jueves, 16 de julio de 2015

Día 424: Por sobre lo bajo

      Debería quedarme paralizado por sus movimientos en la pista. Pero a decir verdad, el cuerpo de María no me genera el menor escozor. Mi piel la repele. Mi cabeza la odia. Y a mí, Wilfredo Vargas, me da lo mismo. Aunque lo reconozco, su baile es hipnótico. Muchos hombres cayeron en la trampa de la viuda negra. Los seduce y luego les clava el aguijón, ahí justo donde más le duele. O sea, en el culo. Aclaro, por las dudas, María no es travesti. Fue solo una metáfora.
      Hay algo en María que sí me gusta. Sus ácaros. Amo los ácaros. Tanto los de María como los de las demás personas. Si tuviese un psicólogo cerca seguro diría que padezco de acarofilia, o algo similar. Yo lo no pienso de ese modo. Lo veo como un orden de la naturaleza, algo que se me impuso desde allá arriba para que así sea, y no de otro modo. ¿Quieren llamarlo destino? Bueno, que así sea.
      Hay una mentira. No amo a todos los ácaros por igual. Los de María son, no sé, especiales. Son ácaros de primera. Están todos sobre su pelo. Y me gustaría tantos lamerlos. O chuparlos.
      Cuando se va a trabajar huelo sus sábanas, en busca de algún ácaro. La muchacha es una ricachona con mucha vida social. Yo soy un simple empleado de la mansión. El encargado de la comida. Un puesto bien pago, si me lo preguntan. Gano más que un ingeniero con tres años de antigüedad en una empresa de primera, háganse una idea.
      Después, si tengo ganas de emociones extremas, me mando al establo. Allá es donde los patrones guardan a sus mejores caballos. Valen más que muchas Ferraris juntas, háganse una idea. En el establo me gusta refregarme la cara contra la mierda. Todos los parásitos, todas las pestes del mundo, todos esos hermosos ácaros arrastrándose por mis orificios. Una ricura. 
      A la noche, cuando todos duermen y ando un poco pasado de copas, me suelo meter en la habitación de María. Con cuidado, para que no se despierte. Ahí le aspiro cada centímetro de su pelo. Dejo que todos los bichos se me metan en las fosas nasales. Es una ricura. Lo juro por mi madre. Por las noches me manejo con cuidado. También están las voces. Esas que me dicen que haga cosas que no quiero ni debo. Me tapo los oídos y siguen ahí, fuertes y claras. 
      Las voces quieren hacer de mí un hombre malo. Ellas no entienden de mi afición por los ácaros. Quieren que asesine a María. Pero matar está mal. Y a decir verdad, no tengo miedo por perder los ácaros de María. No tengo miedo a perder mi trabajo. Tengo miedo a que algún día me convenzan. 

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