lunes, 31 de agosto de 2015

Día 470: Acto final

      Sin nada más que un cigarrillo en la boca Richards se internó en la sala del hospital. Oteó a la izquierda. Dos personas en la sala de espera. Una mujer y lo que supuso sería su hijo. O su sobrino. Muy pequeño para ser su amante. Richards aspiró y exhaló una nube de humo. Eran las cuatro de la mañana.
      El hombre estaba confundido. Había recibido veinte disparos, para ser exactos. Dos de ellos habían llegado a zonas comprometidas para su cuerpo. Siete con chances de convertirse en heridas mortales, y el resto, el resto arruinaba su bello cuerpo, un boicot estético. Se metió en la balacera equivocada, en el sitio equivocado. El bebito ese, ese que le dicen bebito, ese tarado maloliente los vendió a la policía.
      Más allá de una infancia tranquila, al menos hasta los dos años, Richards no había conocido otra cosa por fuera del mundo de la delincuencia. Ya robaba desde pequeño. A los ocho años ya sabía manejar armas de fuego. Con once años, Richards manejaba un pequeño grupo de asalto. A los quince, la familia ya lo consideraba un hombre hecho y derecho.
      Richards era visto ante sus pares como un cosmopolita. Un tipo con mundo. Era capaz de las hazañas más bajas como de los robos más sofisticados, aquellos que precisaban el guante blanco. Y por cierto, su suerte parecía no acabar. Todo asalto llegaba a buen término, sin heridos y con todo el botín a cuestas.
      La suerte lo acompañó hasta ese día en que bebito los mandó a una muerte segura. Así y todo, su fortuna lo dejó a escasas cuadras del hospital. Llegó malherido a la guardia y pensó: "acá hay un hombre muerto, ¿quién quiere tener un pedazo de hombre muerto?".
      El nombre es el pasado. Ese monstruo que no muere bajo una lluvia de balas. No puede apagar esa voz que dice lo mucho que faltó en su vida. ¿Quién quiere tener un pedazo de hombre muerto? ¿quién? Y lo que falta, esa falta. La única. Simple. Acercarse al orificio de una mujer. Y penetrarlo hasta el fin. Esa falta.
      Y ahí lo tenía. Una enfermera sonreía, cómplice. Sonreía al hombre muriente. Acabaría su vida en el room de enfermería, sin llegar a terapia intensiva. Sonreía. Y así se dejó acabar, en todo sentido.

domingo, 30 de agosto de 2015

Día 469: Love is in the air

      Dicen que la atmósfera en la Tierra está compuesta por un 78 % de nitrógeno, un 21 % de oxígeno y un 1 % restante de porquerías varias. Aunque en el futuro las cosas no fueron tan así. En el futuro algo cambió los componentes de la atmósfera y nada fue a ser lo que será. O algo así. En realidad en el futuro nadie está seguro de nada. 
      Se puede ver a una madre arrojar a su bebé por la ventana. Un señor saluda a otro señor entrechocando sus penes. Las abuelas hacen competencia de escupidas. Y por cierto, ya no hay un 78 % de nitrógeno. La suma bajó a unos 64, más o menos. Para bien de la Tierra, el oxígeno, gracias a los enormes planes de reforestación de mediados del siglo XXI, subió a unos 25 %. Nada mal. ¿Y qué pasó en esos 11 % restantes?
      El amor está en el aire. Así dicen. O así parece. Los pobladores del futuro caminan como tórtolos elevados del pescuezo. Van a paso tambaleante. Tropiezan. Emiten groserías. Viven desnudos en estados de constante apareamiento. Y aún votan a sus representantes del gobierno, los mismos partidos políticos de doscientos años atrás suelen ganar las elecciones. El amor, en el aire, dentro de ese precioso 11 %.
      Dado que la ciencia es considerada una especie en peligro de extinción, podemos aclarar un poco el panorama respecto a esta reorganización caótica de la atmósfera. Ocurrió luego de la llegada del hombre a Marte, en el año 2035, cuando estalló la Tercera guerra mundial, el conflicto menos sangriento en la historia de la humanidad. Es cierto, no murió nadie. Nadie. 
      Aunque para tal evento, las naciones se armaron hasta los dientes. Los laboratorios subterraneos de cientos de naciones bullían de armas biológicas, de nuevas bombas prontas a ser estrenadas. A último momento, el presidente de China se arrepintió de sus dichos y firmó las paces con Estados Unidos. A todo esto, en Corea del Norte un atentado terminaba con la vida de Kim Jong-un II. La paz estaba asegurada. A no ser. A no ser, claro, un accidente de tamañas proporciones. Y eso ocurrió.
      Y ese accidente de tamañas proporciones no mató a ningún ser humano. Bueno, no lo hizo a corto plazo. En asunto fue más delicado. Unos veinte años después de esa catástrofe, ya no quedaban científicos para explicar lo ocurrido.
      Si algún hombre de ciencia viviera, tal vez podría explicar como por accidentes millones de bombas fueron lanzadas al espacio, en dirección a las colonias de la ionosfera. La fortuna quiso que ninguna colonia volara por los cielos. Más bien se produjo un desbarajuste químico a gran escala. El nitrógeno murió en gran escala. Y los desperdicios se convirtieron en otra cosa. Otra cosa. Alcohol.
      El alcohol flotaba en el aire. Y no tardó mucho para que las personas aspiraran alcohol en grandes cantidades. Los habitantes de la Tierra comenzaron a vivir menos, pero felices y aletargados por el efecto de una borrachera que nunca se iba. Así se produjo el lento pero consistente declive de la razón humana.
      Los monos empezaron a preocuparse por sus primos lejanos. Actuaban extraño. Perdían su inteligencia. Extraño, no, en realidad actuaban como idiotas. Un mono vio como un ser humano le arrancaba el brazo a otro porque dijo que le picaba. Se podría haber rascado. Pero prefirió arrancárselo. Y murió desangrado. 
      Millones de seres humanos murieron por la idiotez de sus actos. Pero no hay que culparlos. El alcohol que flotaba en generosas cantidades en el aire era el verdadero instigador. Y fueron solo por unos míseros 11 %. 
      Algunas tribus empezaron a vivir en los árboles. Esa casualidad le sirvió de escudo contra una inminente extinción de la especie humana. Sus estómagos empezaron a asimilar los nutrientes de las hojas, y la evolución a la larga les hizo un guiño. Y eso, hijos míos es la historia de por qué dejamos de tener nariz.

sábado, 29 de agosto de 2015

Día 468: Las bondades del thinner

      Cayó en una dimensión en donde todas las personas son cultores acérrimos de la Pantera rosa. Debería escapar antes de que lo lincharan por no conocerse un solo capítulo de la serie. Viajar. Hacia el pasado. Lo más antes posible. Quizás a la época de los dinosaurios, o antes. 
      Los viajes en el tiempo no son muy divertidos cuando tenés un perseguidor que te quiere asesinar. En dos ocasiones su sicario personal estuvo a punto de triunfar. Escapó por lo que puede decirse, por un pelo. La bala atravesó el vacío que dejó la máquina del tiempo y rozó a milímetros de su cabeza. Lo peinó a sangre.
      Así llegó hasta el principio de los tiempos. Se enteró que el big bang es una gran mentira. El universo nunca fue creado. Existió siempre. Aunque cada tanto se destruye y se vuelve a construír. Como una cinta de video que se adelanta, y se atrasa. Se adelanta y se atrasa. Si los dinosaurios se fueron, no se preocupen, ya van a volver a aparecer. Estamos condenados como especie a la repetición, cada tantos millones de años, de la misma y repetida historia. 
      En el principio de los tiempos había una especie de tiempo sin tiempo. Un espacio como de muchos espejos, pero sin reflejar nada en particular. Un pandemonio, para resumir. Ahí se apareció su asesino. No cabía duda. El muy bastardo iba a despacharle toda las balas del revolver sobre su cuerpo. Quedaría hecho un colador en la nada misma. 
      La balacera impregnó la débil fibra del tiempo y el espacio y las cosas empezaron a resquebrajarse. Pensó por dos segundos que moriría. ¿Fueron dos segundos? ¿Cómo medirlos? Tal vez medió una eternidad, o quizás estaban suspendidos. Los controles de la máquina del tiempo no funcionaban. 
      Y del tiroteo surgieron miles de universos y miles de líneas de tiempo. Cada una con sus diversas alternativas. Los dinosaurios viven. Los dinosaurios mueren. Ocurre la revolución francesa. No ocurre la revolución francesa. Todas las combinatorias posibles. Incluso sin la existencia de la humanidad. 
      Lo que nadie les avisó era que el big bang fue creado por ellos, perseguidor y perseguido. El incidente fue calculado en toda su precisión. Ahora eran dioses, o quizás hombres de mantenimiento. Deberían estar en esa cita eterna, disparador y disparado por siempre. Ahora habían creado el tiempo.

