jueves, 30 de julio de 2015

Día 438: Un mensajero

      Como de un millón de gritos. Un millón de voces. Así se los imaginaba, al unísono. Una sinfonía de personas en pleno acto sexual. Frenesí y contrapunto. En alguna burbuja debe haber guardado sus sentimientos. Igual el problema poco tenía que ver con esconder los genitales en un cuerpo ajeno para volver a descubrirlos y así en lo sucesivo. El asunto era más serio de lo que pensaba.       Tantas infamias cometidas. Podría finalizar el asunto aquella misma noche. Como matar a Hitler. Como ese viejo libro de King. Todo se reduce a extraer el elemento pernicioso de la ecuación. ¿Y qué si esa cosa está dentro de uno mismo? ¿Se limpiaría los sesos con una bala si fuese necesario? 
      Todo hombre debe servir a su propósito. Eso lo enseñan en la escuela. O en la calle. O en donde sea. En algún lugar eso se termina por aprender. Mi finalidad era la de advertir al mundo de una catástrofe inminente. Correría el riesgo de Casandra, es seguro. Muchos van a tomarme por un idiota chiflado. Y en verdad no me importa, ante la tentativa ominosa que puede caer sobre nuestro planeta.
      Células fotovoltaicas. Ahí está la explicación. Nuestro cuerpo está lleno de pequeñas partículas. Su función es la de administrar energía en nuestro cuerpo y convertirlo en otros procesos. Recibimos energía del sol, como una célula fotovoltaica. Y nos alimentamos de esa luz que irradia esa esfera amarilla clavada en el cielo. 
      Lo que nadie nos dijo, y es lo que acabo de descubrir, es que la evolución seguía haciendo de las suyas en nuestra anatomía. Los átomos que reciben la luz solar engordan, como pollitos directo al matadero. Y en un punto de quiebre, el átomo tiende a resquebrajarse. Así, la energía solar acumulada debajo de la piel reasume una forma más temeraria. Cáncer, en circunstancias más amistosas. Fisión nuclear, en un caso más extremo e incierto.  
      De lo primero hay pruebas y no sirve mucho que me explaye. Lo segundo es lo difícil. Y como decía, la evolución está metiendo sus dedos. Embarra la cancha. Hace los preparativos. Y digo, éste es mi mensaje, pronto, más que pronto, tendremos no una, sino miles de potenciales piñatas humanas repletas de explosivos nucleares. 
      A decir verdad, no espero un revuelo tipo Chernobyl. Nuestros cuerpos tampoco andan por la vida juntando uranio o plutonio. Pero las sustancias de nuestro cuerpo, en un revuelo de moléculas y nuevas organizaciones, sumado a nuevas condiciones que aún no podemos explicar, son capaces de montar un pequeño espectáculo. Algo digno de verse. La desintegración del ser humano. 
      Por supuesto la cosa no terminaría ahí. El cadáver se convertiría en sustancia radioactiva. Y llegado el caso, si murieran más personas de las que puede controlar el orden reinante actual, el desmadre en las ciudades se haría insostenible. En cuestión de meses la tierra podría quedar desierta. 
      El asunto se podría solventar con un pequeño implante a la altura del recto, que convertiría el potencial de una flatulencia en una energía capaz de contrarrestar los efectos de nuestras posibles futuras reacciones nucleares. Los pedos podrían llegar a salvarnos la vida. Pero, ¿quién va a creerme?.

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