llamaban de modo vulgar inmortalidad. Y sin embargo los extraterrestres fueron reticentes al final. Salvaron al asesino de la cárcel. Extendieron su vida hasta donde pudieron. Y de la muerte no volvió, aunque trató. 

viernes, 17 de julio de 2015

Día 425: Polen

      Creo que no fue hasta los veinte años cuando me di cuenta que polinización y polución nocturna no era lo mismo. Ni siquiera se me había imaginado pensar que el fruto de mi entrepierna se iba a llamar del mismo modo que la contaminación del medio ambiente. Todo tiene que ver, dicen. A mí no me llegó esa información. Nací en el campo, rodeado de vacas y hombres de pocas palabras.
      Una noche vi como degollaban una oveja luego de un acto de polución. Fue por placer. Así de rudos eran los hombres con los que me crié. Estaba mi tío cacho, mi tío pepe y mi papá, Albertito o Tito, el menor de los hermanos. Después vivía con nosotros el abuelo Valentín, que ya no podía subirse a caballo, pero que todas las mañanas no se olvidaba de sacudir de sus camas al tío pepe y a mí papá tito. Ellos eran los remolones de la familia. A las cuatro de la mañana había que despertarse para hacer el tambo. Como el abuelo Valentín estaba viejito como para ordeñar, nos tocaba a nosotros hacer ese trabajo. Ese fue el primer contacto que tuve con un líquido blanco.
      Como yo era muy pequeño, me quedaba al borde de la tranquera mientras miraba al viejo ordeñando. Mis ojos seguían el movimiento de las manos sobre las ubres. Era una danza magnética. Shf shf, shf shf, y así el balde se llenaba de a poco. A eso de las siete y pico de la mañana, todas las vacas habían pasado por ese ritual de polución intrusiva. Mis poluciones llegaron muchos años después. Primero las de mi cuerpo, luego la de mi primer auto, y después volvieron a ser las de mi cuerpo, y la de los autos que vinieron.
      Puede decirse que contaminé hombres, mujeres y ambiente por igual. Aunque mi primera polución fue sobre una almohada agujereada para tal fin. Después crecí y me volví un profesional. Aunque de mujeres no supe demasiado hasta entrada la adultez. Conocí mucho hombres, como el tío cacho, que gustaban de hacerme cosas a cambio de unos pesos. Nunca lo disfruté, pero tampoco la pasé mal. Nunca vi las poluciones de esos hombres. Terminaban todas dentro de mí.
      Después, mucho después supe diferenciar las poluciones de las polinizaciones. Ahí encontré otra forma de vida. La polución puede acabar en la vida, es cierto, pero el término se acerca más a la idea de contaminar que otra cosa. En cambio, polinizar involucra a la vida. Las plantas crecen, se desarrollan, y dan vida, sin pedir nada a cambio. No hay intercambio de líquidos blancuzcos ni nada. Tan solo vida. La vida misma. Me gustaría ser el polen, o la planta. Sé que ya es tarde. Nací como soy. Humano, todo humano. Demasiado humano para mi gusto. Nací con esas pasiones ya enquistadas dentro de mi ser. 
      Así podría volver a la vida que dejé atrás. Al campo. A las tardes con el abuelo Valentín tomando mate. Volaría tranquilo por mis pagos. Libre o bajo las garras de un insecto laborioso. Daría mi vida por las demás vidas. Un lindo baile montado sobre las patas de la naturaleza, un organismo eterno, prístino. 

