martes, 4 de agosto de 2015

Día 443: El caballero del desierto

      Se sacudió el polvo de los sobacos. Caminar tanto tiempo sin sufrir los avatares del desierto es una odisea tan solo realizable por ciertos actores de película. Un odioso eco bailaba por su cabeza. Susurros. ¿Por qué no la mataste? ¿por qué? Si es lo que deseaba. Esa puta. No importa. Camino adelante. Sin remordimientos. Moverse. Moverse. Hasta que la arena deje de escurrirse a través de sus pantalones, como si fuese una especie de reloj sexual. 
      Si el sol no lo engañaba, dentro de unos minutos caería la noche, y con ella el inicio de una nueva jornada de actividades. Otra vez hay que esquivar a los robots mata gente. Esos que caen sobre los campamentos como una especie de Diomedes cibernético, asesinando a diestra y siniestra, porque sí, porque su inteligencia superior dicta que la humanidad es un material descartable en pos de la supervivencia del equilibrio terrestre. 
      Claro que las posibilidades de que nuestra vida sea interrumpida por una patrulla en el desierto son menores. Los robots huelen el calor humano, y saben que solemos amontonarnos en las ciudades. Solo unos pocos previsores emigraron a lugares como la Antártida o el Sahara antes que se desate el mayor ajuste de cuentas del universo desde el mismo big bang.  
      Y los pervertidos son chiquititos. Del tamaño de una molécula. No andan con cuchillos, tampoco hacen tomas ninjas. Suelen entrar por los orificios menos esperados. Como la uretra. Así que no era para nada raro que una persona amaneciese con el pito hecho una sandía o con la concha del tamaño de una pizza grande de muzzarella. Su conducta destructora no dista mucho del comportamiento del candirú, ese pez que clava sus garfios en el sistema reproductor humano hasta destrozarlo. 
      El robot, en cambio, sigue de largo. No le importa tanto dejarnos sin nuestra capacidad de reproducirnos. Va más allá. Destruye un poco el intestino delgado. Atraviesa el páncreas como una bala, y al final deja el estómago como si fuese un colador de fiesta. En resumen, el tiempo en que tarda un ser humano en tener una hemorragia interna producto de esta intrusión no suele ser mayor a los diez minutos. 
      En cuestión de semanas los robots pusieron a raya el control de la población en las ciudades. Aquellos que, como decíamos, pudieron escaparse a la Antártida o al Sahara, sobrevivieron un poco más. Aunque tuvieron otra clase de penares. A la larga los robots encontraron a la mayoría.
      Salvo él. Zafó de pedo, hay que reconocerlo. Una grandiosa tolerancia al calor. Es su carta de victoria, y claro, una armadura de hierro del siglo XVI. Ligera para el combate, pero inútil para resistir calores superiores a los 50 grados centígrados. Por momentos su cuerpo se asaba en piel viva. Pero la tolerancia venció. ¡Hurra por los genes! ¡Y hurra por la armadura, claro! que impedía que los intrusos genitales se metieran durante la noche. 
      Durante el día podía sacarse cada tanto la armadura, total los robots eran más de hábitos nocturnos. El caballero del desierto, así le gustaba llamarse. Un nombre pomposo para los tiempos que corren, pero adecuado. Si sus pergaminos de viaje eran ciertos, la nueva ciudad se encontraría a escasos kilómetros de su campamento. Rumores de ejércitos humanos reunidos. Voces que corren contra el viento acerca de una nueva revolución contra las máquinas. Charlas de viejas películas, claro, pero verdaderas hoy en día. Un letrero pintado a mano. Luces a la distancia, y una mano que da la bienvenida. En cuestión de minutos el caballero del desierto pondría a prueba sus percepciones para dar cuenta de la realidad o inexistencia del espejismo. 

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