miércoles, 22 de julio de 2015

Día 430: Armas de ruido

      Un grito con la suma precisa de 134 decibeles. Sobre una mesa de una casa desconocida se apoyaba una copa con un poco de agua. Estalló por la onda expansiva del sonido. Sus pedazos cayeron sobre un perro que dormía sobre la alfombra y se desmayó ante la potencia del grito.
La prueba fue un éxito. El plan del Gobierno era diseñar una criatura con una voz con potencia suficiente como para desatar una guerra sónica. Luego pondrían el proyecto al descubierto y sálvese quien pueda.
      La criatura no encaja con los patrones biométricos de lo que solemos llamar vida. Es más bien un organismo que grita sin razón. Como las madres. Y a la cosa la soltarían en medio de una ciudad, a eso de las doce del mediodía, un día de marzo. El grito más pequeño alcanzó los 535 decibeles. Algo así como dos bombas atómicas explotando al mismo tiempo.
      Los oídos de miles de personas volaron en mil pedazos. Muerte por ruido, habrían diagnosticado los doctores. Si alguno hubiese vivido. Nadie. Pero nadie. Nadie vivió para contarlo. Un arma de ruido. En esa ciudad la sangre tapó las cloacas, es cierto. Hasta las cucarachas murieron.
      Después encerraron a la criatura. La trataron como un experimento defectuoso. Hicieron lo que hacen con todo experimento defectuoso. Lo pusieron bajo llave en un sótano aislado. Pero se olvidaron de un detalle importante. La criatura necesitaba alimentarse. Y la carne humana o la verdura no eran de su apetencia. La criatura mordía el ruido, lo saboreaba.
      Ya no gritaba. Eso fue la imposición de sus creadores. Podía hablar con voz normal, a unos 100 decibeles, apenas. No, su placer era saborear las voces del mundo. El ruido de las cascadas. El maullido de los gatos. Su boca formaba una gran O, y todos los sonidos desde distantes kilómetros de distancia ingresaban.
      Las radios se apagaron. La Tierra poco a poco se volvió una película muda. La humanidad tuvo que vivir a expensas de una nueva sordera universal adquirida. Efecto vacío. Las comunicaciones dejaron de tener sentido. Salvo las señas y los pequeños grupos de sordomudos de nacimiento. Pero ya el sentido se había corrido de lugar. Nuevas medidas eran requeridas. Bastaron cien años para que la evolución diese su empujoncito vital, cuando nacieron los primeros bebés capaces de comprender el pensamiento de aquellos seres que lo rodeaban.  De ahí en más, la vida siguió su curso irrefrenable.

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