jueves, 20 de agosto de 2015

Día 459: Siesta

      Las cuatro de la mañana. El guardia de seguridad había visto por decimoquinta vez El Padrino II. Le entristecía la muerte de Fredo. Le caía bien el personaje. No podía evitar derramar una lágrima cada vez que oía el disparo. John Cazale, un gran actor, decía el guardia para sí, satisfecho. Ese tipo murió joven, un paro cardíaco, si mal no recuerdo. Tragedias de la vida.
      Faltaban dos horas para el cambio de turno, así que le pareció bien echarse una siestita de media hora antes de dar el último rondín. Sintió unos ruidos extraños, pero se sentía tan cansado que los párpados ganaron la batalla sobre los ojos. Tuvo un sueño ligero, agitado. Soñó que era Fredo y nadaba en el mar, como un gran tiburón. Asomó a la superficie y divisó un barco. Una señora gorda bajo una sombrilla comía un sandwich. Decía algo que no escuchaba. Todo era silencio. Asoció enseguida. Esa es mi madre. Aunque en realidad su rostro era diferente. Era la cara de Audrey Hepburn con cuarenta kilos de más. Pero estaba seguro que era su madre. Así es la lógica de los sueños.
      El tiburón guardia Fredo luchó contra su propio instinto. Pero al final perdió el control y devoró a su madre Audrey en dos bocados. La sangre manaba por sus colmillos. Mamá Audrey no gritó. Se metió en el agua, y ya no era agua. Se encontraba en un cielo puesto boca arriba. La presión en su cabeza se elevaba. Ahora su cuerpo de Fredo tenía forma de globo relleno de helio.
      Y ahí se despertó. El guardia de seguridad se palpó los cachetes para corroborar que estaba vivo y despierto. Hacía un frío no habitual. Demasiado frío. Y el sol todavía no asomaba. Algo más lo extraño. A pesar de sus 117 kilos (no soy gordo, mamá, solo estoy rellenito) se sentía muy liviano. Ligero. Como el aire. Sin resistencia. Saldría de la casilla y pegaría un salto como de tres metros de alto. Y no se equivocó.
      Aunque en realidad el salto llego a ser de cinco metros. La caída fue muy dolorosa. Ahora tenía el cuerpo repleto de un polvo gris que nunca había visto antes en el estacionamiento. Algún saco de cemento que se le cayó a algún auto.
      Asomó la cabeza para iniciar el último rondín de la noche. La calle estaba desierta. Las almas duermen o se drogan. O vigilan los bienes ajenos, como él. De verdad hacía frío. Sin detenerse a reflexionar el salto que acababa de dar encendió un cigarrillo. El encendedor no funcionó. El guardia le dio unos cuantos golpes con el costado de la mano, pero no hacía chispa.
      Por alguna razón que aún no sabía distinguir se encontraba nervioso. Debe ser por el sueño, pensó. El guardia levantó su cabeza y observó la luna, eso siempre lo tranquilizaba cuando tenía esos ataques de ansiedad.
      Allá arriba estaba. Una bolita azul y blanca, como de costumbre. Una superluna, pensó. El juego de sombras de las nubes debe ser, es parecida a la Tierra. Eso lo relajó, a pesar de no poder encender el cigarrillo.
      A las 6 de la mañana llego el relevo. Encontró su lugar de trabajo marcado con un gran agujero repleto de tizne negro, como si hubiese explotado o elevado al espacio en un vuelo experimental de la NASA. El guardia de las 6 se sintió contento, hoy no trabajaría hasta que le arreglaran la garita.
      Esa noche, un telescopio auscultó la luna. Tocaba cuarto menguante. El astrónomo revisó las lentes y corrigió dos grados en la declinación. Allá, en el borde sur del Mare Imbrium, por encima de los montes Carpatus bailaba un puntito minúsculo. El astrónomo tomó nota de la anomalía y al otro día mandó a reparar el telescopio. 

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