viernes, 28 de agosto de 2015

Día 467: Pedagogía del siglo XXII

      Volteó a ver, por si la mujer se había arrepentido, pero no, se fue. No regresó más. Abandonado. Echado a la suerte como una moneda de un centavo fuera de curso. Y otras comparaciones de ese tipo. Es como una novela de Tolstoi pero escrita al revés. Nunca volvería a ver a esa cosa que denominó el amor de su vida. 
      Aunque después lo pensaría, luego de muchos años en soledad. Quizás fue un espejismo el asunto. Por eso prefirió ser un Ícaro sin alas y sin sol. Un hombre a secas. De esos que viven y mueren. En realidad que mueren, más que nada. Porque vivir es tan solo el tiempo breve de la expiración de un Titán. Inspira. Expira. Inspira. Expira. Así respiran los titanes que sostienen con su peso el equilibrio de la Tierra. 
      En realidad todo fue un fantasma desde el principio. O un poltergeist. Algo sobrenatural que mueve los objetos de lugar porque sí. Eso que a veces vemos en las películas de terror. Algo así era. Y lo confundió con el amor de una mujer del pasado. Nada más lejano. 
      Y no era un espectro amigable, como Casper. Era más bien de los malos. El fantasma le hizo el amor a todo su cuerpo de una manera poco ortodoxa. Picó su carne en rebanadas con su poder de multiprocesadora del otro mundo. La sangre chorreaba contra las paredes en una recreación de algún cuadro desconocido de Pollock. Los sesos y pedazos de cartílago otorgaban algo de textura a aquella obra del espanto. 
      El hombre despertó bañado en transpiración. Alterado por el mal sueño bajó de un solo trago la petaca de whisky que la mesa de luz sostenía. Su mujer roncaba. El ruido del tren sobre los andenes repiqueteaba en la distancia. 
      Luego volvió a despertar de ese sueño. Esta vez seco. Esta vez sin Whisky. Y con diez mil mujeres sin boca a su alrededor tratando de hacerle sexo oral a su cuerpo de muñeco. Suena una música de fondo, como de supermercado. Es la radio, piensa. Debo alejarme, elegir otro sueño. 
      Y vuelve a despertar. Y vuelve a despertar. Cada día. Cada lugar. Todo diferente. Las alteraciones. Que varían. Una y otra vez. De acuerdo. Alguien estará jugando con su cabeza. Un templo de ideas echado abajo. Alguien le debe meter dentro de su cerebro esas ideas alocadas.
      El profesor frunció el ceño. El Enseñatronic 2.1 se encontraba al borde del colapso. Ese niño idiota. No le da la cabeza, y no le dará. Van a mandarlo al pabellón de defensa. Eso no le quepa la menor duda. Enseñar es una ardua tarea. No es para cualquiera. Los pedagogos del siglo XX sacudirían sus cabezas ante los avances de los siglos posteriores en materia de educación. 
      Gracias al Enseñatronic 2.0, se podía introducir en cualquier individuo años y años de educación en cuestión de minutos. De acuerdo a las estadísticas de la máquina, el tiempo promedio en cursar la escuela primaria es de 30 segundos. En 1 minuto ingresa los contenidos del secundario. Y con unos 5 minutos, 4 o 3, de acuerdo a las capacidades económicas de cada familia, la carrera universitaria llega a su fin.
      Aún en pleno siglo XXII existían las viejas escuelas presenciales, pero eran cosa del pasado. La gran mayoría se había volcado al método del Enseñatronic 2.0. El aparato no estuvo exento de críticas. Evade la experiencia del contacto social. Amplía las posibilidades del conflicto psíquico. Y quizás la mayor queja, no enseña al individuo a ser creativo. 
      Creatividad. Eso venía a traer el Enseñatronic 2.1. Y ese día en particular sería el decisivo. El niño sujeto de prueba A recibiría por primera vez la enseñanza creativa. Fue todo un gran fallo. Del cerebro del niño salía humo. De la máquina salía humo. Toda la habitación era una gran bola de humo. 
      Mientras tanto, allá adentro, algo sigue soñando y despertando, soñando y despertando. Y los despertares, y los soñares, son cada vez más ténues. Como de algo que se va apagando. Apagando. Cierre. Fin.

jueves, 27 de agosto de 2015

Día 466: Remembranzas de un filósofo

      A decir verdad nunca iba a escribir un tratado de gnoseología. De hecho lo más cerca que había estado de la filosofía fue una vez que viajó a la ciudad y vio a lo lejos un edificio con esas columnas griegas. Ahí es donde charlaban antes los filósofos. Pensó. Y esa fueron todas sus ideas del momento. Y, por más curioso que parezca, esta persona tenía su destino escrito en la bóveda celeste.
      Nadie le advirtió que pronto iba a convertirse en uno de los mayores filósofos del siglo XXI. No se lo veían venir, sus ideas dejarían a Platón hecho un nene que se caga en los pantalones. Así de importante sería esta persona que se hizo llamar Caokratos. En realidad no se llamaba así. Se puso ese nombre porque sonaba lindo, así como griego. Importante. También empezó a usar toga, por que eso le daba un aire de intelectualidad. O al menos eso quería suponer.
      La hipótesis de Caokratos era sencilla. De acuerdo a sus corazonadas, el ser humano fue creado por un accidente extraterrestre hace dos millones de años. Un alienígena derramó un tubo de ensayo del que salió nuestra especie. Dado que este visitante de otra galaxia se sintió culpable respecto al accidente es que decidió compartir con los restos del tubo de ensayo su material genético. No se sabe bien si fue una inseminación asistida o el producto de una deliberaba orgía sexual.
      Y eso es todo. Entender nuestro lugar en la naturaleza como accidentes de la creación. En una de sus comparaciones más célebres, Caokratos asimiló el flujo de la existencia humana al tráfico en hora pico de una ciudad populosa. Las personas chocan sus autos, quieren volver a casa, dicen groserías, sudan. Así es la vida. 
      Este conspicuo científico del pensamiento también dejó sus impresiones acerca de la naturaleza de los temores. Caokratos asocia el movimiento de los intestinos y los gases a nuestros miedos más profundo. En definitiva, nos dice el filósofo, el mayor miedo del hombre es dejar escapar un pedo en un espacio público y que el resto se de cuenta. Cuan acertado estaba. 
      Caokratos indagó no solo en estos campos del conocimiento. También cimentó su fama de excelso jugador de balero. Uno de sus discípulos refiere una conocida anécdota del maestro. Pasó tres días y tres noche con el balero. Y acertó cada una de las movidas. Para su desgracia, no entró al record Guinness, ya que para este prestigioso libro publicó en su edición de 2005, el balero es una pérdida de tiempo.
      El maestro de la filosofía del siglo XXI atravesó el pensamiento oriental y occidental como una brocheta. Son todos iguales, salvo los esquimales, solía decir. De hecho una de sus disertaciones más celebres fue "Acerca de porqué los esquimales no necesitan paraguas u otras cosas".
      Murió en el año 2104, cuando rozaba los 120 años de vida. Murió en paz, rodeado de gente que lo amó con cariño sincero. Caokratos llegó a ser proclamado presidente del mundo en cuatro ocasiones. En todas se negó por considerar a la política un cáncer de hombre. Vayan a politizar con los tardígrafos, que están hace unos cuantos millones de años mas sobre la Tierra y no necesitan presidentes, solía decir. Para su funeral no quiso mayores exequias. Solo un pedido. Que trituren su cuerpo y lo coloquen en todas las piñatas del mundo y así traer algo de alegría a los chicos. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Día 465: Ratatouille

