martes, 28 de julio de 2015

Día 436: Resistencia

      Meter los dedos en el enchufe nunca fue tan sabroso. A algunos les divierte lamer una batería de 9 voltios, como si fuese un sapo mágico o una tableta prometida de mejoralitos. A mí me gusta electrocutarme. Me encanta sentir la patada que me pega el 220 directo en el brazo. Sé que a veces corro contra mi propia suerte. Un par de veces estuve a punto de morir, lo acepto.
      Una vez metí mi pene en el enchufe. No fue agradable al principio. Pero una vez que la descarga hace efecto, el orgasmo no tardó en llegar. Cuando me aburro, suelo meter otras cosas. Cucharas, serpientes, tazas, vidrio, lo que sea. Una vez dejé sin electricidad a todo mi barrio. Me llovieron las quejas. Aunque ninguno sabía de mi afición por los tomacorrientes.
      Muchas personas no comprenden los motores que mueven a las pasiones. Por eso me llaman enfermo. Porque no captan el vehículo que me empuja hacia afuera de mí mismo. Es díficil explicarlo, porque es algo que siento. No puedo verlo, no es algo tangible. Dicen que nuestro cerebro funciona a través de impulsos eléctricos. Si alguien fuese capaz de abrir una cabeza sin matar a una persona en el intento, seguro recibiría una patada directo desde el cerebro. No sé si será 220, tampoco soy un neurólogo consumado. Me aficiona esta cosa de la electricidad.
      Me hubiera gustado ser Franklin, para remontar ese barrillete con la llave colgando. Seguro le daría unos cuantos retoques a ese experimento. Soy mi propio cable a tierra. Así que ya saben adonde terminaría la extensión del rayo. Cosquillitas en los testículos. 
      No hay seguro de vida que cubra mi afición. En algún momento mi suerte se va a terminar, no me cabe duda. Pero mientras tanto aprovecho. Soy cuidadoso, claro. Nunca me quedé pegado más de dos o tres segundos. Sé que con un segundo más no la cuento. Incluso tengo adiestrado a un perro para que me sirva de rescate en caso de urgencia. Hasta ahora nunca lo necesité. Y eso que ya llevo años en este negocio. 
      Si me preguntan de dónde salió todo esto, puedo contarles que es fruto de una tentativa de suicidio. Oh si, una vez quise morir. La vida para mí había perdido absoluto significado. Nada valía la pena, así que agarré un cable pelado de la lámpara y lo tomé entre mis manos. Y así volví a nacer. Una serie de impulsos recorrieron mi cuerpo. Me sentí la respiración, por primera vez en mucho tiempo. Y recordé a la criatura del Dr. Frankenstein, impulsado hacia la vida gracias a mi nueva afición adquirida. Por unos instantes estuve tentado a gritar: ¡Está vivo! ¡está Vivo!.

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