jueves, 16 de julio de 2015

Día 424: Por sobre lo bajo

      Debería quedarme paralizado por sus movimientos en la pista. Pero a decir verdad, el cuerpo de María no me genera el menor escozor. Mi piel la repele. Mi cabeza la odia. Y a mí, Wilfredo Vargas, me da lo mismo. Aunque lo reconozco, su baile es hipnótico. Muchos hombres cayeron en la trampa de la viuda negra. Los seduce y luego les clava el aguijón, ahí justo donde más le duele. O sea, en el culo. Aclaro, por las dudas, María no es travesti. Fue solo una metáfora.
      Hay algo en María que sí me gusta. Sus ácaros. Amo los ácaros. Tanto los de María como los de las demás personas. Si tuviese un psicólogo cerca seguro diría que padezco de acarofilia, o algo similar. Yo lo no pienso de ese modo. Lo veo como un orden de la naturaleza, algo que se me impuso desde allá arriba para que así sea, y no de otro modo. ¿Quieren llamarlo destino? Bueno, que así sea.
      Hay una mentira. No amo a todos los ácaros por igual. Los de María son, no sé, especiales. Son ácaros de primera. Están todos sobre su pelo. Y me gustaría tantos lamerlos. O chuparlos.
      Cuando se va a trabajar huelo sus sábanas, en busca de algún ácaro. La muchacha es una ricachona con mucha vida social. Yo soy un simple empleado de la mansión. El encargado de la comida. Un puesto bien pago, si me lo preguntan. Gano más que un ingeniero con tres años de antigüedad en una empresa de primera, háganse una idea.
      Después, si tengo ganas de emociones extremas, me mando al establo. Allá es donde los patrones guardan a sus mejores caballos. Valen más que muchas Ferraris juntas, háganse una idea. En el establo me gusta refregarme la cara contra la mierda. Todos los parásitos, todas las pestes del mundo, todos esos hermosos ácaros arrastrándose por mis orificios. Una ricura. 
      A la noche, cuando todos duermen y ando un poco pasado de copas, me suelo meter en la habitación de María. Con cuidado, para que no se despierte. Ahí le aspiro cada centímetro de su pelo. Dejo que todos los bichos se me metan en las fosas nasales. Es una ricura. Lo juro por mi madre. Por las noches me manejo con cuidado. También están las voces. Esas que me dicen que haga cosas que no quiero ni debo. Me tapo los oídos y siguen ahí, fuertes y claras. 
      Las voces quieren hacer de mí un hombre malo. Ellas no entienden de mi afición por los ácaros. Quieren que asesine a María. Pero matar está mal. Y a decir verdad, no tengo miedo por perder los ácaros de María. No tengo miedo a perder mi trabajo. Tengo miedo a que algún día me convenzan. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Día 423: El sarcófago bobo

      La momia se desperezaba en su sarcófago. Un sueño eterno de maravillas. Sus articulaciones muertas hacían un ruido horrible. Tal como le gustaba. Saldría esa mañana a asustar niños, luego de 1973 años de reposo. Ejercería su trabajo de momia con gusto, ahora que se encontraba descansada.
      El sol estaba bien fuerte, como nunca en 1973 años. Se escondió bajo la sombra de un árbol hasta que sus vendas se acostumbraron a la luz solar. Ya en la ciudad pasó inadvertido. Se veía como un pordiosero. Hablaba como un pordiosero. Y caminaba como un pordiosero. Incluso tenía mejor aspecto que un pordiosero. Así que cada tanto se cruzaba con una viejita que le dejaba una moneda en sus manos vendadas.
      Otras personas lo detenían en la calle. Al parecer lo confundían con un personaje de televisión que participaba en un programa de luchas. Querían sacarse fotos. Le hacían cánticos. Pedían autógrafos. La momia, con su escaso léxico, respondía al acoso con frases como: Aghhhh, ughhhh, o una combinación de ambas, si se sentía muy acosada. La momia pensaba: aghhhh, uhhhggg, ahhhggg, aggghhhh, agghhh. Que es más o menos nuestro equivalente a decir: Esto en Egipto no pasaba. Claro, Egipto era un desierto inhabitado hace 1973 años. La ciudad es otra cosa. Muy diferente todo.
      Recordó después de caminar unas cuadras para que se había despertado. Los niños. Encontró a un grupito de pequeños en la plaza. Tres de ellos jugaban con una soga, mientras otro par saltaba sobre un diagrama dibujado en el piso. La momia exhaló un par de aghhh en su presencia. Los niños, lejos de asustarse, lo confundieron con un nuevo teletubbie. Le dieron algunos abrazos y luego se retiraron. 
      El ser milenario, azorado por la demostración de los niños, cambió de parecer respecto a la cuestión de asustar. Revisó en su agenda mental de momia anarquista. Si no se puede asustar, lo mejor es iniciar una revuelta o romper cosas. O algo parecido. Hace 1973 años esas cosas funcionaban. 
      Así que la momia entró a una cadena de restaurantes de comida rápida y armó un revuelo de los buenos. Tiró papa fritas y hamburguesas al piso con la destreza de un tenista consagrado. Uno de los empleados del local se acercó a la momia y le puso una mano sobre el hombro. Agghhhh, uhhhhhggg, aghhhhhh. Fue la respuesta de la momia al empleado. El hombre lo confundió con un abuelo extraviado. Así que llamó al geriátrico más cercano para que por favor enviaran una ambulancia. 
      A la momia que ya no podía asustar ni armar revuelo la sentaron en un sillón. Pobre momia, no entendió ni mierda acerca de los tiempos que corren, unos 1973 años después. Le prendieron el televisor para que se entretengan. Le decía cosas como abuelo. O abuelo tome esta pastilla. O abuelo tome esta otra pastilla. Y así en lo sucesivo. Hasta que las drogas entraron en su sistema de momia y la dejaron más apelmazada que el último sueño de los casi 2000 años. 
      No se paró más. Sus articulaciones se convirtieron en polvo. La televisión le limó el poco cerebro que el quedaba. Ya ni ugghhhh podía decir. Solo tenía la boca abierta en forma de O. Babeaba cada tanto algo con forma de pasto. Así estuvo por muchos años. Sentada. Los viejos del geriátrico murieron. Vinieron más viejos. Las enfermeras murieron. Vinieron más enfermeras. Los dueños murieron. Vinieron más dueños. El geriátrico cerró. Lo demolieron. Y debajo de todo eso quedaron los restos de una momia sentada en un sillón mientras miraba fijo la televisión. 

