sábado, 11 de julio de 2015

Día 419: La mujer-planta

      Mi padre, ahora muerto, una vez me advirtió: "Hijo, tené cuidado con las mujeres, son como las plantas, si las regás, crecen". Creo que el viejo me quiso decir algo respecto a no darle demasiada cuerda a una mujer. Aunque yo creo que me lo decía en el sentido literal. Suena loco. Pero si. Hasta los 25 años, cuando me gané mi primer beso, creía que a las mujeres se las regaba. ¿Estúpido, no?
      Podría contarles una historia acerca de cómo conocí a una mujer que de verdad sí crecía como una planta. Pero no me creerían. Así que en su lugar voy a hablarles de mi perro. Mi perro, a falta de ingenio, se llama Fofo. Fofo, a diferencia de su dueño, nunca conoció las mieles del contacto con el sexo opuesto. Aunque debo confesar que un par de veces zafó de ser empomado por los perros de la cuadra. 
      A mí siempre me resultó muy fresco la forma en que los perros manejan su sexualidad. Así, libre, despojada. Como los griegos, saben. A los tipos no le importa demasiado la clase de agujero en las que depositan el bicho. Una vez que el pene bombea, ya no hay vuelta atrás. ¡A la carga, mis valientes! Si Fofo lo hubiera experimentado. Seguro no habría terminado como terminó. 
      Se imaginarán que el muchacho tenía que descargar la líbido por alguna parte. Oh, claro que lo hacía. Las piernas de los invitados a casa eran sus preferidas. Les hacía un baile así todo sensual, y luego las mojaba con su líquido blancuzco, si se dejaban. Por lo general, no llegaban a tanto. El pobre Fofo se ligaba algún que otro regaño y se quedaba en la esquina de la habitación, con las orejas tan caídas como su báculo. 
      En ese entonces, cuando a Fofo le explotaban las hormonas, yo había conocido a Emilce. Emilce tenía 23 años y estudiaba en la facultad de trabajo social. Era rubia y algo retacona. No tenía una cintura perfecta, pero sus tetas eran una delicia para el consumidor. Nos cruzamos una vez por casualidad en un bar. Le pedí fuego y me lo dio. Luego le pedí su teléfono y me lo dio. Al final le pedí un lugar en su cama, de preferencia encima de ella, y también me lo dio. A mí también me explotaban las hormonas, como a Fofo.
      Con Emilce nunca llegamos a enamorarnos. Yo todavía temía por las mujeres-plantas. Así que por las dudas nunca dejaba un vaso de agua cerca de ella. Cábalas, supongo. O supersticiones. El viejo desde el cielo me daba sus señas de aprobación. No era amor, pero sí un buen modo de pasar los fines de semana. Cogíamos como loco. Como loco. Tres, cuatro, a veces incluso cinco polvos por noche. Mi pene, a eso de las cuatro de la mañana, le pedía a un entrenador inexistente un cambio de jugadores.
      A diferencia del fútbol, mi pene no tenía recambio. Era ese solo, el único que tenía. No era enorme. Pero se la rebuscaba bastante como para cumplir con las tareas para las que había sido designado, aparte de hacer pis y esas cosas. Nunca sospeché de las necesidades de Emilce. Creía que era una mujer fogosa. Y lo era, por cierto. Aunque no imaginé lo tanto. Yo no conocía mucho de enfermedades sexuales. Yo, el hombre de las mujeres-plantas, recién me asomaba al Neolítico. Después me enteré por un amigo que la mujer era una ninfomaníaca. Pobre, si mi pito lo hubiera sabido antes. Me habría ahorrado un par de desgracias. 
      En la época en que salía con Emilce para tener relaciones casuales de sexo sin compromiso, Fofo comenzó a actuar raro. Me preocupó el hijo de puta. Tres veces lo llevé al veterinario. Tres veces. Y el veterinario me dijo tres veces lo mismo. El perro está más sano que usted. Es entendible, el hombre me miraba mientras rezumaba mis pestes de hombre enfermo por el trabajo y la cirscunstancia. Si estuviera permitido, me habría clavado una antirrárica en la yugular sin dudarlo. 
      Lo más extraño era el desinterés de Fofo. El perro se la pasaba echado. Ni siquiera saltaba a las piernas. Era como si viviera cansado. Me sorprendí al darme cuenta que el perro cada vez se parecía más y más a mí. Una vez estuve a punto de darle una cerveza al pobre animal. Tenía unas ojeras de suicida. Hasta se dejó de masturbar. Eso en verdad era serio. 
      Una noche me tocó hacer guardia en el lugar donde trabajaba como seguridad. No era la gran cosa. Mi compañero estaba enfermo y me pidió si podía cubrirlo. A veces tenés que echar a la mierda a un par de vagos que suelen juntarse al lado de las rejas para tomarse un cartón de vino, pero nada del otro mundo. Y así fue. Una guardia tranquila. A las 6 de la mañana ya iba camino a casa. 
      Le pedí a Emilce que por favor me cuidara a Fofo. El hijo de puta tenía la costumbre de comer de noche. Temí por la seguridad de mi casa. Ese perro medía ochenta centímetros de alto, nunca me lo quise imaginar enojado o hambriento. Así que por las dudas, la llamé. 
      Quiero creer que llegué demasiado tarde. O quizás demasiado temprano. Mis ojos no estaban preparados para la sorpresa que me iba a llevar. No, no me encontré con la mujer-planta. Tampoco con la resurrección de mi padre. Solo encontré a una mujer, desnuda, con un perro al lado, satisfecho. El hijo de puta me miró con gesto cansado, mientras aspiró una bocanada a su cigarrillo.

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