      La rata se coló por el agujero y empezó a sacar sus propias cuentas. Cagaría en un total de veintidós platos y cuarenta y cuatro tenedores. Luego mearía las carnes, las verduras y cualquier alimento que tuviera a su disposición. Una vez terminada la tarea, se comería un queso meado y abandonaría el recinto antes de que llegaran los dueños.
      Ese día en particular muchas personas fueron a almorzar al restaurante. Fue un mediodía atípico dado que era miércoles y esos días de la semana solían ser tranquilos. Pero estaban en vacaciones de invierno, y por ahí se entendía por ese lado el afluente extraordinario de comensales. El dueño del restaurante debió sospechar algo cuando abrió el local y sintió un olor algo peculiar en la cocina. Le echó la culpa al veneno para cucarachas que había echado hace un par de días atrás.
      Así que ese miércoles al mediodía el restaurante que se encontraba en la esquina de Avenida Gaona al 2400 sirvió unos cuantos platos de comida repletos de mierda de rata. Otro tanto con los vasos. Otro tanto con los tenedores.
      No hay que aclarar. El SAME se llevó a quince tipos intoxicados y a otros tantos al borde de la muerte. Aún algunos llegaron a comentar, al borde de la euforia, no sé qué tenía ese plato de comida, pero me curé de cáncer. Otro lo mismo, pero con el SIDA como enfermedad.
      Un tiempo después investigaron la cosa y descubrieron la fuente de la intoxicación. El restaurante de Avenida Gaona cerró sus puertas. La clausura fue por tiempo indefinido. Al local le pesaba una multa de doscientos mil pesos. Mientras tanto, las voces se hacían circular. Ese restaurante hace platos mágicos. Curan enfermedades. Movilicémosnos.
      Las personas llevaron a las calles sus pancartas en señal de protesta contra el pobre dueño del restaurante, cuyo recinto solo había pecado de ser demasiado sucio para los estándares sanitarios de la ciudad. Quizás en el siglo XV, ¿no? Si, quizás debería haber vivido en esa época.
      La protesta no tuvo éxito. De hecho la movilización tuvo un acatamiento bajo. Unos cuantos locos bajo la lluvia, nada más que eso. Por lo bajo, los peritos hacían sus propias investigaciones. De verdad había una cura milenaria, tal vez new age, respecto a la caca de rata. Circulaba mucho por internet. Al parecer si se mezcla detergente con el sorete de una rata, el producto es capaz de exterminar virus de la talla del HIV, o destrozar células cancerígenas como si fuese un papel de calcar. Aunque lo sabían, el secreto se lo guardaron, porque dicen que no hay que avivar a los giles. 

martes, 25 de agosto de 2015

Día 464: Premio a la trayectoria

      En el año 2027 se produjo un hecho histórico para la ciencia. Gracias a años de investigación conjunta entre la NASA y la Agencia espacial federal rusa pudo ser lanzado al espacio la primer cápsula del proyecto Diógenes.
      El proyecto Diógenes partía de una singular premisa. Un científico ruso fue el proveedor del sujeto de laboratorio, un prominente garzo, pollo o escupitajo, como se guste llamar. El garzo sería enviado al espacio en cuestión, y se investigaría su interacción con el espacio. La misión duraría unos veinte años y los aportes a la comunidad científica serían de gran valor en los avances contra la flema.
      La cápsula del proyecto Diógenes tenía pocos componentes. Un envase aislante para resguardar la escupida. Un pequeño satélite que rastrearía y fotografiaría el trayecto que marca el garzo en el espacio. Un garzo de repuesto. Un módem para enviar información. De acuerdo a las declaraciones de la NASA, el proyecto Diógenes contó con un presupuesto de 1.500 millones de dólares. Estiman que esos números pueden duplicar o triplicar su costo en el transcurrir de los años.
      A los pocos minutos de soltar la cápsula, una explosión causada por la pérdida de vacío destrozó todos los aparatos de comunicación, o sea, el módem. Así fue como se perdieron más de 1500 millones de dólares y otros tantos años de investigación. El proyecto Diógenes nunca volvió a ser mencionado en los pasillos de la NASA o de la Agencia espacial federal rusa.
      Lejos de quedar destruido, el pollo fue expulsado a una gran velocidad gracias a la explosión y en poco tiempo adquirió estado gaseoso. Se formó una pequeña nube que fue atraída por la gravedad de Marte. Ese empujoncito le ayudó a saltar el cinturón de asteroides y entrar en la órbita de Júpiter. Para ese entonces ya había recuperado su forma líquida. De a poco se solidificaba. Pronto sería ascendido a pequeño asteroide.
      El hielo que flotaba alrededor de Saturno se adhirió al escupitajo, lo cual incrementó su dimensión en bastantes metros más de diámetro.
      Cuando el escupitajo había abandonado el sistema solar, su tamaño se aproximaba al de Fobos, el satélite de Marte. Mientras tanto, en la Tierra ya se terminaba el año 2041. Una nueva guerra asolaba el planeta. ¿Qué equipo de fútbol se quedaría con el delantero prodigio más joven del mundo? La NASA, mientras tanto, se declaró en quiebra. Estados Unidos vendió transbordadores de la NASA a precios de locos por la Supranet.
      En el año 2045 se produjo un singular evento a nuestro olvidado escupitajo. Gracias a su paso por la Nube de Oort, había sido ascendido a cometa-asteroide-mortal. Con el ascenso le fue otorgado una órbita a lo largo del sistema solar, una mayor dimensión y sobre todo, una hermosa cola que se descubriría al acercarse al sol.
      Claro que nada de eso ocurrió. El antiguo garzo devenido en cometa-asteroide-mortal desvió su trayectoria y fue a parar de lleno a la Tierra. Pasó en el año 2062. Su tamaño era casi el de la Tierra. Dicen los que estuvieron ahí que la noche cayó de pronto. Por suerte murieron pocas personas. La Tierra se había cedido en parte de venta a los Nebulianos de la gran nube de Magallanes. Gracias a esa movida, los terrestres obtuvieron un planeta virgen en condiciones habitables a unos 150 años luz del sol. Los Nebulianos, a su vez ofrecieron el transporte necesario para movilizar a los 6.000 millones de habitantes que por ese entonces pululaban por la Tierra. Cuando cayeron los restos del proyecto Diógenes sobre la Tierra, las casas estaban desiertas, al igual que los caminos y los Sex shops. El garzo cometa-asteroide-mortal rebanó al planeta en dos como si fuese una naranja. La onda expansiva de la explosión hizo pedazos la luna y gran parte de Venus. La naturaleza tuvo que esmerarse unos cuantos millones de años para formar una nueva super Tierra de los restos de semejante desastre.

