domingo, 16 de agosto de 2015

Día 455: El vino es mejor

      "Un día me voy a cargar a todos los pingüinos del mundo" esa fue la amenaza y nadie le creyó. El tipo, claro, no se refería a los nobles animales que habitan la Antártida. Un artefacto con forma de pingüino para almacenar y servir vino, a eso se refería.
      Lo hizo realidad. Un día. Todos los pingüinos desaparecieron de sus mesas y sus alacenas. También en aquellos locales donde lo vendían. Y los amontonó a todas esas figuras dentro de un depósito de amplias dimensiones. Nadie supo lo que el tipo hacía ahí dentro. 
      Allá adentro hizo lo que se esperaba de un tipo de su porte. Llenó cada uno de los pingüinos con el mejor vino tinto que puede comprar el dinero y se lo tomó a cada uno de ellos. Uno tras otro. Uno tras otros. 
      Y bebió, bebió, bebió hasta que no pudo más. Hasta que los ojos se le nublaron. Nadó en el mar de la borrachera y por ello juzgó divertido arrojar a los pingüinos contra las paredes. La policía no tardó en encontrarlo. Estaba tirado en el piso, semiinconsciente, nadando entre un charco de vino y pedazos de cerámica.  
      Como no le encontraron familiares y las cárceles estaban bastante llenas, lo metieron derecho a un loquero. Allá le enseñaron que lo que hizo estaba mal. Como castigo lo pincharon con una aguja del tamaño de Alabama. 
      Quedó grogui por años. Sin saber en donde estaba. Sin saber lo que comía o quién le hacía esas cosas. Solo veía luces a la noche y la oscuridad durante el día. Solo un pensamiento se le cruzaba cada tanto por la cabeza. El vino es mejor. El vino es mejor. 
      A fuerza de drogas muy fuertes y terapias experimentales lo rehabilitaron. En un transcurso de cinco años el loquero escupió a una nueva persona de sus entrañas. Ya nada recordaba. Salvo esas palabras, que aún resonaban por su cabeza. El vino es mejor. El vino es mejor. 
      Ahora, en la libertad, podría cumplir sus sueños. Bebería hasta hartarse. Era una promesa. Pero antes necesitaría muchas botellas, y muchos recipientes para colocar el sacro vino para ser bebido. El hombre miró al cielo, adusto, y juró: "Un día me voy a cargar a todos los pingüinos del mundo". 

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