miércoles, 26 de agosto de 2015

Día 465: Ratatouille

      La rata se coló por el agujero y empezó a sacar sus propias cuentas. Cagaría en un total de veintidós platos y cuarenta y cuatro tenedores. Luego mearía las carnes, las verduras y cualquier alimento que tuviera a su disposición. Una vez terminada la tarea, se comería un queso meado y abandonaría el recinto antes de que llegaran los dueños.
      Ese día en particular muchas personas fueron a almorzar al restaurante. Fue un mediodía atípico dado que era miércoles y esos días de la semana solían ser tranquilos. Pero estaban en vacaciones de invierno, y por ahí se entendía por ese lado el afluente extraordinario de comensales. El dueño del restaurante debió sospechar algo cuando abrió el local y sintió un olor algo peculiar en la cocina. Le echó la culpa al veneno para cucarachas que había echado hace un par de días atrás.
      Así que ese miércoles al mediodía el restaurante que se encontraba en la esquina de Avenida Gaona al 2400 sirvió unos cuantos platos de comida repletos de mierda de rata. Otro tanto con los vasos. Otro tanto con los tenedores.
      No hay que aclarar. El SAME se llevó a quince tipos intoxicados y a otros tantos al borde de la muerte. Aún algunos llegaron a comentar, al borde de la euforia, no sé qué tenía ese plato de comida, pero me curé de cáncer. Otro lo mismo, pero con el SIDA como enfermedad.
      Un tiempo después investigaron la cosa y descubrieron la fuente de la intoxicación. El restaurante de Avenida Gaona cerró sus puertas. La clausura fue por tiempo indefinido. Al local le pesaba una multa de doscientos mil pesos. Mientras tanto, las voces se hacían circular. Ese restaurante hace platos mágicos. Curan enfermedades. Movilicémosnos.
      Las personas llevaron a las calles sus pancartas en señal de protesta contra el pobre dueño del restaurante, cuyo recinto solo había pecado de ser demasiado sucio para los estándares sanitarios de la ciudad. Quizás en el siglo XV, ¿no? Si, quizás debería haber vivido en esa época.
      La protesta no tuvo éxito. De hecho la movilización tuvo un acatamiento bajo. Unos cuantos locos bajo la lluvia, nada más que eso. Por lo bajo, los peritos hacían sus propias investigaciones. De verdad había una cura milenaria, tal vez new age, respecto a la caca de rata. Circulaba mucho por internet. Al parecer si se mezcla detergente con el sorete de una rata, el producto es capaz de exterminar virus de la talla del HIV, o destrozar células cancerígenas como si fuese un papel de calcar. Aunque lo sabían, el secreto se lo guardaron, porque dicen que no hay que avivar a los giles. 

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