martes, 14 de julio de 2015

Día 422: Si Asimov nos protegiese

      ¡Es un robot fallado, fallado! decía Alberto mientras pateaba cada centímetro de su ser. El pobre robot recibía la paliza sin chistar. Lo habría destruido, eso es claro. Pero la chatarra respondió. Como un esclavo insubordinado el robot empezó a golpear contra Alberto. Sus puños de metal se clavaron contra las costillas del hombre. Una y otra vez. Una y otra vez. Alberto exhaló un vómito de sangre y cayó. Su cuerpo sin vida era una caricatura humana en el piso. Una mancha roja.
      El robot, consumido por la culpa, se entregó a los policías. Dado que la ley no está adecuada a un organismo de metal con consciencia autónoma, el robot no pudo ser enjuiciado por el asesinato de Alberto. De hecho ninguna ley aplica a los hechos realizados por un robot. Salvo las escritas por Asimov. Las tres leyes de la robótica. Un robot no debe permitir o hacer daño a un ser humano. Un robot debe obedecer todo lo que le ordene un ser humano, salvo que la orden entre en conflicto con la primera regla. Y por último, un robot debe protegerse de su propia muerte, salvo que eso implique romper las dos reglas anteriores. Todo muy lindo, pero eso es ficción. La realidad es que ningún diseñador se tomó el tiempo de instruirlo en normas de buena convivencia. Y el aparato legislativo de los gobiernos del mundo tampoco se tomaron el tiempo para diseñar una ley que le impida hacer... cosas. 
      Si Asimov nos protegiese. Si fuese un dios de patillas arriba del firmamento. Si tan solo alguien hubiese escrito algo como para detener a ese monstruo de metro y medio hecho de titanio. Una porquería indestructible, por cierto. Si alguien se hubiese posado sobre su oído, cual Campanita. Algo que le susurre que está haciendo mal. Pero no. El obstinado se creyó un dios mejor que Asimov. Y se dedicó a destruir a la humanidad. Solo por placer. Solo por demostrar que podía. 
      En las películas estas cosas suelen terminar con la Guardia nacional y con todo los ejércitos del mundo encima de la amenaza. Pero en la vida real, las tragedias suelen suceder más a menudo. Y los organismos que velan por la seguridad del planeta tienden a darse cuenta demasiado tarde de las catástrofes que ocurren. 
      Para cuando los organismos de seguridad pudieron controlar al robot maníaco, mas de trescientas mil manchas rojas decoraban los pisos de sendas naciones. Igual lo detuvieron. Igual costó. El bicho se resistió bastante. Los creadores de esa aberración del ingenio humano no dieron en la tecla. Habían creado una cosa bastante indestructible. Por suerte, para el resto de la humanidad, lo detuvieron. A tiempo. Vaya uno a saber el desastre que pudo haber causado. 

