jueves, 23 de julio de 2015

Día 431: El precio de la compañía

      Lamió el liquen con fruición. Lo que hace el hambre, piensa el ahora ex millonario, ex Duque de Luxemburgo. Por conveniencia política habían revocado todos sus títulos. Ahora estaba en la calle, mejor dicho el bosque. A la intemperie. En la naturaleza, como tanto le gustaba jactarse a ese norteamericano en sus libros.
      Maniobras fraudulentas y evasión de impuestos, ese era el nuevo título del ex duque.  Escapó por un pelo de la cárcel. Empeñó lo que restaba de su fortuna para escapar sin un rasguño de la ley, y ahí se encontraba, disfrutando un almuerzo frugal dispuesto sobre una roca gris.
      Sobre un roble un espectador observaba la inexorable decadencia del antiguo noble. Se colgó entre unas ramas y aprovechó el impulso para caer justo sobre una piedra próxima de donde se alimentaba el ex Duque. Y saltó sobre los líquenes. El mono mostró sus dientes y golpeaba contra la piedra, para sorpresa del hombre.
      El ex Duque trató de espantar al mono, pero lejos de hacerle caso, la criatura se puso en cuclillas y arruinó su almuerzo con sus deposiciones. Ahora voy a comer mono, gritó el ex millonario y se abalanzó sobre el simio. Rápido de reflejos el mono esquivó las manos que trataban de atraparlo. Se colgó sobre el cuello del hombre hasta colocarse por unos instantes sobre su cabeza, tiempo suficiente como para dejarle un regalito oloroso.
      Una afrenta. La porquería cagó su comida, cagó su existencia. Atravesó más de la mitad del bosque para cortarle las patas al desgraciado, pero siempre se daba a la fuga. Por las noches, el mono se acercaba adonde dormía el ex Duque y le bajaba los pantalones. Luego le retorcía los testículos como si fuese una perilla de volumen de un equipo de música. Ante el grito desesperado del hombre, el mono desaparecía en la noche. Durante semanas hizo esa jugarreta. A veces le meaba la cara mientras dormía.
      Si bien sus dotes de superviviente en la naturaleza no eran óptimas al momento de quedar pobre y sin título nobiliario, el ex Duque se las arregló para instalar unas pequeñas trampas alrededor de su campamento. El mecanismo es sencillo. Como lo vio en las películas. Una liana, algo de alimento para atraer al simio y esperar a verlo atado patas para arriba.
      El mono entendió más que nadie que el ser humano le quería tender una trampa. Así que deslizó la soga con cuidado, hasta que se enroscó en un pie del ex millonario. El hombre gritó muchas cosas. El mono parecía devolver los improperios con una sonrisa amplia. Luego se entretuvo tirándole piedras. Cuando se aburrió de la cosa, empezó a alimentarlo.
      Dos semanas estuvo el ex Duque colgado boca abajo. Alimentado, cagado, meado, escupido por un mono. Eso lo mantuvo con vida. Desde ese momento, hombre y mono se volvieron inseparables, a su pesar.  

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