domingo, 23 de agosto de 2015

Día 462: Conversaciones

      Le pidió perdón antes de depositar la almohada contra la cara de su madre. Pedro creyó llorar aunque no haya derramado una sola lágrima, En sus sueños de loco psicópata guardaba un cierto cariño por esa vieja puta que solía ser su progenitora.
      Metió los pedazos en una multiprocesadora. Todo lo que pudo. El resto fue a parar al perro. Ese animal se dio un festín por dos meses. La mujer pesaba como ochenta kilos. Pedro lo tenía todo calculado. Un incendio premeditado. Un accidente, como le llaman. La casa enterraría con sus cenizas los restos del asesinato. Todos felices. Fin de la historia.
      Pero las voces volvieron. Esas que lo llevaron a matarla. Y ahora tenían un matiz distinto. Era la voz de su madre. Le reprochaba cosas. Nene, limpiá el piso. Nene, portate bien. Nene, haceme el amor. Mamá era muy demandante. Muy.
      Por cierto la policía investigó. No encontró nada raro. Un accidente típico. Una mujer de unos sesenta y cinco años se olvida de apagar el horno y vuela toda la casa en pedazos. Típico. Pedro representó bien su papel. Las lágrimas calculadas que nunca habían aflorado al momento de despachar la almohada. 
      Y nada de remordimientos. No. No iba a ser esa historia tipo corazón delator. Nunca confesaría su acto supremo de contrición. Estaba en paz con Dios. Qué diablos, si él mismo en persona se había tomado el trabajo de indicarle las cosas que debía hacer. Tenía el visto bueno. El visto bueno. 
      Su madre, en cambio, nunca fue muy creyente. Las religiones organizadas por los hombres velan el sentido de la divinidad, opinaba. Pedro nunca se animó a decirle lo herético que sonaba eso, No al menos hasta que la mandó al otro lado del mundo.
      Ahora tenían un verdadero diálogo. Estaban los dos de acuerdo. Un diálogo verdadero. Ya no quedaban hombres justos. Lot estaba equivocado. Sodoma y Gomorra deberían arder.

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