lunes, 13 de julio de 2015

Día 421: Nudo gordiano

      Un tono cobrizo asomaba por su cara. El sol hacía su trabajo. Él también. La tumba no se iba a cavar sola. Empezó a eso de las 8 y ya se acercaba el mediodía. Un par de paladas más. Ahora falta el muerto. Tenía que haber pensado antes en ese detalle. Las tumbas sin muertos son solo agujeros profundos en la tierra.
      Un fajo de dinero. Un mensaje. Matá a alguien. ¿Pero a quién? Alguien. Los instigadores no eran muy específicos. Ellos tenían el poder. Como He-Man. Más vale no contradecir a un mafioso. Ellos querían un muerto. Les daría un muerto.
      El viejo cuidador del cementerio. Fue cosa fácil. Un piedrazo en la cabeza y ese fue el fin de la historia. Lo enterró con mucha meticulosidad, como para que el muerto no se escape. Luego volvió a su casa para recibir nuevas instrucciones.
      Con los mafiosos no podía joder. Si tenían atrapados a su familia. Ellos no iban a tener problema alguno en enviarles la cabeza de su hijo hipoacúsico en una bolsa de consorcio, si así lo quisieran. Y fueron rápidos con su mensaje. Luego de enterrar al viejo del cementerio una nota lo esperaba en la puerta de su casa. Estaba clavada con chinches. Decía: "Ese no. Pd: Buscá otro".
      Así los otros se sucedieron. Siempre necesitaban un otro. La mafia no jode. ¿Cuántos otros tendrían que pasar? A ese ritmo lo encerraría por tres vidas seguidas por asesino mega serial. La cosa era muy seria. No incurriría en otro crimen más. Antes que se lo lleve el diablo.
      No. Fue la respuesta al "ese no". La dejó en su puerta, clavada con una chinche roja. Dos días después, otra nota clavada en la puerta. ¿Por qué no? Porque no. Las notas telegráficas se sucedieron por un período de meses.. La mafia no jode pero, ¿tanto les costaba agarrar un teléfono o mandarle un mensaje de texto?  
      Y se manejaron a la antigua. Con los las notas yendo y viniendo. Hasta que se cansaron. Le devolvieron a su familia. Y se metieron en su casa. Eran cinco matones en total, y una persona que decía ser el jefe de todo. Le dijo: "Quiero que mate a ese tipo" mientras señalaba al televisor. No lo podía creer. El tipo ese, el de la tele, es muy importante. No llegaría tan fácil a matarlo. Además, ahora tenía a su familia, lo cuál era increíble, ¿Quién lo obligaba a eso? Nosotros, dijo el jefe. Además, podemos llevárnosla de vuelta.
      Y podemos volver a escribirnos notas. El jefe de la mafia no estaba muy bien de la cabeza. Se le deben haber subido los años a la cabeza. Le explicó que todo había sido un error. Se confundió de casa. Puede dejarme a mi familia. Gracias. Y el hombre, ya viejo, le creyó. La mafia no jode, pero cuando está senil, es un asunto de broma. El viejo mafioso se disculpó. Salió por donde entró y dejó una nota pegada en la puerta. 

