jueves, 6 de agosto de 2015

Día 445: Cobro revertido

      Hace dos horas que no cuelgo el teléfono. Oigo una respiración entrecortada del otro lado del tubo y me gusta. ¿Debo considerarme un pervertido por eso? Si Hernán Cortés mató por menos, no sé por qué debería darme culpa. La sociedad nos hace culpables de exteriorizar nuestros sentimientos. Eso hace la muy bastarda, es un jueguito calculado, milimétrico.
      Mientras tanto pienso en Cortés despachándose seres humanos por el placer de la cosa. Al menos la respiración me trae tranquilidad sobre todos los avatares de un mundo enfermo. Tomen nota. Somos cáncer de planetas y la naturaleza, su sistema inmunológico, por así decirlo, busca extirparnos cual lombrices de una manzana.
      Ya sé lo que piensan ustedes, almas bondadosas. Se preocupan por mi próxima factura de teléfono. Está bien, no es problema, no pienso pagarla. Después está todo ese problema del dinero que no tengo y las moratorias. Yo me preocupo por otras cosas, como la falta de agua, la corrupción política o las próximas invasiones extraterrestres. 
      Y el teléfono no miente. A veces cuando presto mucha atención, escucho los ruidos de fondo. Un gato que toma su leche. La bocina de un Audi A3, modelo 2002, de color rojo. Oh, sí, tengo buen oído, saben. Como el de un perro, o casi. Oído absolutista, dicen los que saben. 
      Déjenme contarles una historia. Una vez iba caminando por la calle y encontré un billete de dos pesos. Giré mi cabeza, como lo haría un búho poseso, en busca del propietario. Y no lo encontré. Caminé contento hacia el kiosko con mi nueva posesión. Le pedí al señor que atienda que me diera caramelos. Fue cuando sentí que alguien me tocaba el hombro. 
      Era un hombre de unos cuarenta y tantos años. Estaba medio calvo, tenía un bigote ralo sobre los labios, y su acento era medio chillón. Me pidió que le devolviera sus dos pesos. Le dije que eran míos. El hombre me porfió que le pertenecían. Hay muchos billetes de dos pesos, de hecho creo que fabricaron millones y son millones los que circulan, le dije. Pero ese es mío, me repite. ¿Pero cómo?
      El tipo sí había perdido el billete. Tenía la costumbre de marcarlos con una birome roja en la puntita superior izquierda. Además que se acordaba la numeración de cada billete en su posesión. Un enfermo obsesivo, ¿no les parece? La cosa terminó bien. El tipo accedió a mi compra y llegamos a un acuerdo de que ambos habíamos tenido buena suerte. Yo por encontrar su billete, él por encontrarme a mí. Así que compartimos la bolsa de caramelos. ¿No es una linda historia? De esas con final feliz. Así me gustaría que fueran todas. Esta que sigue es diferente.
      Una vez se me ocurrió llamar al abuelo, para ver cómo andaba. Siempre me gusta charlar un rato con el viejo, tiene unos cuentos re divertidos. Ahora que el Alzheimer le está empezando a pegar, sus historias se vuelven cada vez más delirantes, y eso me gusta, me ayuda a relajarme. Puedo escucharlo todo el día entero al abuelo. Creo que en ese entonces me contaba algo acerca de un teniente italiano que luchó en el frente durante la segunda guerra mundial. El tipo recibió tres disparos en la cabeza y no murió. Las tres balas giraron alrededor de su cráneo y salieron despedidas hacia el enemigo. Mató a dos nazis. Claro que ese efecto boomerang le costó al soldado una parálisis permanente. Pero vivió para contarla. Y falleció como a los 95 años, por lo que me cuenta el abuelo. ¿qué me dicen?
      Después de ese cuento vino un silencio incómodo. Le pregunté al abuelo si estaba bien. Lo único que oí del otro lado fue una respiración entrecortada. Como ese ruido me calma, y de verdad no quiero perder al abuelo, me quedé postrado al teléfono. Así que acá estamos. 

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