sábado, 25 de julio de 2015

Día 433: Un error humano

      En menos de lo que se tarda en decir gusano, el señor Jacobo derramó toda la botella de difenhidramina dentro de su boca. En total, para ser precisos, unos 248 cc. Al poco tiempo sintió como si un elefante le hubiese dado un cabezazo en el tórax. Así de potente era la porquería. No pudo evitar que se escapase el bostezo. 
      Una dosis, una pequeña dosis. Una puta dosis más. Su cuerpo lo pedía. Su cuerpo ardía en deseos de tetas y revolución. No voy a dormir por tres días de los seguidos, pensó Jacobo. Dio un grito que se sintió en toda la cuadra. Hacía equilibrio sobre el techo de la casa como si fuese un monje con Parkinson. 
      Jacobo apuró el paso. Ahora sus pies dibujaban zigzags en la vereda. Nadie iba a dejar de convencerlo que era un avión. Un Airbus A320 para ser precisos. Con su fuselaje repleto de diarrea volaba bajito. ¡Afuera bombas! Jacobo tenía los pantalones manchados de mierda líquida. 
      Nunca se sintió tan lúcido en su vida. A pesar de las alucinaciones, claro. Entendía todo al dedillo. Cada viruta arrojada al piso. Cada cerrojo destrabado. Cada momento perdido en los océanos del tiempo. Podría anotarlo todo en una servilleta. Hacer una fórmula y ganar dinero con ello. Eso hizo. Y, a decir verdad, la fórmula era acertada. 
      La explicación, bastante simple, relacionaba el origen del universo con nuestra estupidez como especie. De acuerdo a Jacobo, el big bang es un error humano puesto en replay eterno. O sea, dentro de muchos años, va a existir un imbécil que va a generar la suficiente energía como para destruirlo todo y crear el universo a partir de su inminente inexistencia. El gran final, para ser precisos. 
      Bueno, en realidad toda la teoría no tenía el más mínimo sentido. Eran un montón de palabras bonitas hiladas con algunos números puestos al azar. Pero Jacobo lo explicaba con una severidad que asustaba. Es el efecto de la difenhidramina. Una botella por día, esa era la dosis recomendada. Mientras tanto, allá adentro, las células de Jacobo cometían sus propias estupideces. Medidas no del todo estúpidas, puesto que defendían el organismo que se hacía llamar Jacobo. Las altas dosis del fármaco destruían su cuerpo día a día en un modo insospechado. Pronto colapsaría víctima de una intoxicación. 
      De hecho, su cuerpo resistió como si estuviese endemoniado. Cualquier tipo común habría muerto después de zamparse el primer frasco. Pero él no. Había algo dentro de su cuerpo. Algo que se alimentaba de la droga. Ese algo se lo estaba comiendo vivo. 
      Como para dar respuesta a los interrogantes, Jacobo sintió unos fuertes retorcijones. Venían de su abdomen, para ser precisos. Mejor dicho de su tórax, para ser precisos. Jacobo cayó al piso semiinconsciente. Su abdomen se abrió como si fuese una flor en primavera. Entre la sangre y el tórax resquebrajado una criatura se asomó. Un alien drogado, para ser precisos. La cosa salió del cadáver de Jacobo dando tumbos. Gritaba cosas incoherentes, cosas como lo alto que estaba el precio de la nafta, o el partido que había perdido el Manchester United la otra vez. El alien tambaleó de izquierda a derecha, como si estuviese borracho. Drogado, para ser precisos. Pensó que debía ir a una farmacia, pero estaba demasiado drogado y se perdió en el bosque.

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