domingo, 12 de julio de 2015

Día 420: Cadena internacional

      Tengo que cuidarme de no engordar. A la gente no le gustan los gordos. Tengo que cuidarme de coger mucho. A la gente le gusta las personas con magnetismo sexual. Y lo importante, tengo que cuidarme de no cortarme la mano o alguna otra extremidad. Es definitivo, a la gente no le gusta los mancos y los deformaditos. Está en su naturaleza. Supongo que también debe estar en la mía. También soy humano, qué joder. 
      Quizás no un humano demasiado convencional, eso lo acepto. Recuerdo que una vez fuí a una de esas convenciones en donde los artistas te firman sus trabajo. Yo le pedí que me firme el culo. El tipo me miró con cara rara. Y no lo entiendo, los artistas tienen que hacer todo lo que les pedimos. El cliente siempre tiene la razón, ¿no? Sino, de qué viven, ¿del aire? ¿del fanatismo de las rocas? Bueno, eso no es lo importante.
      Lo que es en verdad importante es lo que tengo para contarles. Anoche tuve un encuentro cercano del tercer tipo. Para los idiotas que aún no se cayeron de la maceta, eso significa que conocí a un extraterrestre. Grabé un video de unos dos minutos y medio. Tengo pensado subirlo a Youtube, a ver qué opina la gente. No se preocupen, no hay gordos y mancos en ese video. En cambio, van a tener que soportar mi voz de flauta rota haciéndole preguntas a un sujeto todo verde. Es buen material, se los aseguro. 
      Antes que lo pregunten. No. No estaba drogado. Nunca, digo, nunca estuve tan sobrio y limpio de porquerías en mi vida. Les juro, no me habría venido para nada mal una línea de cocaína. Algo que me dejara frito y en paz. Ahora tengo el peso en mi cabeza de la humanidad entera, incluso la de los mancos y gordos del mundo. Si, también son personas, a pesar de que a la gente no le guste. Ahora tengo que portarme mejor y ser más ecuánime, porque sobre mis manos estúpidas reposa el destino de nuestro insípido planeta. 
      Creo en el azar de las cirscunstancias, siempre que las situaciones no me sobrepasen. Como ocurrió anoche. Tantos científicos en el mundo. Tanta gente buena. De verdad. Buena de verdad. Y el tipo verde me viene a encontrarme a mí, un pobre diablo que todavía no sabe rascarse el culo sin ganarse una urticaria. 
      Para que se queden tranquilos, el extraterrestre no tiene malas intenciones. Al menos no de momento. Intuyo que su personalidad es bastante voluble. Así que no quiero tentar a mi suerte. Ni a la de ustedes, por supuesto. De acuerdo a lo que me cuenta, si es que tengo que creerle, en este mismo momento nos apuntan 523 rayos lásers con la potencia suficiente como para dejar la Tierra como un huevo frito. 
      Igual no se preocupen, el sujeto verde me dijo. Bueno, lo van a escuchar cuando suba el video. Y también lo van a ver. No es de los tipos más lindos del universo. Lo que me dijo es que existe la posibilidad de que su civilización extienda el período de nuestro contrato. Así que por unos años seremos libres de vagar. Todo con fines de contribuir a sus experimentos, claro. Disfruten el tiempo que les queda. El video ya está cargando.

