lunes, 3 de agosto de 2015

Día 442: Gravedad

      Mi mamá confundió botulismo con boludismo y esa no fue la primera vez. Díganle por favor que son palabras diferentes. Es la dislexia, dijo el doctor. Para mí es algo peor. Es el mal de nuestra familia. Algo del tipo séptimo hijo del séptimo hijo. Pobre mamá, se volvió loca después de parirme. 
      Antes tampoco era muy cuerda, según me contaron. Según mi papá, Dios lo tenga en la gloria, a mi madre le gustaba tomarse una copa de vino día por medio, y eso la descontrolaba un toque. Comenzaba con sus augurios post-apocalípticos. Ojo, hay que entenderla, hace treinta años atrás todos creíamos que entre los rusos y los yanquis nos iban a volar en pedazos con alguna que otra bomba. Había miedo. La gente común ignoraba esas cosas, o se lo tomaba todo muy en serio, como mi mamá. Después nací yo, a fines de mayo del 84 y a la mierda la guerra fría.
      Es como si todo en el universo se hubiese apagado de golpe. Cortaron la luz. Así le pasó a mamá. Le chupé la energía como un íncubo. Y esa energía era lo que la mantenía cuerda. De ahí en más perdió la chaveta. Comenzaron sus juegos de palabras. Después las cosas se acentuaron un poco más. Mamá tenía un humor excelente. Recuerdo que una vez metió dos o tres tuercas en mis cereales. Fue un gran chiste. Bah, lo habría sido si no me hubiera tragado una tuerca. Terminé en el hospital junto a mi padre, preocupado.
      Pobre papá. Nunca estuvo mucho para nosotros. Trabajaba demasiado. El tipo vivía de viaje en viaje. Decía que ese era su modo de amarnos. Traer mucha plata y comida a nuestro hogar. Oh sí, papá nos amaba mucho. Pero no podía con todo, criar a un chico complicado, domesticar a una mujer que enloquecía día a día, cerrar contratos con empresas que le otorguen un buen rédito económico. Pobre papá.
      Y murió como vivió, así de golpe. Un paro cardíaco lo dejó seco. Y nuevamente quedamos solos, más solos, digo, mamá y yo. En ese entonces intervino la familia de mi tío. El hermano de papá. A diferencia de mi padre, mi tío era un reverendo hijo de puta. Gracias a mi tío sufrí la adolescencia. También le puedo dar gracias a mi tío por encerrar a mi mamá en un loquero. No me quejo, es lo que tendría que haber hecho papá hace mucho tiempo atrás. Pero pobre papá, no tenía las pelotas suficientes para hacerlo. Hay que ser muy hijo de puta para tomar esa clase de determinaciones. Mi tío lo era, y con creces.
      Cuando tuve edad suficiente, huí de la casa de mi tío, por razones obvias. Trabajé. Me hice de algunas changas. Hasta que pude alquilar un monoambiente con un amigo. Todo hasta ahí muy bien. Pero cuando cumplí treinta se me cayó todo encima. Fijate como son las cosas, a mamá le pasó lo mismo a los treinta. 
      Es como decía, es el mal de nuestra familia, tarde o temprano caemos y enloquecemos. No es que me preocupe demasiado. Escribo esto con mis últimos restos de cordura. Tarde o temprano van a tirar esa puerta y me van a poner una camisa de fuerza. Allá me voy a encontrar con unos cuantos parientes. También con mamá. Va a ser una linda reunión familiar.  

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