viernes, 21 de agosto de 2015

Día 460: Candilejas

      Jacinto media su tiempo en cabezas de ganado vacuno. Había heredado de su padre un campo de 115 hectáreas en General Belgrano. Ahora se dedicaba a explotarlo. Le daba algunos pesos, para qué negarlo, pero no era lo suyo. Sus sueños se encontraban en las marquesinas de Buenos Aires, dentro de sus teatros. La revista porteña, codearse con las vedettes más preciosas de la galaxia. Quién sabe, tal vez hasta proponerle matrimonio a Libertad Leblanc. Jacinto soñaba alto.
      Pero la realidad era otra. Las labores del campo lo absorbían por completo. A la mañana el tambo, a la tarde controlar la alimentación de las vacas y otros quehaceres de la casa. Y las visitas a la forrajería. Y las visitas al veterinario. Y cenar con doña María, su estimada esposa.
      El matrimonio ya iba para los quince años. Ambos bordeaban los cuarenta. Nunca tuvieron hijos, pero tampoco se preocuparon demasiado, ya que la vida al aire libre les recompensaba esa falta con creces.
      Un día jacinto se levantó temprano, de acuerdo a lo que acostumbraba. Puso la pava en la cocina y se preparó unos chicharrones. María todavía estaba en la cama, pero ya vendría pronto para ayudarlo a traer las vacas. Eran como las cuatro y diez de la mañana, el rocío aún no había hecho acto de presencia en aquella parte del paisaje pampeano.
      Y otra cosa, el silencio. No había ni un solo ruido. Un silencio muy puro. Para el hombre de ciudad eso no es raro si se considera su imaginario respecto al campo. Jacinto, en cambio, se sobresaltó y apuró el mate. Demasiado silencio. Es como si alguien allá arriba hubiese apagado a la naturaleza. Algo anda mal, pensó.
      El hombre se calzó la escopeta y salió. Es raro, si alguien anduviera por ahí, el perro habría ladrado. Eso lo sabía bien. Doce vacas le llevaban robado en lo que va del año. Y en todas las ocasiones el perro ladró.
      Nadie se había llevado a nadie. Todas sus vacas estaban sanas, para su suerte. Todas sus vacas estaban reunidas en círculo alrededor de su casa, para su sorpresa. Uno de los animales, una Jersey, se encontraba un paso más adelante que el resto. Esto fue lo que dijo:

      - Hombre, mis compañeras no van a hablar. Somos una raza demasiado tímida. Pero aún así estamos acuciadas por la necesidad. Ya soportamos demasiados maltratos. Desde hoy hasta que se mejoren nuestras condiciones de vida entramos en un periodo de huelga indefinida.

      Jacinto sintió que sus piernas pesaban dos toneladas. Tuvo que sostenerse a la tranquera para no perder el equilibrio. Nunca antes le había hablado una vaca. ¿Los animales no hablan, no? Quizás en algún episodio de la dimensión desconocida. Igual allá no tenían televisión. Era un lujo demasiado costoso. Además tampoco llegaba la electricidad. Jacinto habló como le salió:

      - Yo tengo sueños - la vaca lo observó con su rostro bovino, como exigiendo una explicación más extensa. - Sueños. Luces. Teatro. El show de la gran ciudad. Caminar por calle Corrientes. Comer una pizza en alguno de esos bares famosos. Sueños. ¿Ustedes las vacas no tienen sueños?

      Claro que sí tenían. Ser libres. No alimentar con sus ubres a los niños del mundo. Caminar por las calles. Libres. Jacinto escuchaba fascinado, aún no se había acostumbrado al sonido de la voz de la vaca. Sueños. Aunar los sueños bajo las luces. Y desfilar, por la calle Corrientes, rumbo al obelisco, Jacinto y su compañía ganadera. Escoltados por los reflejos de la noche y la farándula, Jacinto y las vacas cumplen sus sueños. 

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