domingo, 5 de julio de 2015

Día 413: El hombre del nudo Pt. 6

      ¿Hasta dónde estaría dispuesta a arriesgarlo todo? ¿Llegarían las últimas consecuencias? La mente de Julieta era un hervidero de ideas. La culpa la consumía. Es verdad, sobrevivió por poco, es lo que le había dicho el médico que llevó a cabo su tratamiento. Y lejos de unirlos como pareja, la estadía de Julieta en el hospital había sido el puntal de una inevitable separación entre ella y su marido. ¿En qué fallaron? Quizás faltó un hijo. Los hijos solucionan todo, dicen. O es otra mentira que cuentan los padres. Quién sabe.
      Lejos de extrañarlo, el súbito escape de Brown había liberado a Julieta de los fantasmas que pululaban por su cabeza. No podía culparse, una persona enferma es ante todo un espejo más del egoísmo. Ella necesitaba ser el centro del universo, como todo ser humano en una situación semejante, y ese hombre con el que se casó había decidido tirar por la borda un matrimonio de doce años. Doce años. El tiempo pasó. Estás vieja, Julieta. Bueno, tenía 33 años. No es para tanto. Aún podía pensar en tener hijos, o cosas semejantes. Quizás retomar sus estudios.
      No le habría costado nada. Allá estaban los libros, oxidándose en la biblioteca. Allá reposaban sus sueños de terminar la carrera. La abandonó por amor. Claro, lo seguía amando. ¿Y su cuota de amor propio? ¿Dónde había quedado? Tenía tantas cosas para recordar. Julieta era una máquina de recuerdos. Nada se le pasaba por alto. Ni una fecha de cumpleaños. Tampoco una acción nimia realizada en vacaciones diez años atrás. Así funcionaba su cerebro. Podría haberle dado un hijo. Pero nunca fue el momento. Sería otra derrota a su amor propio. Cuando enfermó todas las ideas en estado de hibernación afloraron, como si hubiese sido lo más natural del mundo. Aflorar. Luego del diluvio. 
      No podía hablar mal de su marido durante ese período oscuro. Estuvo en todo momento, la cuidó como si fuese una niña pequeña e indefensa. Se portó como el hombre que ella siempre había visto en él. Y sin embargo el fantasma del pasado todavía se encontraba entre ellos, acosándola. Los estúpidos recuerdos. El rencor de miles de platos no lavados y millones de palabras no deseadas. Todas las discusiones en la mente de Julieta. Todas. Al mismo tiempo.
      Y los últimos meses. Fueron los peores. Ese hombre se había vuelto un desconocido para ella. Iba feliz al trabajo sin motivos. Olvida la mitad de lo que se le dice. Vive en su propio mundo. Como los monarcas de un país tirano. Julieta le siguió el juego hasta donde pudo. Pero sus fuerzas menguaban mes a mes. El estúpido amor propio postergado una vez más. ¿Perdería la dignidad de ser humano?
      Tres semanas pasaron. El teléfono de la residencia Brown sonó. Julieta tomó el tubo y lo puso en altavoz. Tenía servido un vaso de vino tinto, cosa que no tenía permitido. Una voz familiar se escuchó al otro lado del teléfono. Era su marido que pedía una extensión de esas increíbles vacaciones que se estaba tomando. Al parecer se divertía mucho sin ella. Luego de los reproches, Julieta escuchó las palabras de Brown con más atención. No bromeaba. El asunto era serio. Quizás no nos volvamos a ver, Juli, te amo. Fueron las últimas palabras de Brown antes de colgar.


Concluirá...

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