domingo, 2 de agosto de 2015

Día 441: La navaja de Ockham

      Y un día crearon la polilla inmune a la naftalina. La porquería era más resistente que una cucaracha deportista y con buenos hábitos alimenticios. No tardó mucho en convertirse en una plaga. Luego, con una ayudita de la evolución, su tamaño se extendió a un meritorio metro ochenta. Unos quince centímetros mayor al promedio de la altura de un hombre en Asia.
      La super polilla no solo cambió sus dimensiones y sus debilidades. También el menú era nuevo. Atrás en el pasado quedaron las camisas agujereadas. Ahora se lanzaría con todo a la fauna animal, para competir con los depredadores más feroces, como el tardígrado o el ser humano.
      El problema, lejos de quedar ahí, se agravó. La polilla empezó a reproducirse, con lo que venga. Perros. Gatos. Elefantes. Osos hormigueros. Cualquier cosa que pueda ser recipiente de sus huevos. El mundo no tardó en infestarse de gatos polillas o bisontes polillas. Eran parecidos al animal de origen, por poner un ejemplo, un hipopótamo, pero con alas. Incluso muchos pájaros, que ya tenían alas, desarrollaron unas nuevas alas de polilla. Nada parecía detener el desenfreno reproductor de la super polilla. 
      La descendencia de este peculiar animal azotó pueblos enteros. No quedó un solo pullover en pie. Cada vez más fea se ponía la situación. Mamá polilla y sus críos pateaban, tranquilos, las pelotas de la Tierra. Se temió el fin. Olas de inseguridades. Sangre por doquier. Madres en bolas. Todo un desmadre. Había que llamar a los científicos, de nuevo.
      Si, a esos mismos científicos que se les ocurrió crear una cosa sin sentido, como lo fue esta polilla super desarrollada. Tendrían que revertir el proceso, como en las películas. Esas cosas suelen funcionar. Claro, en las películas. En la vida real esos procesos llevan años enteros, y eso no asegura el éxito total de una empresa. En lo que respecta a la polilla, la decisión era categórica: no hay vuelta atrás. Había que fumarse a esta super polilla destructora de universos hasta el filtro. 
      El asunto se habría terminado unos tres párrafos atrás si a cualquier ser humano desprevenido se le hubiera ocurrido pegarle un disparo a la super polilla. Eso la hubiera matado. Sin dudas. Pero todos tuvieron miedo. O accesos de idiotez. O indiferencia ante la situación. ¿Quién temería por un insecto cuando existe la naftalina? Pero no. El bicho ya repele a su propia kriptonita. Así que la lógica dictaba que el insecto es más fuerte que Superman. 
      Un tanque de guerra no habría dejado huella de la polilla. Incluso un piedrazo atinado con la potencia suficiente la habría dejado fuera de combate. Igual no vale la pena redundar en detalles sin sentido. Los científicos, luego de dictaminar la imposibilidad de revertir el proceso de crecimiento de la polilla, ingeniaron un artefacto para atrapar al bicho. La trampa era una maravilla de la ingeniería.
      Lo colocaron al pie de una montaña. La cosa media como cincuenta metros de alto por diez metros de profundidad. De acuerdo a los record Guinness, es el placard más grande del mundo. 
      Dentro del placard más grande del mundo colocaron el cebo más grande del mundo. Repleto con la mayor cantidad de feromonas del mundo. Ahí colocaron a todas las ranas, pingüinos, perros, gatos y demases animales con la capacidad adquirida de volar, gracias a las dotes de su madre. Todos cayeron en la trampa, menos mamá super polilla. Los científicos golpeaban sus puños contra la mesa. La criatura era más esquiva de lo que se pensaba. 
      Así que redoblaron la apuesta. Lejos de usar una pistola o una piedra. Los científicos construyeron un aparato mejorado. O sea, un placard de cien metros de alto por veinte metros de profundidad, lo que lo convertía en el nuevo placard más grande del mundo, de acuerdo a los record Guinness. Pero a este le cambiaron la estrategia. Colocaron dentro un pullover, el más grande del mundo, por cierto. Y ahí tuvieron éxito. Por mucho tiempo cerraron a cal y canto los dos enormes placares. Hasta que todos los animales encerrados ahí dentro murieron de inanición. 
      Los placares quedaron al pie de la montaña, como un testimonio del triunfo de la ciencia sobre las plagas del mundo. Colocaron unas plaquitas conmemorativas y el lugar sirvió de ahí en más como destino turístico. Los lugareños hicieron mucha plata vendieron remeras y llaveros de la super polilla. Aunque nadie les avisó que los restos mortales de su fuente de dinero eran radioactivos a más no poder. La zona quedó deshabitada por miles de años. Y ningún científico pudo repoblar esa zona, hasta el fin de los putos tiempos.   

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