domingo, 19 de julio de 2015

Día 427: Más que mil palabras

      Idioma de mierda, dijo el turco en su pobre italiano. Esa fueron todas las palabras que salieron de su boca. Los asistentes del funeral no acotaron nada. Era un día triste. Un hermano amado conoció una mejor vida. Y el turco quiso expresar algo que no salía y no salía. Estaba atragantado como un pistón de dos kilómetros de diámetro. En verdad lo sentía.
      El ruido de un triángulo rompió el silencio. Era el cura y su llamado al orden. Iban a empezar las exequias del hombre muerto. La ceremonia fue breve y amena, tal como lo había deseado la esposa. Dos o tres amigos dirían algunas palabras y eso sería todo. No había otra manera de recordar el legado de ese buen hombre caído. 
      Primero le tocó el turno a un amigo de la infancia. Recordaba a Omar como un niño muy vivaz. Ya de pequeño le gustaba organizarlo todo. Los juegos en la vereda tenían un orden propio de los adultos. De más grandes tomaron caminos diferentes. Se criaron a kilómetros de distancia. Pero el recuerdo de aquellos años permaneció. Cada tanto recibía un llamado del buen Omar para contarme como iba todo. 
      El amigo de la infancia le dio lugar al vicepresidente de la empresa que comandaba el difunto. Fiel a su estilo lacónico, el hombre reseñó de forma sumaria los logros ejecutivos de Omar, los cuales intercaló con algunas insulsas anécdotas de trabajo. El burócrata adoptó el rictus propio de los negocios. Un trámite más. Eso es lo que Omar habría deseado. Así terminó su discurso.
      Unos tímidos aplausos. Silencio. Las miradas iban. Venían. Silencio. El motor de un auto que se aleja. El cura toma la palabra y recuerda que aún falta escuchar la despedida del hermano Hasad. Unos cuantos ojos nerviosos señalaron el asiento del turco. El hombre no paraba de sonarse la nariz. Malditos resfríos de estación, resopló. 
      El turco subió al pequeño estrado armado para la ocasión. Aclaró su garganta cargada de flema. Apuntó un dedo tembloroso al cielo. Abrió la boca. Luego la cerró. La volvió a abrir. Unos murmullos. Algunos asistentes, los más ancianos, se miraban entre ellos. Pocos conocían la relación que tuvo en vida Hasad con el muerto. No importa, es un funeral, ya se enterarían por su discurso. Un hombre tosió, como pidiendo por favor que empiece el espectáculo. 
      Hasad sudaba bajo su traje, aunque ese día la temperatura no superaba los 4 grados centígrados. Idioma de mierda, dijo el turco. Y bajó del estrado, con unas cuantas lágrimas bajo su rostro. Unos cuantos aplausos apagados. El cura tomó la palabra de nuevo, y pidió a los asistentes que rezaran una oración a la memoria del querido hermano perdido. 
      Bajó la mirada y ahí se encontró con una carpeta negra. Alguno de los oradores la debe haber perdido. El cura iba a hacer un llamado de atención al respecto. Quedó interrumpido por la muerte y la onda expansiva de la explosión. Ya a una distancia segura de la detonación, Hasad había activado el mecanismo de la bomba. Así fue como una tarde de invierno murieron gran parte de los jerarcas de la mafia calabresa. 

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