lunes, 24 de agosto de 2015

Día 463: La colección

      Domingo 23 de agosto de 2015. Eugenio colocó el huevo de pascua vencido al lado del árbol de navidad. Los productos usados le traían paz, por eso recurría a ellos con una tenacidad compulsiva. A nadie le preocupaba demasiado ya que pensaban que se trataba de una obsesión inofensiva. Al menos así fue hasta que Eugenio pidió dejar el cuerpo de Bobby junto al árbol de navidad. Bobby era su perro. Bobby murió el 15 de enero de 2014. Bobby despedía olor a muerto. Y así en lo sucesivo.
      Así es lo que dio por llamar una obsesión por lo que genera el paso del tiempo en las cosas. Todo tiende a pudrirse. Como esa torta de cumpleaños del 2010, ahí estaba, haciendo gala de unos cuantos gusanos, en una de las estanterías de su heladera. Eugenio necesitaba vivir del pasado con urgencia. Debe ser porque lo abandonaron de chico. Esas fueron las palabras de su carnicero. El tipo leía mucho Freud y tenía ciertas ideas peculiares respecto a la psicología. Entre corte y corte siempre hacía un poco de psicoanálisis con sus clientes. Con Eugenio le pegó. Parte de su trauma venía de ser abandonado a temprana edad por sus padres. Lo crió una abuela postiza con cara de simio junto a un abuelo perdido en la cerveza y los partidos de fútbol. Y dentro de todo no salió tan mal. Se recibió a tiempo del secundario, sin repetir ningún grado y al poco tiempo consiguió trabajo en una tornería como asistente de tornero. Seis años después ya tenía montado su propio negocio.
      Nunca se fue de la ciudad de sus abuelos. No le vio necesidad. Dentro de la cabeza de Eugenio no existía la curiosidad humana por descubrir lugares o cosas diferentes a las vividas. Así que todos los días se repetían con riguroso ahínco. Nunca preguntó por sus padres. Tampoco le vio necesidad. De hecho, Eugenio era un hombre práctico. Tenía cierta habilidad con las manos y eso sus clientes sabían reconocérselo. Trabajo no le faltaba.
      Sin viajes ni gastos importantes, los ingresos de Eugenio aumentaban año a año. Dado que el tornero no creía en los bancos, acumulaba sus riquezas en cajas de zapatos. Armaba fajos de diez mil pesos y los colocaba con cuidado en la caja. Cuando llegaba al tope, la marcaba con una equis y la ponía sobre el ropero. Y así en lo sucesivo. El ropero estaba lleno de cajas con X. El carnicero no exageraba, Ese ropero podría haber comprado muchas ciudades enteras. 
      Pero no fue hasta ese 2010 que Eugenio perdió la chaveta. Fue cuando murió la abuela. El abuelo había muerto hace tiempo ya, pero no le importó demasiado. No le vio necesidad de llorarlo. En cambio con la abuela había otra historia. La quería. Si, la vieja tenía sus falencias, pero las compensaba con cariño y tortas de fruta. 
      El carnicero una vez le dijo a Eugenio que el ser humano necesita procesar los lutos de la vida, porque muchas veces la procesión va por dentro. Eso también lo había leído de Freud. Y también le acertó. A esa altura, no era una procesión, era un mundo entero que pisoteaba las ideas de Eugenio. Y comenzó a acumular cosas. Esa torta de cumpleaños. El árbol de navidad impoluto. Bobby. Y por supuesto, la abuela. El esqueleto de la abuela le hacía compañía en el living, sentada como si esperara una taza de té. A la abuela le gustaba mucho el té. Es curioso, pero nadie se enteró de esas extrañezas de su personalidad hasta la misma muerte de Eugenio. En esa ciudad nadie se preocupaba por nadie.
      Los forenses entraron a la casa de Eugenio y se encontraron con la madriguera de una araña del tamaño de una anaconda. Cosas podridas por doquier. Y la abuela. Y Bobby. Y la torta. Y ahora Eugenio, que ya formaba parte del mismo paisaje. 

domingo, 23 de agosto de 2015

Día 462: Conversaciones

      Le pidió perdón antes de depositar la almohada contra la cara de su madre. Pedro creyó llorar aunque no haya derramado una sola lágrima, En sus sueños de loco psicópata guardaba un cierto cariño por esa vieja puta que solía ser su progenitora.
      Metió los pedazos en una multiprocesadora. Todo lo que pudo. El resto fue a parar al perro. Ese animal se dio un festín por dos meses. La mujer pesaba como ochenta kilos. Pedro lo tenía todo calculado. Un incendio premeditado. Un accidente, como le llaman. La casa enterraría con sus cenizas los restos del asesinato. Todos felices. Fin de la historia.
      Pero las voces volvieron. Esas que lo llevaron a matarla. Y ahora tenían un matiz distinto. Era la voz de su madre. Le reprochaba cosas. Nene, limpiá el piso. Nene, portate bien. Nene, haceme el amor. Mamá era muy demandante. Muy.
      Por cierto la policía investigó. No encontró nada raro. Un accidente típico. Una mujer de unos sesenta y cinco años se olvida de apagar el horno y vuela toda la casa en pedazos. Típico. Pedro representó bien su papel. Las lágrimas calculadas que nunca habían aflorado al momento de despachar la almohada. 
      Y nada de remordimientos. No. No iba a ser esa historia tipo corazón delator. Nunca confesaría su acto supremo de contrición. Estaba en paz con Dios. Qué diablos, si él mismo en persona se había tomado el trabajo de indicarle las cosas que debía hacer. Tenía el visto bueno. El visto bueno. 
      Su madre, en cambio, nunca fue muy creyente. Las religiones organizadas por los hombres velan el sentido de la divinidad, opinaba. Pedro nunca se animó a decirle lo herético que sonaba eso, No al menos hasta que la mandó al otro lado del mundo.
      Ahora tenían un verdadero diálogo. Estaban los dos de acuerdo. Un diálogo verdadero. Ya no quedaban hombres justos. Lot estaba equivocado. Sodoma y Gomorra deberían arder.

sábado, 22 de agosto de 2015

Día 461: Las políticas del éxtasis

      El traje de látex le quedaba moldeado al cuerpo. Una preciosura. Pagó millones por acostarse con ella. Pronto se desvestiría y dejaría todos sus pudores al descubierto. Una pequeña erección asomaba entre los pantalones del candidato a gobernador. Claro que nunca sabría a ciencia cierta si ese pedazo de mujer era humano o androide, pero lo mismo daba. La ciencia del sexo se reduce a un palo, un agujero y sus diversas combinaciones.
      Nadie le avisó al político que lo estaban filmando. El video se viralizó en tiempo real. Lejos de asquearse por descubrir los cotilleos sexuales de un señor septuagenario, las personas quedaron fascinadas con el carisma del abuelo. Con carisma nos referimos al monumental miembro viril que le colgaba entre las piernas. Medía unos 25 centímetros de largo y 8 centímetros de diámetro. Una bestia fálica, en resumen.

      Dicen que esa noche posterior a la emisión del video muchas mujeres (y hombres) soñaron con ese pene. Incluso algunas mujeres penetradas por el político en sueño aseguraron quedar embarazadas. El imaginario popular hervía. 

      El candidato a gobernador no podía salir a la calle sin verse abordado por una caterva de personas en busca de su pene.  La situación era horrible. Como condimento a la historia, el viejo estaba casado. Su señora, casi treinta años, menor, lo había puesto de patitas en la calle. Aunque luego, después de mucho pensarlo, se arrepintió. El señor político era un hombre muy carismático. 

      La política del siglo XXII poco tenía que ver con la historia previa. Ya no se votaba en cuartos oscuros. Y aquellos que se postulaban para los cargos más importantes eran elegidos a mano en grandes asambleas comunales interconectadas a nivel nacional por medio de la Supranet. Por lo general, luego de un debate que podía durar unas cinco horas, se lograba un consenso bastante unánime. 
      El viejito temblaba a medida que sus pasos lo acercaron al anfiteatro del pueblo. Allí se terminarían sus aspiraciones. Todo por un puto video. A la mierda su campaña. A la mierda la seriedad. Su carrera política no era más que un chiste.
      Contrario a lo esperado, una ovación cerrada que duró cinco minutos reloj recibió al viejo político. Algunas personas mostraban orgullosas sus tatuajes. Otros sus remeras. El carisma del político aparecía reproducido en todas partes. Tazas. Posters. Más vídeos del video. Compilados. Zooms. Muñecos de acción. Una parafernalia de merchandising peneano.
      Luego del himno nacional llegó el turno de presentar las candidaturas. De acuerdo a la tradición, el primer postulado debía ser señalado por una persona elegida al azar entre los concurrentes de la asamblea. Este año le tocó el turno a un tal Fidel Larrañaga, un hombre de unos cincuenta años, albañil, madre de dos hijos luego de un exitosa operación de cambio de sexo.
      El hombre sin dilaciones señaló al viejo político. Cuando iban a tomar nota de su elección, Fidel aclaró: "No, el señor Reynaga, no. Me refiero a... Usted ya sabe. Eso."
      El mediador tomó nota. Colocó un gran asterisco al lado del nombre del señor Reynaga y agregó: La cosa del señor Reynaga. No hace falta agregar que el miembro viril del viejo político ganó por una diferencia apabullante.
      Un pene en el gobierno. Eso tuvo sus complicaciones. El señor Reynaga, famoso por su video, tuvo que ofrecerse como regente de la parte más prominente de su cuerpo. Cabe decir que el pene fue reelecto tres veces, generó un superávit fiscal digno de un país del primer mundo marciano y se retiró cubierto de la gloria de su carisma único. Y prominente. 

