lunes, 27 de julio de 2015

Día 435: Insistencia

      Eran tiempos confusos. Tiempos para enamorarse. O tener una hernia. Lo mismo da. En ese torbellino varicoso que muchos conocieron como los años noventa conocí a Diana. Para ese entonces ya tenía barba suficiente como para fumarme esos atados neoliberalistas. Intuyo que por esa época también nos comenzamos a dar cuenta de las mentiras que vendía el posmodernismo. Bueno, no más disgregaciones, a los hechos me remito. Mi historia de amor con Diana.
      En el 92, luego de aprobar el CBC, comencé a cursar psicología. Dejé la carrera tres años después, pero no importa. Lo que sí tiene relevancia es esa clase de Psicopatología. Yo ya estaba por dejar la carrera. Hasta entonces no había registrado a esa petisita de pelo castaño claro que se sentaba siempre al fondo. Esa no es Diana. Es Florencia, su mejor amiga Me acordé de ella por las circunstancias de cursada. Había llegado unos minutos tarde y los bancos estaban llenos. Al menos los de mi preferencia. Solo quedaba un espacio libre al fondo. El asiento de Florencia.
      Fui pidiendo permiso a mis compañeros hasta que accedí al banco. Me costó poco introducirme en lo que explicaba el profesor, dado que hacía un resumen de la clase pasada. Algo sobre Freud y su teoría respecto al narcisismo.
      Mis ojos seguían a una mosca que sobrevolaba el aula. Una mano pequeña, llena de anillos me devolvió a la realidad. La mano sostenía una lapicera roja que golpeaba sobre mi mesa. La dueña de esa mano dijo:

      - ¿No tomás apuntes? Mirá que el parcial de Benítez es la semana que viene.

      - No los necesito, tengo buena memoria. - Dije, aunque mi cerebro ya hervía la idea de abandonar todo ahí mismo.

      La chica se presentó y me dio la mano, en forma mental, con sus ojos. Diana Veliz. No escuché su apellido. Me quedé embobado con sus ojos. Eran enormes, color miel. Y se agitaban nerviosos, como si estuvieran atados a las cuencas solo por un hilo. No puedo decir que me enamoré por ese entonces. Me llamó la atención lo de los ojos. Y la voz que sonaba como bocina pinchada.
      Después me la cruzé en el buffet y charlamos un poco más. Tampoco me enamoré ahí, aunque noté un leve interés de Diana en charlarme. Supongo que la falta de Florencia la tendría medio así, a la deriva. Por cortesía me senté un rato con ella No tenía un gran físico, era demasiada flaca, el corte de pelo no la favorecía y menos el maquillaje que usaba, aunque esos ojos desconcertantes eran preciosos. Te observaban con nerviosismo, listo para cargar con lo que venga.
      Nos intercambiamos nuestros teléfonos y le prometí explicarle algunos conceptos de la clase en mi carácter de recursante experto. A los pocos meses largué. Diana siguió. Yo conseguí trabajo en una consultora. Diana se recibió. Perdí el trabajo en la consultora. Diana se fue del país.
      Aun durante la crisis no perdimos el contacto. Los mails ayudaban cuando una llamada de larga distancia se hacía impagable. Teníamos una buena amistad, aunque Diana no lo entendiera así. Ella insistía. Desde 1993 que me declaró su amor de manera ininterrumpida. Nunca pude acallar a su corazón, ni siquiera en los momentos en que me salían las frases más crueles.
      Cuando la crisis llegó a Europa y los argentinos huyeron como ratas por tirante, retomé el contacto con Diana. Se había mudado a Barracas, en donde había abierto su consultorio. Salíamos cada tanto, algún que otro fin de semana a tomar una cerveza.
      Le conté mis amoríos, mis noviazgos. Incluso casi me casé con Florencia, su amiga ¿recuerdan? Y Diana nunca aflojó. Su determinación por ganarse mi amor fue a prueba de balas siempre.
      Hace un par de semanas, casi 23 años de nuestra primera charla, salimos a tomar algo, como de costumbre. Nos volvimos en su auto, temprano, a eso de la una, porque yo tenía que madrugar. Diana, como otras tantas veces, me miró a través de esos ojos inquietos y me declaró, por milésima vez su amor. Luego me tomó las manos y me besó en la boca. La miré. Esos ojos color miel que tanto me enloquecían. Y me ganó por cansancio.

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