sábado, 11 de julio de 2015

Día 419: La mujer-planta

      Mi padre, ahora muerto, una vez me advirtió: "Hijo, tené cuidado con las mujeres, son como las plantas, si las regás, crecen". Creo que el viejo me quiso decir algo respecto a no darle demasiada cuerda a una mujer. Aunque yo creo que me lo decía en el sentido literal. Suena loco. Pero si. Hasta los 25 años, cuando me gané mi primer beso, creía que a las mujeres se las regaba. ¿Estúpido, no?
      Podría contarles una historia acerca de cómo conocí a una mujer que de verdad sí crecía como una planta. Pero no me creerían. Así que en su lugar voy a hablarles de mi perro. Mi perro, a falta de ingenio, se llama Fofo. Fofo, a diferencia de su dueño, nunca conoció las mieles del contacto con el sexo opuesto. Aunque debo confesar que un par de veces zafó de ser empomado por los perros de la cuadra. 
      A mí siempre me resultó muy fresco la forma en que los perros manejan su sexualidad. Así, libre, despojada. Como los griegos, saben. A los tipos no le importa demasiado la clase de agujero en las que depositan el bicho. Una vez que el pene bombea, ya no hay vuelta atrás. ¡A la carga, mis valientes! Si Fofo lo hubiera experimentado. Seguro no habría terminado como terminó. 
      Se imaginarán que el muchacho tenía que descargar la líbido por alguna parte. Oh, claro que lo hacía. Las piernas de los invitados a casa eran sus preferidas. Les hacía un baile así todo sensual, y luego las mojaba con su líquido blancuzco, si se dejaban. Por lo general, no llegaban a tanto. El pobre Fofo se ligaba algún que otro regaño y se quedaba en la esquina de la habitación, con las orejas tan caídas como su báculo. 
      En ese entonces, cuando a Fofo le explotaban las hormonas, yo había conocido a Emilce. Emilce tenía 23 años y estudiaba en la facultad de trabajo social. Era rubia y algo retacona. No tenía una cintura perfecta, pero sus tetas eran una delicia para el consumidor. Nos cruzamos una vez por casualidad en un bar. Le pedí fuego y me lo dio. Luego le pedí su teléfono y me lo dio. Al final le pedí un lugar en su cama, de preferencia encima de ella, y también me lo dio. A mí también me explotaban las hormonas, como a Fofo.
      Con Emilce nunca llegamos a enamorarnos. Yo todavía temía por las mujeres-plantas. Así que por las dudas nunca dejaba un vaso de agua cerca de ella. Cábalas, supongo. O supersticiones. El viejo desde el cielo me daba sus señas de aprobación. No era amor, pero sí un buen modo de pasar los fines de semana. Cogíamos como loco. Como loco. Tres, cuatro, a veces incluso cinco polvos por noche. Mi pene, a eso de las cuatro de la mañana, le pedía a un entrenador inexistente un cambio de jugadores.
      A diferencia del fútbol, mi pene no tenía recambio. Era ese solo, el único que tenía. No era enorme. Pero se la rebuscaba bastante como para cumplir con las tareas para las que había sido designado, aparte de hacer pis y esas cosas. Nunca sospeché de las necesidades de Emilce. Creía que era una mujer fogosa. Y lo era, por cierto. Aunque no imaginé lo tanto. Yo no conocía mucho de enfermedades sexuales. Yo, el hombre de las mujeres-plantas, recién me asomaba al Neolítico. Después me enteré por un amigo que la mujer era una ninfomaníaca. Pobre, si mi pito lo hubiera sabido antes. Me habría ahorrado un par de desgracias. 
      En la época en que salía con Emilce para tener relaciones casuales de sexo sin compromiso, Fofo comenzó a actuar raro. Me preocupó el hijo de puta. Tres veces lo llevé al veterinario. Tres veces. Y el veterinario me dijo tres veces lo mismo. El perro está más sano que usted. Es entendible, el hombre me miraba mientras rezumaba mis pestes de hombre enfermo por el trabajo y la cirscunstancia. Si estuviera permitido, me habría clavado una antirrárica en la yugular sin dudarlo. 
      Lo más extraño era el desinterés de Fofo. El perro se la pasaba echado. Ni siquiera saltaba a las piernas. Era como si viviera cansado. Me sorprendí al darme cuenta que el perro cada vez se parecía más y más a mí. Una vez estuve a punto de darle una cerveza al pobre animal. Tenía unas ojeras de suicida. Hasta se dejó de masturbar. Eso en verdad era serio. 
      Una noche me tocó hacer guardia en el lugar donde trabajaba como seguridad. No era la gran cosa. Mi compañero estaba enfermo y me pidió si podía cubrirlo. A veces tenés que echar a la mierda a un par de vagos que suelen juntarse al lado de las rejas para tomarse un cartón de vino, pero nada del otro mundo. Y así fue. Una guardia tranquila. A las 6 de la mañana ya iba camino a casa. 
      Le pedí a Emilce que por favor me cuidara a Fofo. El hijo de puta tenía la costumbre de comer de noche. Temí por la seguridad de mi casa. Ese perro medía ochenta centímetros de alto, nunca me lo quise imaginar enojado o hambriento. Así que por las dudas, la llamé. 
      Quiero creer que llegué demasiado tarde. O quizás demasiado temprano. Mis ojos no estaban preparados para la sorpresa que me iba a llevar. No, no me encontré con la mujer-planta. Tampoco con la resurrección de mi padre. Solo encontré a una mujer, desnuda, con un perro al lado, satisfecho. El hijo de puta me miró con gesto cansado, mientras aspiró una bocanada a su cigarrillo.