viernes, 21 de agosto de 2015

Día 460: Candilejas

      Jacinto media su tiempo en cabezas de ganado vacuno. Había heredado de su padre un campo de 115 hectáreas en General Belgrano. Ahora se dedicaba a explotarlo. Le daba algunos pesos, para qué negarlo, pero no era lo suyo. Sus sueños se encontraban en las marquesinas de Buenos Aires, dentro de sus teatros. La revista porteña, codearse con las vedettes más preciosas de la galaxia. Quién sabe, tal vez hasta proponerle matrimonio a Libertad Leblanc. Jacinto soñaba alto.
      Pero la realidad era otra. Las labores del campo lo absorbían por completo. A la mañana el tambo, a la tarde controlar la alimentación de las vacas y otros quehaceres de la casa. Y las visitas a la forrajería. Y las visitas al veterinario. Y cenar con doña María, su estimada esposa.
      El matrimonio ya iba para los quince años. Ambos bordeaban los cuarenta. Nunca tuvieron hijos, pero tampoco se preocuparon demasiado, ya que la vida al aire libre les recompensaba esa falta con creces.
      Un día jacinto se levantó temprano, de acuerdo a lo que acostumbraba. Puso la pava en la cocina y se preparó unos chicharrones. María todavía estaba en la cama, pero ya vendría pronto para ayudarlo a traer las vacas. Eran como las cuatro y diez de la mañana, el rocío aún no había hecho acto de presencia en aquella parte del paisaje pampeano.
      Y otra cosa, el silencio. No había ni un solo ruido. Un silencio muy puro. Para el hombre de ciudad eso no es raro si se considera su imaginario respecto al campo. Jacinto, en cambio, se sobresaltó y apuró el mate. Demasiado silencio. Es como si alguien allá arriba hubiese apagado a la naturaleza. Algo anda mal, pensó.
      El hombre se calzó la escopeta y salió. Es raro, si alguien anduviera por ahí, el perro habría ladrado. Eso lo sabía bien. Doce vacas le llevaban robado en lo que va del año. Y en todas las ocasiones el perro ladró.
      Nadie se había llevado a nadie. Todas sus vacas estaban sanas, para su suerte. Todas sus vacas estaban reunidas en círculo alrededor de su casa, para su sorpresa. Uno de los animales, una Jersey, se encontraba un paso más adelante que el resto. Esto fue lo que dijo:

      - Hombre, mis compañeras no van a hablar. Somos una raza demasiado tímida. Pero aún así estamos acuciadas por la necesidad. Ya soportamos demasiados maltratos. Desde hoy hasta que se mejoren nuestras condiciones de vida entramos en un periodo de huelga indefinida.

      Jacinto sintió que sus piernas pesaban dos toneladas. Tuvo que sostenerse a la tranquera para no perder el equilibrio. Nunca antes le había hablado una vaca. ¿Los animales no hablan, no? Quizás en algún episodio de la dimensión desconocida. Igual allá no tenían televisión. Era un lujo demasiado costoso. Además tampoco llegaba la electricidad. Jacinto habló como le salió:

      - Yo tengo sueños - la vaca lo observó con su rostro bovino, como exigiendo una explicación más extensa. - Sueños. Luces. Teatro. El show de la gran ciudad. Caminar por calle Corrientes. Comer una pizza en alguno de esos bares famosos. Sueños. ¿Ustedes las vacas no tienen sueños?

      Claro que sí tenían. Ser libres. No alimentar con sus ubres a los niños del mundo. Caminar por las calles. Libres. Jacinto escuchaba fascinado, aún no se había acostumbrado al sonido de la voz de la vaca. Sueños. Aunar los sueños bajo las luces. Y desfilar, por la calle Corrientes, rumbo al obelisco, Jacinto y su compañía ganadera. Escoltados por los reflejos de la noche y la farándula, Jacinto y las vacas cumplen sus sueños. 

jueves, 20 de agosto de 2015

Día 459: Siesta

      Las cuatro de la mañana. El guardia de seguridad había visto por decimoquinta vez El Padrino II. Le entristecía la muerte de Fredo. Le caía bien el personaje. No podía evitar derramar una lágrima cada vez que oía el disparo. John Cazale, un gran actor, decía el guardia para sí, satisfecho. Ese tipo murió joven, un paro cardíaco, si mal no recuerdo. Tragedias de la vida.
      Faltaban dos horas para el cambio de turno, así que le pareció bien echarse una siestita de media hora antes de dar el último rondín. Sintió unos ruidos extraños, pero se sentía tan cansado que los párpados ganaron la batalla sobre los ojos. Tuvo un sueño ligero, agitado. Soñó que era Fredo y nadaba en el mar, como un gran tiburón. Asomó a la superficie y divisó un barco. Una señora gorda bajo una sombrilla comía un sandwich. Decía algo que no escuchaba. Todo era silencio. Asoció enseguida. Esa es mi madre. Aunque en realidad su rostro era diferente. Era la cara de Audrey Hepburn con cuarenta kilos de más. Pero estaba seguro que era su madre. Así es la lógica de los sueños.
      El tiburón guardia Fredo luchó contra su propio instinto. Pero al final perdió el control y devoró a su madre Audrey en dos bocados. La sangre manaba por sus colmillos. Mamá Audrey no gritó. Se metió en el agua, y ya no era agua. Se encontraba en un cielo puesto boca arriba. La presión en su cabeza se elevaba. Ahora su cuerpo de Fredo tenía forma de globo relleno de helio.
      Y ahí se despertó. El guardia de seguridad se palpó los cachetes para corroborar que estaba vivo y despierto. Hacía un frío no habitual. Demasiado frío. Y el sol todavía no asomaba. Algo más lo extraño. A pesar de sus 117 kilos (no soy gordo, mamá, solo estoy rellenito) se sentía muy liviano. Ligero. Como el aire. Sin resistencia. Saldría de la casilla y pegaría un salto como de tres metros de alto. Y no se equivocó.
      Aunque en realidad el salto llego a ser de cinco metros. La caída fue muy dolorosa. Ahora tenía el cuerpo repleto de un polvo gris que nunca había visto antes en el estacionamiento. Algún saco de cemento que se le cayó a algún auto.
      Asomó la cabeza para iniciar el último rondín de la noche. La calle estaba desierta. Las almas duermen o se drogan. O vigilan los bienes ajenos, como él. De verdad hacía frío. Sin detenerse a reflexionar el salto que acababa de dar encendió un cigarrillo. El encendedor no funcionó. El guardia le dio unos cuantos golpes con el costado de la mano, pero no hacía chispa.
      Por alguna razón que aún no sabía distinguir se encontraba nervioso. Debe ser por el sueño, pensó. El guardia levantó su cabeza y observó la luna, eso siempre lo tranquilizaba cuando tenía esos ataques de ansiedad.
      Allá arriba estaba. Una bolita azul y blanca, como de costumbre. Una superluna, pensó. El juego de sombras de las nubes debe ser, es parecida a la Tierra. Eso lo relajó, a pesar de no poder encender el cigarrillo.
      A las 6 de la mañana llego el relevo. Encontró su lugar de trabajo marcado con un gran agujero repleto de tizne negro, como si hubiese explotado o elevado al espacio en un vuelo experimental de la NASA. El guardia de las 6 se sintió contento, hoy no trabajaría hasta que le arreglaran la garita.
      Esa noche, un telescopio auscultó la luna. Tocaba cuarto menguante. El astrónomo revisó las lentes y corrigió dos grados en la declinación. Allá, en el borde sur del Mare Imbrium, por encima de los montes Carpatus bailaba un puntito minúsculo. El astrónomo tomó nota de la anomalía y al otro día mandó a reparar el telescopio. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Día 458: Muchos micros circulando

