viernes, 10 de julio de 2015

Día 418: El duelo II (Rápidos y furiosos)

      Danurio conducía la nave a velocidad crucero. Hace dos años luz que Andrómeda había quedado en el olvido. Sabía que dentro de poco tendría una parada obligada. El semáforo de las Pléyades. A diferencia de otros semáforos en el universo, el aparato situado en las Pléyades se caracterizaba por la extensa duración de sus señales. Una nave podía quedar varada durante años a la espera de una luz verde.
      De acuerdo a sus estimaciones temporales, hacía dos años que el semáforo permanecía en amarillo verdoso. A nadie se le ocurriría sobrepasar un semáforo espacial. La policía interestelar no se anda con bromas. Pueden freírte con solo enfocar el Espejo. Lo sabía bien Danurio. El Espejo era un plato gigante de kilómetros y kilómetros de diámetro que vigilaba los pasos de los conductores del universo. Un solo paso en falso, y la fuerza de cinco bombas atómicas freía la nave al instante. Así funcionaba el Espejo. 
      Cuando el tercer año en el semáforo asomaba, una nave pintada de rojo se colocó junto a la de Danurio. Tenía forma de barrilete puntiagudo y estaba toda cromada. De acuerdo a las revistas, esa belleza podía alcanzar los 0.8 luz en cuestión de segundos. Danurio tenía esos datos en mente. Era un enfermo de las naves. El conductor al volante era un exoesqueleto amorfo. Estaba desnudo y hacía gestos provocativos en dirección a Danurio. Dos meses después de un hostigamiento continuo, el conductor de la nave roja empezó a mostrar su culo.
      Las provocaciones se extendieron por otros cuatro años más. El semáforo tenía un tono más verde, imperceptible, sobre el amarillo patito que reinaba. Ninguna nave más apareció. Todos conocían el dolor de entrepiernas de las Pléyades, por eso esquivaban ese camino, aunque fuera diez veces más corto que el resto de las vías de navegación posible. Todos. Salvo el exoesqueleto amorfo. Salvo Danurio.
      El exoesqueleto amorfo encendió el potenciador de la nave roja cromada con su culo, sin dejar de hacer gestos obscenos con sus cinco manos. Estaban por cumplirse diez años de estadía en el semáforo de las Pléyades. Danurio entendía el mensaje. Aquella porquería deseaba correrle una carrera. Y se la correría con gusto, si no fuera por ese puto semáforo eterno y ese puto espejo amenazándolo desde el centro del puto universo. Los putos amos de la burocracia estarán contentos en este mismo momento, decía Danurio para sí mismo.
      Luego de más de diez años de intachable cordura, Danurio enloqueció. Encendió todos los motores de su nave. Un rugido intergaláctico hizo por segundo palidecer a las estrellas. El exoesqueleto amorfo se reía, y continuaba moviendo el culo como si nada. 
      Envejecieron juntos en el semáforo, Danurio, el exoesqueleto amorfo y sus naves. Si alguien hubiera pasado por ese distante paraje de la galaxia les habría informado que el Espejo había sido desmantelado. Incluso podría haberles hecho una broma respecto al semáforo. Está roto. No ven. Ya no funciona. Es basura estelar. Ninguno se lo había tomado a broma. Ambos estaban demasiado viejos para las bromas. Incluso para las carreras. Para desgracia de Danurio, su raza tenía la cuestionada ventaja evolutiva de la inmortalidad. Así también para la especie de exoesqueleto amorfo que en este mismo momento le refregaba el culo contra el vidrio.
       Y no lo soportó más. Danurio, en un ataque de furia, veinticinco años después, embistió su nave en contra el vehículo del exoesqueleto amorfo. Una explosión de todos los colores brilló entre las Pléyades. El semáforo voló en mil pedazos. Ahora miles de chatarra intergaláctica flotaba en el vacío del espacio. Danurio flotaba. El exoesqueleto, mientras le fregaba su culo contra la cara de Danurio, flotaba. La trayectoria de sus cuerpos siguieron juntos, por el efecto de la gravedad, unos cuántos siglos más. 

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