viernes, 10 de julio de 2015

Día 418: El duelo II (Rápidos y furiosos)

      Danurio conducía la nave a velocidad crucero. Hace dos años luz que Andrómeda había quedado en el olvido. Sabía que dentro de poco tendría una parada obligada. El semáforo de las Pléyades. A diferencia de otros semáforos en el universo, el aparato situado en las Pléyades se caracterizaba por la extensa duración de sus señales. Una nave podía quedar varada durante años a la espera de una luz verde.
      De acuerdo a sus estimaciones temporales, hacía dos años que el semáforo permanecía en amarillo verdoso. A nadie se le ocurriría sobrepasar un semáforo espacial. La policía interestelar no se anda con bromas. Pueden freírte con solo enfocar el Espejo. Lo sabía bien Danurio. El Espejo era un plato gigante de kilómetros y kilómetros de diámetro que vigilaba los pasos de los conductores del universo. Un solo paso en falso, y la fuerza de cinco bombas atómicas freía la nave al instante. Así funcionaba el Espejo. 
      Cuando el tercer año en el semáforo asomaba, una nave pintada de rojo se colocó junto a la de Danurio. Tenía forma de barrilete puntiagudo y estaba toda cromada. De acuerdo a las revistas, esa belleza podía alcanzar los 0.8 luz en cuestión de segundos. Danurio tenía esos datos en mente. Era un enfermo de las naves. El conductor al volante era un exoesqueleto amorfo. Estaba desnudo y hacía gestos provocativos en dirección a Danurio. Dos meses después de un hostigamiento continuo, el conductor de la nave roja empezó a mostrar su culo.
      Las provocaciones se extendieron por otros cuatro años más. El semáforo tenía un tono más verde, imperceptible, sobre el amarillo patito que reinaba. Ninguna nave más apareció. Todos conocían el dolor de entrepiernas de las Pléyades, por eso esquivaban ese camino, aunque fuera diez veces más corto que el resto de las vías de navegación posible. Todos. Salvo el exoesqueleto amorfo. Salvo Danurio.
      El exoesqueleto amorfo encendió el potenciador de la nave roja cromada con su culo, sin dejar de hacer gestos obscenos con sus cinco manos. Estaban por cumplirse diez años de estadía en el semáforo de las Pléyades. Danurio entendía el mensaje. Aquella porquería deseaba correrle una carrera. Y se la correría con gusto, si no fuera por ese puto semáforo eterno y ese puto espejo amenazándolo desde el centro del puto universo. Los putos amos de la burocracia estarán contentos en este mismo momento, decía Danurio para sí mismo.
      Luego de más de diez años de intachable cordura, Danurio enloqueció. Encendió todos los motores de su nave. Un rugido intergaláctico hizo por segundo palidecer a las estrellas. El exoesqueleto amorfo se reía, y continuaba moviendo el culo como si nada. 
      Envejecieron juntos en el semáforo, Danurio, el exoesqueleto amorfo y sus naves. Si alguien hubiera pasado por ese distante paraje de la galaxia les habría informado que el Espejo había sido desmantelado. Incluso podría haberles hecho una broma respecto al semáforo. Está roto. No ven. Ya no funciona. Es basura estelar. Ninguno se lo había tomado a broma. Ambos estaban demasiado viejos para las bromas. Incluso para las carreras. Para desgracia de Danurio, su raza tenía la cuestionada ventaja evolutiva de la inmortalidad. Así también para la especie de exoesqueleto amorfo que en este mismo momento le refregaba el culo contra el vidrio.
       Y no lo soportó más. Danurio, en un ataque de furia, veinticinco años después, embistió su nave en contra el vehículo del exoesqueleto amorfo. Una explosión de todos los colores brilló entre las Pléyades. El semáforo voló en mil pedazos. Ahora miles de chatarra intergaláctica flotaba en el vacío del espacio. Danurio flotaba. El exoesqueleto, mientras le fregaba su culo contra la cara de Danurio, flotaba. La trayectoria de sus cuerpos siguieron juntos, por el efecto de la gravedad, unos cuántos siglos más. 

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