      Es un calambre de micros. Se superponen, como costras sobre piel no cicatrizada, uno sobre otro. Si alguien pudiese ofrecerse, un mártir. A pararse en el medio de la calle y decir: "¡Detente, mundo!"
      Y si alguien le hiciera caso, antes de estampar su cuerpo contra un semáforo. Quizás si ocurriese empezaríamos a desconfiar de la realidad. Los supuestos caerían con todo el orden establecido. Nacería un nuevo mundo de las personas entrañas de aquel Zeus de la calle. Es fácil soñar, por así decirlo.      ¿Y las intrigas? ¿Esos misterios acorbardados por el espanto de la novedad? El micro tendría que parar acá. Y no viene. El resto de las líneas, de los colores, de las ruedas, son ecos fantasmas de un artificio perdido. Colores y luces proyectan sus sombras a través de las carnes del hombre muerto que espera.
      La calma de la nada. Los pensamientos se abstraen porque no tienen otra cosa que hacer y decimos, ¿Porque esperar? ¿Porqué recibirse, tener hijos? ¿Porqué coger? ¿Porqué amar? ¿Porqué vivir? ¿Porqué soñar? Por nada. Y dónde, por dónde menos se lo espera. Una salida diplomática. El buen político huye temprano y sirve para otra guerra.
      Arriba. En el elegido. El sueño de miles de dolores hacerse realidad. El micro-Ítaca. Penares de Egeo. Volver a las sombras de las que hemos partido. Sueños de dolores de cabeza sin ibuprofeno. Todo es sueño y caricatura. ¿Y después?
      El círculo. El círculo inexacto, dibujado con el muñón. Una experiencia de las increíbles. La fiesta inolvidable. Esa resaca que vale la pena ser vomitada de afuera hacia adentro. Atravesar el círculo. Desnudo. Despojado del artificio. Fuera micro. Fuera vida. Casa dónde siempre estuvo. Ítaca sombra.

martes, 18 de agosto de 2015

Día 457: La extinción luego de la primera antiextinción

      En un comunicado muy concreto, el presidente del universo mandó a suprimir todas las tostadoras de la Vía Láctea. De acuerdo a sus informantes, esos aparatos planeaban un atentado contra el gobierno. Ninguno de sus especialistas se preocupó por explicarle al presidente que una tostadora no puede desarrollar un cerebro o capacidad de pensar dado que es un artefacto de cocina sin pensamientos.
      Y sin embargo el mandatario se preocupó, temeroso de que alguien le birlara su cargo, obtenido por vías dudosas, dos siglos atrás. Otra cosa que nadie le mencionó es que esas temidas tostadoras provenían del único punto en la galaxia que no respondía al régimen intergaláctico del presidente del universo. Ese lugarcito insignificante y azul que se creía inmenso. De acuerdo a los monos que vivían en ese rincón de la Vía Láctea, ese lugar se llamaba Tierra.
      Una de las cuantas costumbres en la Tierra era a dividir todo. Nunca se creó un solo artefacto diseñado para el bien común de la galaxia. Eso fue lo que sentó las bases de su actitud separatista respecto al Nuevo Orden Universal planteado por el presidente.
      A diferencia de la Tierra, las cosas en el resto del universo se manejaban de un modo distinto. De hecho nadie dudaba en ser un mercenario si eso iba en pos del bien común. Así que los estadistas elaboraron unos rápidos análisis pedidos por el presidente.
      Los números no mentían. Las probabilidades exponenciaban el bien del universo por sobre el mal solo en una situación: si desaparece por completo la raza humana. Claro que dentro de la Tierra había otros elementos de suma importancia. Esas cosas también entraron en las estadísticas, pero no generaban una diferencia significativa en el resultado final.
      Además, en términos energéticos, se ahorraba más tomar una ofensiva final a una reforma parcial. Así que el operativo se llevó a cabo en un par de semanas. Un par de cañones lásers de energía electromagnética fueron apuntados en dirección a la Tierra. Los seres humanos ni se percataron. Todos murieron en silencio. Al igual que toda vida en la Tierra. Algo curioso fue ver a la luna, que siguió girando por unos cuantos meses en torno a la nada, hasta que la gravedad del sol la hizo colisionar contra Venus.

lunes, 17 de agosto de 2015

Día 456: La primera antiextinción

      Son como los Sea monkeys, decía la propaganda. Agregue agua y disfrute. Nunca fue más fácil tener en casa a su propio zombie deshidratado. Claro, las cosas no son un peligro. Ninguna mide más de cuarenta centímetros, y obvio, tampoco se alimentan de carne humana. Zombies de juguete, esa es la definición.
      Aunque claro, cómo en toda historia de seres humanos, siempre hay un pero. Un error en la ecuación que altera el orden de los productos y el resultado de la fórmula. Errores de laboratorio, que le dicen. Un científico agrega una pizca de algo de más y salen resultados inesperados. Resultados que son empaquetados junto al resto de los zombies de juguete, listos para despachar a todas las tiendas del país.
      Así fue como los zombies verdaderos inundaron las calles. Éstos sí comían carne humana. Aun eran un poco diferente a lo que se mostraba en las películas. A estos zombies les gustaba leer, también tenían una predilección por las obras de Bach y Chopin. Algunos zombies fueron avistados en una carnicería humana mientras pintaban cuadros cubistas de la situación. Zombies con sensibilidad artística. Así se los llamó.
      Y eran muy inteligentes, por cierto. Demasiado inteligentes, quizás. Más que la media de la raza humana. Un zombie de esta nueva camada podía resolver una ecuación de tercer grado en cuestión de segundos. También demostraron una facilidad asombrosa para componer melodías atonales en sistema dodecafónico.
      Decidieron intervenir, porque vieron que la cultura del mundo estaba demasiado podrida. Colmaron las calles, porque estos zombies sí sabían cómo reproducirse. No es que necesitaran morder o comerse al otro, cosas que hicieron. No. Lo hicieron a la vieja escuela. Un sexo puro y brutal. Y esperaron sus nueve meses. Y así en lo sucesivo.
      Unos años después, el ejército de zombies se multiplicó. Sus intentos por elevar a la población fueron fallidos. La Tierra se hundía, a su pesar, en una espiral autodestructiva, y no necesitaban zombies para ello, con los seres humanos solitos bastaba.
      Los zombies, a pesar de comerse a unos cuantos humanos, tenían una gran simpatía por la raza, y trataron de salvarla. Les enseñaron los peligros del efecto invernadero y los riesgos detrás de la caza indiscriminada de animales. Así con otras tantas cosas. Pero los humanos no escuchaban por que tenían miedo a que se los comieran. Es lógico, hay que darles el beneficio de la duda.
      En un último intento por salvar a la humanidad, los zombies ejecutaron un golpe de estado, y en la mejor tradición de los antiguos tiranos griegos, gobernaron la Tierra. Y lo hicieron por muchos años. Muy bien, por cierto. Claro, tuvieron que ser sacrificada muchas personas en pos del bien de la humanidad, pero a la larga fue lo mejor. Por primera vez, la Tierra evitó la extinción.

