miércoles, 15 de julio de 2015

Día 423: El sarcófago bobo

      La momia se desperezaba en su sarcófago. Un sueño eterno de maravillas. Sus articulaciones muertas hacían un ruido horrible. Tal como le gustaba. Saldría esa mañana a asustar niños, luego de 1973 años de reposo. Ejercería su trabajo de momia con gusto, ahora que se encontraba descansada.
      El sol estaba bien fuerte, como nunca en 1973 años. Se escondió bajo la sombra de un árbol hasta que sus vendas se acostumbraron a la luz solar. Ya en la ciudad pasó inadvertido. Se veía como un pordiosero. Hablaba como un pordiosero. Y caminaba como un pordiosero. Incluso tenía mejor aspecto que un pordiosero. Así que cada tanto se cruzaba con una viejita que le dejaba una moneda en sus manos vendadas.
      Otras personas lo detenían en la calle. Al parecer lo confundían con un personaje de televisión que participaba en un programa de luchas. Querían sacarse fotos. Le hacían cánticos. Pedían autógrafos. La momia, con su escaso léxico, respondía al acoso con frases como: Aghhhh, ughhhh, o una combinación de ambas, si se sentía muy acosada. La momia pensaba: aghhhh, uhhhggg, ahhhggg, aggghhhh, agghhh. Que es más o menos nuestro equivalente a decir: Esto en Egipto no pasaba. Claro, Egipto era un desierto inhabitado hace 1973 años. La ciudad es otra cosa. Muy diferente todo.
      Recordó después de caminar unas cuadras para que se había despertado. Los niños. Encontró a un grupito de pequeños en la plaza. Tres de ellos jugaban con una soga, mientras otro par saltaba sobre un diagrama dibujado en el piso. La momia exhaló un par de aghhh en su presencia. Los niños, lejos de asustarse, lo confundieron con un nuevo teletubbie. Le dieron algunos abrazos y luego se retiraron. 
      El ser milenario, azorado por la demostración de los niños, cambió de parecer respecto a la cuestión de asustar. Revisó en su agenda mental de momia anarquista. Si no se puede asustar, lo mejor es iniciar una revuelta o romper cosas. O algo parecido. Hace 1973 años esas cosas funcionaban. 
      Así que la momia entró a una cadena de restaurantes de comida rápida y armó un revuelo de los buenos. Tiró papa fritas y hamburguesas al piso con la destreza de un tenista consagrado. Uno de los empleados del local se acercó a la momia y le puso una mano sobre el hombro. Agghhhh, uhhhhhggg, aghhhhhh. Fue la respuesta de la momia al empleado. El hombre lo confundió con un abuelo extraviado. Así que llamó al geriátrico más cercano para que por favor enviaran una ambulancia. 
      A la momia que ya no podía asustar ni armar revuelo la sentaron en un sillón. Pobre momia, no entendió ni mierda acerca de los tiempos que corren, unos 1973 años después. Le prendieron el televisor para que se entretengan. Le decía cosas como abuelo. O abuelo tome esta pastilla. O abuelo tome esta otra pastilla. Y así en lo sucesivo. Hasta que las drogas entraron en su sistema de momia y la dejaron más apelmazada que el último sueño de los casi 2000 años. 
      No se paró más. Sus articulaciones se convirtieron en polvo. La televisión le limó el poco cerebro que el quedaba. Ya ni ugghhhh podía decir. Solo tenía la boca abierta en forma de O. Babeaba cada tanto algo con forma de pasto. Así estuvo por muchos años. Sentada. Los viejos del geriátrico murieron. Vinieron más viejos. Las enfermeras murieron. Vinieron más enfermeras. Los dueños murieron. Vinieron más dueños. El geriátrico cerró. Lo demolieron. Y debajo de todo eso quedaron los restos de una momia sentada en un sillón mientras miraba fijo la televisión. 

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