viernes, 17 de julio de 2015

Día 425: Polen

      Creo que no fue hasta los veinte años cuando me di cuenta que polinización y polución nocturna no era lo mismo. Ni siquiera se me había imaginado pensar que el fruto de mi entrepierna se iba a llamar del mismo modo que la contaminación del medio ambiente. Todo tiene que ver, dicen. A mí no me llegó esa información. Nací en el campo, rodeado de vacas y hombres de pocas palabras.
      Una noche vi como degollaban una oveja luego de un acto de polución. Fue por placer. Así de rudos eran los hombres con los que me crié. Estaba mi tío cacho, mi tío pepe y mi papá, Albertito o Tito, el menor de los hermanos. Después vivía con nosotros el abuelo Valentín, que ya no podía subirse a caballo, pero que todas las mañanas no se olvidaba de sacudir de sus camas al tío pepe y a mí papá tito. Ellos eran los remolones de la familia. A las cuatro de la mañana había que despertarse para hacer el tambo. Como el abuelo Valentín estaba viejito como para ordeñar, nos tocaba a nosotros hacer ese trabajo. Ese fue el primer contacto que tuve con un líquido blanco.
      Como yo era muy pequeño, me quedaba al borde de la tranquera mientras miraba al viejo ordeñando. Mis ojos seguían el movimiento de las manos sobre las ubres. Era una danza magnética. Shf shf, shf shf, y así el balde se llenaba de a poco. A eso de las siete y pico de la mañana, todas las vacas habían pasado por ese ritual de polución intrusiva. Mis poluciones llegaron muchos años después. Primero las de mi cuerpo, luego la de mi primer auto, y después volvieron a ser las de mi cuerpo, y la de los autos que vinieron.
      Puede decirse que contaminé hombres, mujeres y ambiente por igual. Aunque mi primera polución fue sobre una almohada agujereada para tal fin. Después crecí y me volví un profesional. Aunque de mujeres no supe demasiado hasta entrada la adultez. Conocí mucho hombres, como el tío cacho, que gustaban de hacerme cosas a cambio de unos pesos. Nunca lo disfruté, pero tampoco la pasé mal. Nunca vi las poluciones de esos hombres. Terminaban todas dentro de mí.
      Después, mucho después supe diferenciar las poluciones de las polinizaciones. Ahí encontré otra forma de vida. La polución puede acabar en la vida, es cierto, pero el término se acerca más a la idea de contaminar que otra cosa. En cambio, polinizar involucra a la vida. Las plantas crecen, se desarrollan, y dan vida, sin pedir nada a cambio. No hay intercambio de líquidos blancuzcos ni nada. Tan solo vida. La vida misma. Me gustaría ser el polen, o la planta. Sé que ya es tarde. Nací como soy. Humano, todo humano. Demasiado humano para mi gusto. Nací con esas pasiones ya enquistadas dentro de mi ser. 
      Así podría volver a la vida que dejé atrás. Al campo. A las tardes con el abuelo Valentín tomando mate. Volaría tranquilo por mis pagos. Libre o bajo las garras de un insecto laborioso. Daría mi vida por las demás vidas. Un lindo baile montado sobre las patas de la naturaleza, un organismo eterno, prístino. 

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