miércoles, 5 de agosto de 2015

Día 444: Un traje nuevo para el emperador

      El odioso, el maldito, el emancipado calefón. Esa mierda había dejado de funcionar. El agua salía tan fría como una lamida de oso polar. Así pobre y desnudo, sin ropa para ponerse, porque estaba todo lavado y húmedo. Tuvo que salir a la calle. A mostrar sus encantos bamboleantes. Fue cuando sucedió un evento grandioso. Extraordinario.
      Las personas, si, las personas, aquellas que antaño lo habían ignorado, escupido, lacerado, ahora se portaba de maravillas con él. Todo era palabras gentiles y gestos de amor. Es como si alguien les hubiera cambiado el chip. Estaban en modo osito cariñosito.
      Las señoras alababan sus pelotas. Los señores comentaban lo bien que le quedaban los pelos en el culo. Y cosas así. Todo un ensueño. Y lo mejor, no hacía frío. Un viejito hasta se animó a decirle: "deberías postularte como intendente". Lejos de negarse, le hizo caso. Y para mejor, ganó las elecciones.
      El nuevo intendente era un hombre desnudo que preguntaba a los ciudadanos quién podría arreglarle el calefón. Ya había pasado un mes de todo. Y todavía no se había bañado. Y tampoco la ropa se había secado. Fue un mes húmedo. Pero el calor contra las pelotas lo valía. Además ahora tenía un cargo importante, con muchas nuevas responsabilidades. Tendría que dirigir los destinos del pueblo.
      Luego de tres meses, el intendente consiguió que le arreglaran el calefón. Pero para ese entonces estaba tan ocupado que no tenía tiempo de bañarse, ni de vestirse. Iba desnudo de acá para allá, dictando cartas a importantes ministros y escuchando los problemas de los habitantes de la ciudad. Todos lo querían mucho. Lo consideraban una persona íntegra y sincera.
      Está dedicado a su comunidad. No tiene tiempo, por eso se hizo instalar una mochila calefón en su espalda. Así puede bañarse cuando quiera en el momento que sea. Todavía no la pudo accionar porque es un hombre muy ocupado. La gente le ofrece su ropa, pero él se niega. Le gusta correr desnudo por la vida. 
      Lástima que la alegría duró poco. Llegado el invierno el intendente vio la necesidad de abrigarse, por eso tuvo que recurrir a la ropa, a su pesar. Las personas que lo habían votado empezaron a despreciarlo, una vez más. Volvieron los gestos obscenos, las puteadas. Ese hombre vestido no valía un comino. Y ocurrió lo esperado. Una tarde de invierno el pueblo obligó a su intendente ya vestido y limpio a dirimir del cargo.

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