viernes, 28 de agosto de 2015

Día 467: Pedagogía del siglo XXII

      Volteó a ver, por si la mujer se había arrepentido, pero no, se fue. No regresó más. Abandonado. Echado a la suerte como una moneda de un centavo fuera de curso. Y otras comparaciones de ese tipo. Es como una novela de Tolstoi pero escrita al revés. Nunca volvería a ver a esa cosa que denominó el amor de su vida. 
      Aunque después lo pensaría, luego de muchos años en soledad. Quizás fue un espejismo el asunto. Por eso prefirió ser un Ícaro sin alas y sin sol. Un hombre a secas. De esos que viven y mueren. En realidad que mueren, más que nada. Porque vivir es tan solo el tiempo breve de la expiración de un Titán. Inspira. Expira. Inspira. Expira. Así respiran los titanes que sostienen con su peso el equilibrio de la Tierra. 
      En realidad todo fue un fantasma desde el principio. O un poltergeist. Algo sobrenatural que mueve los objetos de lugar porque sí. Eso que a veces vemos en las películas de terror. Algo así era. Y lo confundió con el amor de una mujer del pasado. Nada más lejano. 
      Y no era un espectro amigable, como Casper. Era más bien de los malos. El fantasma le hizo el amor a todo su cuerpo de una manera poco ortodoxa. Picó su carne en rebanadas con su poder de multiprocesadora del otro mundo. La sangre chorreaba contra las paredes en una recreación de algún cuadro desconocido de Pollock. Los sesos y pedazos de cartílago otorgaban algo de textura a aquella obra del espanto. 
      El hombre despertó bañado en transpiración. Alterado por el mal sueño bajó de un solo trago la petaca de whisky que la mesa de luz sostenía. Su mujer roncaba. El ruido del tren sobre los andenes repiqueteaba en la distancia. 
      Luego volvió a despertar de ese sueño. Esta vez seco. Esta vez sin Whisky. Y con diez mil mujeres sin boca a su alrededor tratando de hacerle sexo oral a su cuerpo de muñeco. Suena una música de fondo, como de supermercado. Es la radio, piensa. Debo alejarme, elegir otro sueño. 
      Y vuelve a despertar. Y vuelve a despertar. Cada día. Cada lugar. Todo diferente. Las alteraciones. Que varían. Una y otra vez. De acuerdo. Alguien estará jugando con su cabeza. Un templo de ideas echado abajo. Alguien le debe meter dentro de su cerebro esas ideas alocadas.
      El profesor frunció el ceño. El Enseñatronic 2.1 se encontraba al borde del colapso. Ese niño idiota. No le da la cabeza, y no le dará. Van a mandarlo al pabellón de defensa. Eso no le quepa la menor duda. Enseñar es una ardua tarea. No es para cualquiera. Los pedagogos del siglo XX sacudirían sus cabezas ante los avances de los siglos posteriores en materia de educación. 
      Gracias al Enseñatronic 2.0, se podía introducir en cualquier individuo años y años de educación en cuestión de minutos. De acuerdo a las estadísticas de la máquina, el tiempo promedio en cursar la escuela primaria es de 30 segundos. En 1 minuto ingresa los contenidos del secundario. Y con unos 5 minutos, 4 o 3, de acuerdo a las capacidades económicas de cada familia, la carrera universitaria llega a su fin.
      Aún en pleno siglo XXII existían las viejas escuelas presenciales, pero eran cosa del pasado. La gran mayoría se había volcado al método del Enseñatronic 2.0. El aparato no estuvo exento de críticas. Evade la experiencia del contacto social. Amplía las posibilidades del conflicto psíquico. Y quizás la mayor queja, no enseña al individuo a ser creativo. 
      Creatividad. Eso venía a traer el Enseñatronic 2.1. Y ese día en particular sería el decisivo. El niño sujeto de prueba A recibiría por primera vez la enseñanza creativa. Fue todo un gran fallo. Del cerebro del niño salía humo. De la máquina salía humo. Toda la habitación era una gran bola de humo. 
      Mientras tanto, allá adentro, algo sigue soñando y despertando, soñando y despertando. Y los despertares, y los soñares, son cada vez más ténues. Como de algo que se va apagando. Apagando. Cierre. Fin.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...