sábado, 22 de agosto de 2015

Día 461: Las políticas del éxtasis

      El traje de látex le quedaba moldeado al cuerpo. Una preciosura. Pagó millones por acostarse con ella. Pronto se desvestiría y dejaría todos sus pudores al descubierto. Una pequeña erección asomaba entre los pantalones del candidato a gobernador. Claro que nunca sabría a ciencia cierta si ese pedazo de mujer era humano o androide, pero lo mismo daba. La ciencia del sexo se reduce a un palo, un agujero y sus diversas combinaciones.
      Nadie le avisó al político que lo estaban filmando. El video se viralizó en tiempo real. Lejos de asquearse por descubrir los cotilleos sexuales de un señor septuagenario, las personas quedaron fascinadas con el carisma del abuelo. Con carisma nos referimos al monumental miembro viril que le colgaba entre las piernas. Medía unos 25 centímetros de largo y 8 centímetros de diámetro. Una bestia fálica, en resumen.

      Dicen que esa noche posterior a la emisión del video muchas mujeres (y hombres) soñaron con ese pene. Incluso algunas mujeres penetradas por el político en sueño aseguraron quedar embarazadas. El imaginario popular hervía. 

      El candidato a gobernador no podía salir a la calle sin verse abordado por una caterva de personas en busca de su pene.  La situación era horrible. Como condimento a la historia, el viejo estaba casado. Su señora, casi treinta años, menor, lo había puesto de patitas en la calle. Aunque luego, después de mucho pensarlo, se arrepintió. El señor político era un hombre muy carismático. 

      La política del siglo XXII poco tenía que ver con la historia previa. Ya no se votaba en cuartos oscuros. Y aquellos que se postulaban para los cargos más importantes eran elegidos a mano en grandes asambleas comunales interconectadas a nivel nacional por medio de la Supranet. Por lo general, luego de un debate que podía durar unas cinco horas, se lograba un consenso bastante unánime. 
      El viejito temblaba a medida que sus pasos lo acercaron al anfiteatro del pueblo. Allí se terminarían sus aspiraciones. Todo por un puto video. A la mierda su campaña. A la mierda la seriedad. Su carrera política no era más que un chiste.
      Contrario a lo esperado, una ovación cerrada que duró cinco minutos reloj recibió al viejo político. Algunas personas mostraban orgullosas sus tatuajes. Otros sus remeras. El carisma del político aparecía reproducido en todas partes. Tazas. Posters. Más vídeos del video. Compilados. Zooms. Muñecos de acción. Una parafernalia de merchandising peneano.
      Luego del himno nacional llegó el turno de presentar las candidaturas. De acuerdo a la tradición, el primer postulado debía ser señalado por una persona elegida al azar entre los concurrentes de la asamblea. Este año le tocó el turno a un tal Fidel Larrañaga, un hombre de unos cincuenta años, albañil, madre de dos hijos luego de un exitosa operación de cambio de sexo.
      El hombre sin dilaciones señaló al viejo político. Cuando iban a tomar nota de su elección, Fidel aclaró: "No, el señor Reynaga, no. Me refiero a... Usted ya sabe. Eso."
      El mediador tomó nota. Colocó un gran asterisco al lado del nombre del señor Reynaga y agregó: La cosa del señor Reynaga. No hace falta agregar que el miembro viril del viejo político ganó por una diferencia apabullante.
      Un pene en el gobierno. Eso tuvo sus complicaciones. El señor Reynaga, famoso por su video, tuvo que ofrecerse como regente de la parte más prominente de su cuerpo. Cabe decir que el pene fue reelecto tres veces, generó un superávit fiscal digno de un país del primer mundo marciano y se retiró cubierto de la gloria de su carisma único. Y prominente. 

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