lunes, 20 de julio de 2015

Día 428: Confesiones de un cruzado

      Podría exiliarme, esta misma noche, directo a Trafalgar. Pero el santo deber me lo impide. Juré lealtad a una orden que ya no existe. Y los juramentos, aun quebrados, no ceden. Están ahí, unidos en la sombra, listos para ser cumplidos. Fui un buen soldado. Puse mi fe en Dios. Y caminamos hacia la santa sede, hacia Jerusalem, sin detenernos. Hasta que nos expulsaron los turcos.
      Mi comitiva, en franca retirada, se fue achicando, hasta desaparecer. Pasé mis últimos años en Portugal y viví en un puerto, de incógnito. Contuve mi lengua por mucho tiempo. La pobre tiene vida propia, quiere moverse en libertad, soltar cosas que vieron mis ojos y mi cabeza no deja olvidar. Hay un rincón oscuro, oxidado, justo a la izquierda de mi pecho. He visto los grandes horrores de la humanidad escenificarse detrás de la muralla de hierro erigida por los infieles de oriente. Horrores cometidos con nuestras propias manos, sostenidos con nuestros propios brazos, aberraciones justificadas en nombre de Jesús nuestro Líder y redentor. 
      Así también vi navíos fantasmas correr a orillas del Mediterráneo. Me crucé con centenares de órdenes plagadas de muertos en vida. Sus cuencas permanecían tan vacías como los cadáveres que arrastraban detrás de sus largas marchas. Más de una vez mis ojos presenciaron el paso de fantasmas y los supe tan reales como el aire y los árboles que nos rodean.
      Juré por entonces ser víctima de mis fantasías. Pero no. Nada más real. Caminé junto a fantasmas hasta Cádiz. Luego nos separamos. Ellos siguieron su ruta hacia el canal de la mancha. Yo terminé en Portugal. Eran reales. Lo sé.
      Sé que nuestra historia no trascenderá. No seremos héroes de los futuros cantares. Nadie elevará una poesía en nuestro nombre. Nuestras hazañas, si las hubo, serán tapadas por el polvo de los tiempos. En cambio, si existe un sentido de justicia divina, sé que alguien narrará la historia de un gran fracaso. Que tal vez mencione a esos fantasmas. Y quien sabe, quizás hasta me nombre, como uno de los tantos cruzados que pervirtieron el alma de una era, en el fondo, el patíbulo de las esperanzas del hombre. 

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