lunes, 6 de julio de 2015

Día 414: El hombre del nudo Pt. 7

      Los transmisores de la información. Por un momento odió a los teléfonos. Si se piensa bien, hay que odiar a las palabras, ahí están todos los mensajes, los grandes y los más minúsculos. Y todos repercuten en la vida de algún modo. Su vida entera acababa de perder todo significado a través del teléfono.
      Julieta podría esperar. Prefirió decirlo todo a un espacio vacío. Lo dijo sin tapujos, aún con un océano de por medio. El divorcio. Eso. El final de todo lo bueno. Brown se quedó sin palabras. No lo vio venir, ¿tan ciego había estado estos últimos meses? A decir verdad, el dinero gastado en psicólogos había sido en vano. Punto para Brown.
      Tres llamados. Esa es la cantidad exacta de mensajes para destrozar por completo la vida de un hombre. La santa trinidad. Cuerpo, mente y alma. Todo en uno.
      Primero lo importante. El descubrimiento. Anagnórisis. Una llamada de larga distancia. Directo desde Rumania. Al parecer, de un modo curioso, el asesino de los nudos movió su base de operaciones a Rumania. Encontraron un cuerpo repleto de nudos verdes. No sería nada raro que minutos después de abandonar Perú se encuentre otro cadáver anudado. La revelación era esencial: Green es el asesino. Green, su hermano. Aquel que lo entregó a la luz de la verdad. El hombre que le devolvió el significado a la palabra familia, ahora se dispuso a quitársela. Primer llamado.
      Ya en territorio estadounidense, el celular de Brown recibió el comunicado del departamento de policía. Quedaba desvinculado del caso. Al parecer le habían otorgado una jubilación temprana. O mejor dicho, estaba despedido. Claro, no se despide tan fácil a un policía. El sistema así no lo permite, por eso se los jubila temprano. Se los inutiliza. Chapa de cartón y balas de fogueo para el ex-detective Brown. Segundo llamado.
      Con la vida partida en dos. Fuera de acción, con un hermano asesino. Necesitaba escuchar a Julieta. Antes restaría hablar con su hermano. Lo haría confesar la verdad. Green estuvo dispuesto a hablar. Su maleta sostuvo cada argumento presentado. Su vuelo había tocado territorio neozelandés dos horas antes que Brown descubriera el cadáver de nudos amarillos. Cadáver que luego confirmaría el perito que llevaba más de dos semanas muerto. Podría chequear la lista de pasajeros. Hacer registrar las cámaras. Incluso obtener algunos datos que confirmaran la coartada de Green. Pero había algo que no lo dejaba mentir. Sus ojos. Sus ojos destilaban la luz de la verdad. La misma verdad que lo había cegado por tanto tiempo. Ahora lo veía todo tan nítido. Brown dijo: soy un asesino. 
      Sangre en mis manos. Sangre en mis manos. Brown desconocía sus propios motivos. El olvido le volvía a jugar un mal momento. No recordaba ninguna muerte. Ningún asesinato. Allá deben estar, sueltas, las pruebas que lo incriminen. No van a tardar en aparecer. En semanas van a estar detrás de mí, dijo el ex-detective. El quipu, el quipu, dijo Green por lo bajo.
      El profesor de la Universidad de California en Santa Mónica lo había explicado. Es posible que el quipu haya funcionado como un sistema de escritura. Pero eran hipótesis, nada comprobado, eso dijo el antropólogo. Algo sí estaba comprobado. Red había confeccionado el quipu y Brown también. Ambos habían volcado sus memorias a través de un retazo de nudos. Brown le agregó cuerpos de por medio. Un modo patológico de expresión, podría decir alguno de sus psicólogos.
      Debía escapar. Antes tenía que llamar a Julieta. Necesitaba explicarle todo. Y lo hizo. Lo mejor que pudo. Le confesó sus crímenes. Su inmortalidad. La verdad detrás del viaje y otras tantas cosas más. Quizás no nos volvamos a ver, Juli, te amo. Y sin dejar espacio a una respuesta cortó el tono del teléfono. Luego tiró su celular para evitar que lo rastrearan. Tercer llamado. 
      Green regresó a Nueva Zelanda. Julieta intentó socavarle información respecto a Brown, pero no dijo nada en absoluto. El hombre desapareció. Los años pasaron, y Brown comenzó a recordar. Nunca lo encontraron, para su fortuna. Cada día de su vida se miró al espejo, y las canas aparecieron, junto a las arrugas y otros rasgos de envejecimiento. Gracias al recuerdo tuvo una vida como mortal. Un día su corazón, como el de otros seres humanos, se detuvo y esa fue el resto de la historia. El quipu de Red, centro de todos sus recuerdos, nunca pudo ser descifrado por los hermanos. 

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