martes, 14 de julio de 2015

Día 422: Si Asimov nos protegiese

      ¡Es un robot fallado, fallado! decía Alberto mientras pateaba cada centímetro de su ser. El pobre robot recibía la paliza sin chistar. Lo habría destruido, eso es claro. Pero la chatarra respondió. Como un esclavo insubordinado el robot empezó a golpear contra Alberto. Sus puños de metal se clavaron contra las costillas del hombre. Una y otra vez. Una y otra vez. Alberto exhaló un vómito de sangre y cayó. Su cuerpo sin vida era una caricatura humana en el piso. Una mancha roja.
      El robot, consumido por la culpa, se entregó a los policías. Dado que la ley no está adecuada a un organismo de metal con consciencia autónoma, el robot no pudo ser enjuiciado por el asesinato de Alberto. De hecho ninguna ley aplica a los hechos realizados por un robot. Salvo las escritas por Asimov. Las tres leyes de la robótica. Un robot no debe permitir o hacer daño a un ser humano. Un robot debe obedecer todo lo que le ordene un ser humano, salvo que la orden entre en conflicto con la primera regla. Y por último, un robot debe protegerse de su propia muerte, salvo que eso implique romper las dos reglas anteriores. Todo muy lindo, pero eso es ficción. La realidad es que ningún diseñador se tomó el tiempo de instruirlo en normas de buena convivencia. Y el aparato legislativo de los gobiernos del mundo tampoco se tomaron el tiempo para diseñar una ley que le impida hacer... cosas. 
      Si Asimov nos protegiese. Si fuese un dios de patillas arriba del firmamento. Si tan solo alguien hubiese escrito algo como para detener a ese monstruo de metro y medio hecho de titanio. Una porquería indestructible, por cierto. Si alguien se hubiese posado sobre su oído, cual Campanita. Algo que le susurre que está haciendo mal. Pero no. El obstinado se creyó un dios mejor que Asimov. Y se dedicó a destruir a la humanidad. Solo por placer. Solo por demostrar que podía. 
      En las películas estas cosas suelen terminar con la Guardia nacional y con todo los ejércitos del mundo encima de la amenaza. Pero en la vida real, las tragedias suelen suceder más a menudo. Y los organismos que velan por la seguridad del planeta tienden a darse cuenta demasiado tarde de las catástrofes que ocurren. 
      Para cuando los organismos de seguridad pudieron controlar al robot maníaco, mas de trescientas mil manchas rojas decoraban los pisos de sendas naciones. Igual lo detuvieron. Igual costó. El bicho se resistió bastante. Los creadores de esa aberración del ingenio humano no dieron en la tecla. Habían creado una cosa bastante indestructible. Por suerte, para el resto de la humanidad, lo detuvieron. A tiempo. Vaya uno a saber el desastre que pudo haber causado. 

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