lunes, 24 de agosto de 2015

Día 463: La colección

      Domingo 23 de agosto de 2015. Eugenio colocó el huevo de pascua vencido al lado del árbol de navidad. Los productos usados le traían paz, por eso recurría a ellos con una tenacidad compulsiva. A nadie le preocupaba demasiado ya que pensaban que se trataba de una obsesión inofensiva. Al menos así fue hasta que Eugenio pidió dejar el cuerpo de Bobby junto al árbol de navidad. Bobby era su perro. Bobby murió el 15 de enero de 2014. Bobby despedía olor a muerto. Y así en lo sucesivo.
      Así es lo que dio por llamar una obsesión por lo que genera el paso del tiempo en las cosas. Todo tiende a pudrirse. Como esa torta de cumpleaños del 2010, ahí estaba, haciendo gala de unos cuantos gusanos, en una de las estanterías de su heladera. Eugenio necesitaba vivir del pasado con urgencia. Debe ser porque lo abandonaron de chico. Esas fueron las palabras de su carnicero. El tipo leía mucho Freud y tenía ciertas ideas peculiares respecto a la psicología. Entre corte y corte siempre hacía un poco de psicoanálisis con sus clientes. Con Eugenio le pegó. Parte de su trauma venía de ser abandonado a temprana edad por sus padres. Lo crió una abuela postiza con cara de simio junto a un abuelo perdido en la cerveza y los partidos de fútbol. Y dentro de todo no salió tan mal. Se recibió a tiempo del secundario, sin repetir ningún grado y al poco tiempo consiguió trabajo en una tornería como asistente de tornero. Seis años después ya tenía montado su propio negocio.
      Nunca se fue de la ciudad de sus abuelos. No le vio necesidad. Dentro de la cabeza de Eugenio no existía la curiosidad humana por descubrir lugares o cosas diferentes a las vividas. Así que todos los días se repetían con riguroso ahínco. Nunca preguntó por sus padres. Tampoco le vio necesidad. De hecho, Eugenio era un hombre práctico. Tenía cierta habilidad con las manos y eso sus clientes sabían reconocérselo. Trabajo no le faltaba.
      Sin viajes ni gastos importantes, los ingresos de Eugenio aumentaban año a año. Dado que el tornero no creía en los bancos, acumulaba sus riquezas en cajas de zapatos. Armaba fajos de diez mil pesos y los colocaba con cuidado en la caja. Cuando llegaba al tope, la marcaba con una equis y la ponía sobre el ropero. Y así en lo sucesivo. El ropero estaba lleno de cajas con X. El carnicero no exageraba, Ese ropero podría haber comprado muchas ciudades enteras. 
      Pero no fue hasta ese 2010 que Eugenio perdió la chaveta. Fue cuando murió la abuela. El abuelo había muerto hace tiempo ya, pero no le importó demasiado. No le vio necesidad de llorarlo. En cambio con la abuela había otra historia. La quería. Si, la vieja tenía sus falencias, pero las compensaba con cariño y tortas de fruta. 
      El carnicero una vez le dijo a Eugenio que el ser humano necesita procesar los lutos de la vida, porque muchas veces la procesión va por dentro. Eso también lo había leído de Freud. Y también le acertó. A esa altura, no era una procesión, era un mundo entero que pisoteaba las ideas de Eugenio. Y comenzó a acumular cosas. Esa torta de cumpleaños. El árbol de navidad impoluto. Bobby. Y por supuesto, la abuela. El esqueleto de la abuela le hacía compañía en el living, sentada como si esperara una taza de té. A la abuela le gustaba mucho el té. Es curioso, pero nadie se enteró de esas extrañezas de su personalidad hasta la misma muerte de Eugenio. En esa ciudad nadie se preocupaba por nadie.
      Los forenses entraron a la casa de Eugenio y se encontraron con la madriguera de una araña del tamaño de una anaconda. Cosas podridas por doquier. Y la abuela. Y Bobby. Y la torta. Y ahora Eugenio, que ya formaba parte del mismo paisaje. 

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