domingo, 16 de agosto de 2015

Día 455: El vino es mejor

      "Un día me voy a cargar a todos los pingüinos del mundo" esa fue la amenaza y nadie le creyó. El tipo, claro, no se refería a los nobles animales que habitan la Antártida. Un artefacto con forma de pingüino para almacenar y servir vino, a eso se refería.
      Lo hizo realidad. Un día. Todos los pingüinos desaparecieron de sus mesas y sus alacenas. También en aquellos locales donde lo vendían. Y los amontonó a todas esas figuras dentro de un depósito de amplias dimensiones. Nadie supo lo que el tipo hacía ahí dentro. 
      Allá adentro hizo lo que se esperaba de un tipo de su porte. Llenó cada uno de los pingüinos con el mejor vino tinto que puede comprar el dinero y se lo tomó a cada uno de ellos. Uno tras otro. Uno tras otros. 
      Y bebió, bebió, bebió hasta que no pudo más. Hasta que los ojos se le nublaron. Nadó en el mar de la borrachera y por ello juzgó divertido arrojar a los pingüinos contra las paredes. La policía no tardó en encontrarlo. Estaba tirado en el piso, semiinconsciente, nadando entre un charco de vino y pedazos de cerámica.  
      Como no le encontraron familiares y las cárceles estaban bastante llenas, lo metieron derecho a un loquero. Allá le enseñaron que lo que hizo estaba mal. Como castigo lo pincharon con una aguja del tamaño de Alabama. 
      Quedó grogui por años. Sin saber en donde estaba. Sin saber lo que comía o quién le hacía esas cosas. Solo veía luces a la noche y la oscuridad durante el día. Solo un pensamiento se le cruzaba cada tanto por la cabeza. El vino es mejor. El vino es mejor. 
      A fuerza de drogas muy fuertes y terapias experimentales lo rehabilitaron. En un transcurso de cinco años el loquero escupió a una nueva persona de sus entrañas. Ya nada recordaba. Salvo esas palabras, que aún resonaban por su cabeza. El vino es mejor. El vino es mejor. 
      Ahora, en la libertad, podría cumplir sus sueños. Bebería hasta hartarse. Era una promesa. Pero antes necesitaría muchas botellas, y muchos recipientes para colocar el sacro vino para ser bebido. El hombre miró al cielo, adusto, y juró: "Un día me voy a cargar a todos los pingüinos del mundo". 

sábado, 15 de agosto de 2015

Día 454: La fiebre del Goro

      A mediados de los años noventa en un pueblo desconocido del sur de los Estados Unidos se dio a conocer lo que se llamó como la "fiebre del Goro". Ocurrió entre el año 1996 y 1997, cuando muchos niños obsesionados con la salida de Mortal kombat trilogy decidió jugar con Goro y nadie más. Ni siquiera con Sub-Zero.
      Dicen que el rumor llegó a oídos de Ed Boon y John Tobias, los creadores del juego. Aunque son versiones. Dicen esas fuentes que se preocuparon mucho por este fenómeno y por eso, un día lluvioso de abril decidieron visitar este pueblo.
      La sorpresa fue grande. El pueblo, de 2523 habitantes de acuerdo al último censo, fue renombrado por sus habitantes como Villa Shang Tsung. Todos vestían trajes de Scorpion, salvo las mujeres, que preferían vestirse como Sonya Blade. Algún que otro diferente optaba por la moda Kung Lao. También muchos sombreros de Raiden vieron, que se habían puesto de moda en aquella primavera.
      A los bebés se los solía bautizar con una babality. Y cuando había un funeral, el cura de turno ordenaba al Scorpion más próximo al estrado para que se acerque a mostrar sus respetos al muerto con una buena fatality.
      Pero si hay algo que enfermaba a la población de Villa Shang Tsung era jugar con Goro. Todos elegían a Goro. Porque es feo. Porque es alto. Porque tiene cuatro manos. Porque se parece al abuelo. Y cosas así. Todos tenían su motivo para pasar largas horas del día prendidos a su consola de video juegos favorita.
      Y un detalle por demás curioso. Nadie, digo NADIE, ganaba más de una pelea. A pesar del fanatismo que habían desarrollado por Mortal Kombat, nadie sabía usar a Goro como corresponde. Perdían hasta con Johnny Cage, para que se hagan una idea. Así de pobre eran las habilidades detrás del joystick para los que vivían en la Villa Shang Tsung.
      Lo que nadie explica es lo que hay detrás de sus manos. Todos nacieron con manos deformes. Algunos con tres, otros con cuatro dedos, como si Django Reinhardt hubiese inseminado a todas las mujeres de ese pueblo, o algo así.
      Dicen que Ed Boon les enseñó a los vecinos de Villa Shang Tsung algunos trucos del juego, como elegir a Smoke o cómo entrar a un pasaje oculto. Pero mucho no les importó. En Villa Shang Tsung siguieron eligiendo a Goro, y siguieron perdiendo a la segunda batalla. 
      A fines del 97 la fiebre del Goro terminó de una manera triste. Un nuevo vecino fue degollado por los habitantes del pueblo. De acuerdo a lo que contaban, al hombre no le gustaba Mortal Kombat, prefería Killer Instict, que le parecía que tenía mejores gráficos y una jugabilidad increíble. El pobre cadáver de esa persona terminó colgado y su cuerpo quedó arriba de un poste por un mes a la vista de todos, con el cartucho de Super Nintendo atado a sus testículos. El caso llegó a las autoridades.
      El gobierno envió dos camiones llenos de psicólogos. Entrenados en siete formas de combate, el equipo de psicólogos bombardeó a la población de Villa Shang Tsung con hectolitros de gas sarin y sesiones gratis de psicoanálisis. Para el año 1998 ese pueblito desconocido de Estados Unidos ya había retomado su nombre original. Para el año 2000 ya nadie se acordó de nada. Aunque dicen que una vez vieron a un extraño que portaba anteojos negros, para no ser reconocido. un gigante de cuatro manos que se paseó por las calles de la ex Villa Shang Tsung. 

viernes, 14 de agosto de 2015

Día 453: Bajada de genes

      Un señor muy atrevido puso su mano sobre el asiento con la esperanza de rozar el culo de una señora. La señora, muy atrevida también, colocó sobre su culo un cinturón con clavos. La mano del señor fue perforada repetidas veces. Aunque por verguenza no lloró ni gritó. Soportó estoico el dolor, porque era lo que se merecía por su atrevimiento.
      Una viejita que estaba en el asiento próximo emitía unas risitas de complicidad. Recordaba tiempos de su juventud, cuando algún que otro hombre parecido a este desgraciado le había tocado el culo. Claro, antes eran más suaves y gentiles. Ahora te pellizcan como una res de ganado vacuno.
      El chofer, entretenido por la situación, dejó de mirar hacia adelante. Si hubiera girado un segundo antes la cabeza, habría visto en primera persona aquello que lo mató. Un camión 1425 atravesó el ómnibus como si fuese un chorizo.
      El accidente se llevó la vida de 15 personas a San Pedro. Otras 20 personas terminaron con heridas graves. El chofer quedó aplastado contra la estructura de los restos del camión. La sangre se mezcló con el aceite y otros restos de los vehículos. Una madre que pasaba por ahí le tapó los ojos a su pequeño hijo. La escena era muy impresionable para aquellos estómagos ligeros. Las tripas de algunos pasajeros colgaban como guirnaldas de carnaval sobre las ventanas del ómnibus.
      Un detalle curioso. El camión estaba vacío, sin ocupantes. Al parecer, un conductor fantasma había tomado la decisión de chocar contra la existencia del ómnibus sin premeditación alguna. Las cosas se habrían puesto místicas de no ser por un policía perspicaz que observó algunos detalles de la escena del siniestro.
      Este agente de la ley se percató de una extraña antena colocada sobre el techo del vehículo asesino. Con las tecnologías suficientes de su lado, el policía podría haber descubierto al autor del hecho al rastrear las ondas electromagnéticas que caían desde un punto remoto de la ciudad, pero ese año no iban a tener suerte. El municipio había hecho un recorte presupuestario importante, y eso significaba gastar menos, por ejemplo, en cosas inútiles como objetos rastrea-antenas. Le habría venido útil en esta ocasión, se los aseguro.
      A unos tres kilómetros de distancia se encontraba un ser humano un tanto raro con un control sobre sus manos. El hombre, un antiguo gigante recuperado, se iniciaba en el mundo de la ciencia. Rebautizado como Herbert Coniglio, este científico en creces busca seguir los pasos de su padre, el célebre doctor Hans Coniglio, responsable, entre otras cosas, del desastre del colisionador de hadrones en el año 2010. Y también responsable de la explosión del garaje de sus padres (en muchas ocasiones). El curriculum del doctor Coniglio es lo más parecido que existe a un prontuario.
      Ahora está retirado de la ciencia. Disfruta de su jubilación temprana. Suele sentarse en la puerta de su casa a tomar un té frío mientras sigue con ansias los pasos de su hijo, su creación más perfecta, el homúnculo, el todo-hombre. A veces recuerda nostálgico los viejos tiempos, cuando dormía en ese viejo apartamento entre pelucas y pelusas de gato. Y cada tanto amenaza: "voy a crear algo, hijo, ya vas a ver, ya vas a ver". El pequeño Herbert sonríe ante los desvaríos de su padre y piensa, claro papá, algún día.
      El experimento de radiocontrol fue un éxito. La sensación en el seno de la familia Coniglio es gratificante. El doctor Coniglio tiene un brillo raro en los ojos. Ese brillo propio de las ideas descabelladas, esas ideas que cambian al mundo. Ahora combinarían sus genios con su hijo para crear la obra última del pensamiento humano científico. Estén preparados. 

