miércoles, 19 de agosto de 2015

Día 458: Muchos micros circulando

      Es un calambre de micros. Se superponen, como costras sobre piel no cicatrizada, uno sobre otro. Si alguien pudiese ofrecerse, un mártir. A pararse en el medio de la calle y decir: "¡Detente, mundo!"
      Y si alguien le hiciera caso, antes de estampar su cuerpo contra un semáforo. Quizás si ocurriese empezaríamos a desconfiar de la realidad. Los supuestos caerían con todo el orden establecido. Nacería un nuevo mundo de las personas entrañas de aquel Zeus de la calle. Es fácil soñar, por así decirlo.      ¿Y las intrigas? ¿Esos misterios acorbardados por el espanto de la novedad? El micro tendría que parar acá. Y no viene. El resto de las líneas, de los colores, de las ruedas, son ecos fantasmas de un artificio perdido. Colores y luces proyectan sus sombras a través de las carnes del hombre muerto que espera.
      La calma de la nada. Los pensamientos se abstraen porque no tienen otra cosa que hacer y decimos, ¿Porque esperar? ¿Porqué recibirse, tener hijos? ¿Porqué coger? ¿Porqué amar? ¿Porqué vivir? ¿Porqué soñar? Por nada. Y dónde, por dónde menos se lo espera. Una salida diplomática. El buen político huye temprano y sirve para otra guerra.
      Arriba. En el elegido. El sueño de miles de dolores hacerse realidad. El micro-Ítaca. Penares de Egeo. Volver a las sombras de las que hemos partido. Sueños de dolores de cabeza sin ibuprofeno. Todo es sueño y caricatura. ¿Y después?
      El círculo. El círculo inexacto, dibujado con el muñón. Una experiencia de las increíbles. La fiesta inolvidable. Esa resaca que vale la pena ser vomitada de afuera hacia adentro. Atravesar el círculo. Desnudo. Despojado del artificio. Fuera micro. Fuera vida. Casa dónde siempre estuvo. Ítaca sombra.

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