viernes, 14 de agosto de 2015

Día 453: Bajada de genes

      Un señor muy atrevido puso su mano sobre el asiento con la esperanza de rozar el culo de una señora. La señora, muy atrevida también, colocó sobre su culo un cinturón con clavos. La mano del señor fue perforada repetidas veces. Aunque por verguenza no lloró ni gritó. Soportó estoico el dolor, porque era lo que se merecía por su atrevimiento.
      Una viejita que estaba en el asiento próximo emitía unas risitas de complicidad. Recordaba tiempos de su juventud, cuando algún que otro hombre parecido a este desgraciado le había tocado el culo. Claro, antes eran más suaves y gentiles. Ahora te pellizcan como una res de ganado vacuno.
      El chofer, entretenido por la situación, dejó de mirar hacia adelante. Si hubiera girado un segundo antes la cabeza, habría visto en primera persona aquello que lo mató. Un camión 1425 atravesó el ómnibus como si fuese un chorizo.
      El accidente se llevó la vida de 15 personas a San Pedro. Otras 20 personas terminaron con heridas graves. El chofer quedó aplastado contra la estructura de los restos del camión. La sangre se mezcló con el aceite y otros restos de los vehículos. Una madre que pasaba por ahí le tapó los ojos a su pequeño hijo. La escena era muy impresionable para aquellos estómagos ligeros. Las tripas de algunos pasajeros colgaban como guirnaldas de carnaval sobre las ventanas del ómnibus.
      Un detalle curioso. El camión estaba vacío, sin ocupantes. Al parecer, un conductor fantasma había tomado la decisión de chocar contra la existencia del ómnibus sin premeditación alguna. Las cosas se habrían puesto místicas de no ser por un policía perspicaz que observó algunos detalles de la escena del siniestro.
      Este agente de la ley se percató de una extraña antena colocada sobre el techo del vehículo asesino. Con las tecnologías suficientes de su lado, el policía podría haber descubierto al autor del hecho al rastrear las ondas electromagnéticas que caían desde un punto remoto de la ciudad, pero ese año no iban a tener suerte. El municipio había hecho un recorte presupuestario importante, y eso significaba gastar menos, por ejemplo, en cosas inútiles como objetos rastrea-antenas. Le habría venido útil en esta ocasión, se los aseguro.
      A unos tres kilómetros de distancia se encontraba un ser humano un tanto raro con un control sobre sus manos. El hombre, un antiguo gigante recuperado, se iniciaba en el mundo de la ciencia. Rebautizado como Herbert Coniglio, este científico en creces busca seguir los pasos de su padre, el célebre doctor Hans Coniglio, responsable, entre otras cosas, del desastre del colisionador de hadrones en el año 2010. Y también responsable de la explosión del garaje de sus padres (en muchas ocasiones). El curriculum del doctor Coniglio es lo más parecido que existe a un prontuario.
      Ahora está retirado de la ciencia. Disfruta de su jubilación temprana. Suele sentarse en la puerta de su casa a tomar un té frío mientras sigue con ansias los pasos de su hijo, su creación más perfecta, el homúnculo, el todo-hombre. A veces recuerda nostálgico los viejos tiempos, cuando dormía en ese viejo apartamento entre pelucas y pelusas de gato. Y cada tanto amenaza: "voy a crear algo, hijo, ya vas a ver, ya vas a ver". El pequeño Herbert sonríe ante los desvaríos de su padre y piensa, claro papá, algún día.
      El experimento de radiocontrol fue un éxito. La sensación en el seno de la familia Coniglio es gratificante. El doctor Coniglio tiene un brillo raro en los ojos. Ese brillo propio de las ideas descabelladas, esas ideas que cambian al mundo. Ahora combinarían sus genios con su hijo para crear la obra última del pensamiento humano científico. Estén preparados. 

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