viernes, 7 de agosto de 2015

Día 446: Habladurías del nuevo mundo

      Salió a tomar un poco de aire no contaminado en busca de inspiración. El arte no se lleva muy bien con el fin de los tiempos, así es mi amigo, decía el artista a un interlocutor invisible. De hecho el arte se había vuelto el pasatiempo más inútil de todos, si se consideran las recientes catástrofes contra la humanidad.
      El asunto comenzó con las lluvias ácidas. Al principio eran pocas y luego se hizo una cosa normal, de todos los días. Las personas comenzaron a vivir debajo de la Tierra por ese entonces. Los que quedaron arriba tenían una condena de muerte sellada. Más allá de las previsiones, no dejaron de morir muchos.
      No abundaremos en detalles. Solo se puede decir que los seres humanos pasaron por una situación acuciante y el arte se volvió un bien insignificante. Difícil la tarea para un escritor, sobre todo uno de novelas, dado que ya no existían las máquinas de escribir, ni las computadoras, ni los papeles, ni las lapiceras. Todo lo escrito debe ir a parar a la mente, sin otra alternativa.
      Así que los nuevos artistas emulaban un poco a los viejos. Apelaban a su memoria para recrear historias. Y se convirtieron en nuevos bardos de la comunidad. Una especie de televisores ambulantes con historias de otros tiempos.
      Por debajo de las alcantarillas pululaban unas cuantas copias de Homero. Contaban historias sobre todo. Sobre las ratas con las que convivían. Sobre las ratas que se comían. Sobre las ratas que tenían de mascotas. Sí, a veces los artistas podían ser obsesivos y monotemáticos. Sobre todo en esos tiempos. Tanto tiempo bajo tierra. Con ratas. 
      Una vez los líderes de la comunidad intentaron retomar los viejos hábitos de la lectura. Pero fue todo un fracaso. Las masas para ese entonces se encontraban demasiado imbecilizadas. El último libro fue leído por uno de los guardianes de la alcantarilla mayor. Era una compilación de cuentos de los hermanos Grimm. Tardó dos años para terminarlo. El libro tenía 25 páginas. En realidad era una vieja impresión en hojas A4. 
      Así que una vez más, lo decimos, el arte era inútil para esta nueva sociedad preocupada por convivir con las ratas debajo de las alcantarillas y temerosa de no caer bajo el peso acuciante de una lluvia ácida. Aunque este artista que les contaba tenía una peculiaridad. Conservaba algo del viejo espíritu. Tenía lo que los viejos diccionarios solían denominar creatividad. 
      Frente a esas masas imbecilizadas el artista ensayó su último repertorio. Una oda a las gaviotas. Pocas personas lo entendieron. A esa altura, salvo los muy viejos, ya nadie conocía a las gaviotas. El artista, en cambio, les habló con el corazón. Conocía cada retazo del continente. Terminó en las alcantarillas por una casualidad muy reciente. Y ahora cada tanto salía al exterior, aún con el temor de ser exterminado por una de esas lluvias ácidas.
      Y otra cosa, que nadie sabía. El artista estaba muy enfermo. De hecho la radioactividad del exterior corría por sus venas. Pero había logrado lo que ninguna persona pudo, entrar y salir sin que la vigilancia lo notase. 
      El último grupo del exterior que se tuvo noticia fue hace unos dos años. Una cohorte de reos que trató de forzar la alcantarilla mayor. Allí se encontraba el guardián que leyó el último libro, el de los Grimm, las hojas impresas. El artista, en cambio, logró colarse por un lugar solo transitado por las ratas. Las personas cuando lo vieron, poco se preguntaron acerca del extraño. Ya estaban demasiado imbecilizados para darse cuenta.
      Poco a poco, la radioactividad fue matando al artista, y con ella a la gente que lo rodeaba, aunque no se dieron cuenta hasta que fue muy tarde. En cuestión de meses la humanidad en esos extremos del continente se dio por finalizada. Hay una isla en el Pacífico que dicen que todavía puede encontrarse habitada, pero eso son solo habladurías del nuevo mundo. 

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