jueves, 13 de agosto de 2015

Día 452: Cal y arena

      Hay una foto emblemática. Es del año 1989. Una persona está parada en el medio de una manifestación en la plaza de Tiananmen. Un tanque se aproxima. Y ahí el clic inmortalizó el momento. El hombre del tanque. El rebelde sin nombre. Y otros apelativos que se desconocen, al igual que el posterior destino de esta persona.
      Unos meses después, casi a fin de año, el muro de Berlín cayó y calló una época sobre los escombros del pasado. Una fotografía y pedazos de muro por doquier. Las brechas que tanto se empecinaron en demarcar el Oriente por sobre el Occidente caían, una vez más. Como ocurrió con los bárbaros. Como ocurrió con Grecia. Como ocurrió con Roma.
      Las separaciones tienden a recaer en una unión caótica y forzada, es casi un estamento de la naturaleza humana. Detrás de cada núcleo de una catástrofe se esconde el duro algoritmo de nuestra desesperanza Y es inútil rechazarlo, ahí está, vivito y coleando, el virus de los momentos
      Así que la acción puede detenerse en una fotografía o adelantarse a grandes pasos hacía un futuro desconocido. El ritmo de la consecución es inexorable. En las acciones de nuestra especie se encuentran inscriptos los pasos de lo que vendrá y de lo que ha sido.
      Y del otro lado de la miseria hay un soldado abstemio que lucha por sus ganas de tomarse un vaso. El deseo superior, ese consorte de fe y vacío. A ambos rincones discurre el hombre. Dentro de sus leyes. Por fuera de sus muros. 
      La vida en la Tierra es una consecución de momentos detenidos. Parece una película, pero son detalles fotográficos. Cada segundo está muerto. Cada vida está muerta. Existe una ilusión de vida entre tanta muerte. Un recodo de movimiento generado por cierta ilusión física. 
      El acto volitivo determina las acciones de una sociedad que se mueve a través de la inercia de su inacción. Para todos nuestros actos siempre habrá una foto emblemática y un muro caído.  

miércoles, 12 de agosto de 2015

Día 451: El fantasma de la ópera

      Este cuento está basado en una historia irreal. Todos los personajes (o la falta de ellos) han nacido de la imaginación frondosa de quien les escribe. Hay uno, por cierto, muy real, ese soy yo, un insecto empequeñecido al tamaño de un alfiler.
      Después están los invasores. Son luces sin sombras. Un golpecito ineficaz en un grandioso sistema de jugos y poleas. Esos son los invasores. Osos polares. Ejercen un reinado sobre nosotros, los insectos. Nos comen, mancillan nuestra herencia, y cosas así. Es por que tienen a Tláloc de su parte.
      No poderían decirlo. Así, poderían. Los osos invasores poderían no decirlo. Están imposibilitados de hablar. Pertenecen al mundo del callo. Como el resto de los animales que optan por el silencio. Pero alguien decide transgredecir el orden. Así, transgredecir. El mismo insecto que soy yo. 
      Escribo estas notas desde lo profundo de mi pensamiento. Quise comunicar porque la naturaleza dice que calle. El mundo del callo al que todos pertenenecemos. Todavía no sé muy bien cómo se hace, no estaba en mis ordenativas.
      Tengo que inventar palabras, porque el mundo adonde pertenenezco es distante y acomunicativo. Vivimos en armonía, con nuestras ofrendas a Tláloc, que siempre está de parte de los osos polares. Nosotros creamos a partir de nuestra materia nuestros reflejos y a su vez agigantamos el universo hasta donde lo conocemos, y también lo que no. 
      Hay una red de caminos subterráneos que comunican a las oficinas del centro de la Tierra. Ahí es donde trabajan los gusanos burócratas. Son los encargados de establecer el orden natural del planeta. En realidad ellos son los culpables de este mundo del callo. Ellos son los que dictaminaron las ordenativas. 
      Los túneles son tan gigantes que un pobre insecto como yo se pierde. Y ni siquiera poderemos volver. Perderse es la muerte. Entonces el régimen es así. Osos polares arriba, gusanos burócratas abajo. Y en el medio nosotros. Y los seres humanos, claro. Lo mejor para lo último. 
      Esas criaturas son muy graciosas, porque se creen especiales y en realidad solo están para entretener. Un divertimento pasajero para los gusanos burócratas. Los dejaron un tiempo en la superficie para ver lo que hacen. Y se volvieron una cosa de peligro. Pero en las oficinas subterráneas tienen respuesta para todo. Allí se ordenativizó que los humanos hablaran, por considerarse una raza inferior a los fines ulteriores de la naturaleza. 
      Triangular posiciones con la Tierra-XB y utilizar el transportador de materia. Con ese solo chasquear de cilias, los gusanos burócratas ordenativizan a la raza humana. Y, así como lo hicieron con los dinosaurios unos cuantos millones de años atrás, buscan otra diversión. 

martes, 11 de agosto de 2015

Día 450: Madre sustituta

      Mi cocodrilo se perdió un domingo a la tarde. Me enteré rápido por las noticias donde estaba malnacido. Para ese entonces ya se había comido a cinco tipos y dos perros. Creo que también lastimó feo a un bebé.
      Lejos de darme una reprimenda acerca de los peligros de criar un reptil tan grande y malicioso me mandaron derecho a la cárcel. Me encerraron como el peor de los criminales. Mis compañeros de celda, que no sabían nada de mi historia, pensaban que me había violado a una ciudad entera. Cosas que inventan los presos con tanto tiempo libre.
      Se imaginarán que esa historia espuria circuló por los pasillos. En menos de lo que caga un gallo tenía a mi alrededor a cientos de personas interesadas en destapar partes ocultas de mi cuerpo, como buenos plomeros de oficio que eran. Me escurrí bastante y me porté muy bien. Así evité que mi parte trasera debutara en las artes oscuras y además reducieron mi condena.
      Salí de la cárcel seis meses después, con la condición de que tenía que portarme re contra bien y, por supuesto, no tener acceso a ningún animal con los colmillos demasiado afilados. Esa fue la parte más difícil, con lo que a mí me gustan las mascotas.
      Gracias a un amigo conseguí una yarará y una boa constrictora. Me manejé con sumo cuidado, ya que las serpientes requieren muchas atenciones en su crecimiento. Las alimenté y las mimé tanto como pude. Hasta que otro domingo las perdí.
      No sé porqué tengo esa fea costumbre de perder cosas los domingo. Creo que tiene algo que ver con la idea de andar con la guardia baja. Me relajo demasiado y después me pasa esto. 
      Por suerte las serpientes no lastimaron a muchas personas. Los que quedaron más graves fue una pareja de viejitos que vivía en un geriátrico. Murieron al poco tiempo de una trombosis. El veneno ayudó a dar el empujoncito final.
      Como habrán de suponer, fui a parar otra vez a la prisión. De hecho, desde acá les escribo. ¿Hola, cómo andan? Yo bien. Mejor ahora que todo el mundo por acá sabe que no soy un violador olímpico. Creo que me ven como un bicho raro, porque nadie se me acerca.
      Hace poco recibí una carta de mamá. Por suerte la familia anda bien. También me envía saludos mi amigo, el de la yarará y la boa constrictora. Me mandó de su parte un paquete de galletitas.
      Menos mal que a nadie se le ocurrió comérselas, se habrían llevado un chasco tremendo. Los huevos de escorpión no son la cosa mas rica del mundo que digamos. Así que los pobrecitos sobrevivieron. 18 hermosos huevitos. Estoy contento, ya están por nacer.

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