domingo, 30 de agosto de 2015

Día 469: Love is in the air

      Dicen que la atmósfera en la Tierra está compuesta por un 78 % de nitrógeno, un 21 % de oxígeno y un 1 % restante de porquerías varias. Aunque en el futuro las cosas no fueron tan así. En el futuro algo cambió los componentes de la atmósfera y nada fue a ser lo que será. O algo así. En realidad en el futuro nadie está seguro de nada. 
      Se puede ver a una madre arrojar a su bebé por la ventana. Un señor saluda a otro señor entrechocando sus penes. Las abuelas hacen competencia de escupidas. Y por cierto, ya no hay un 78 % de nitrógeno. La suma bajó a unos 64, más o menos. Para bien de la Tierra, el oxígeno, gracias a los enormes planes de reforestación de mediados del siglo XXI, subió a unos 25 %. Nada mal. ¿Y qué pasó en esos 11 % restantes?
      El amor está en el aire. Así dicen. O así parece. Los pobladores del futuro caminan como tórtolos elevados del pescuezo. Van a paso tambaleante. Tropiezan. Emiten groserías. Viven desnudos en estados de constante apareamiento. Y aún votan a sus representantes del gobierno, los mismos partidos políticos de doscientos años atrás suelen ganar las elecciones. El amor, en el aire, dentro de ese precioso 11 %.
      Dado que la ciencia es considerada una especie en peligro de extinción, podemos aclarar un poco el panorama respecto a esta reorganización caótica de la atmósfera. Ocurrió luego de la llegada del hombre a Marte, en el año 2035, cuando estalló la Tercera guerra mundial, el conflicto menos sangriento en la historia de la humanidad. Es cierto, no murió nadie. Nadie. 
      Aunque para tal evento, las naciones se armaron hasta los dientes. Los laboratorios subterraneos de cientos de naciones bullían de armas biológicas, de nuevas bombas prontas a ser estrenadas. A último momento, el presidente de China se arrepintió de sus dichos y firmó las paces con Estados Unidos. A todo esto, en Corea del Norte un atentado terminaba con la vida de Kim Jong-un II. La paz estaba asegurada. A no ser. A no ser, claro, un accidente de tamañas proporciones. Y eso ocurrió.
      Y ese accidente de tamañas proporciones no mató a ningún ser humano. Bueno, no lo hizo a corto plazo. En asunto fue más delicado. Unos veinte años después de esa catástrofe, ya no quedaban científicos para explicar lo ocurrido.
      Si algún hombre de ciencia viviera, tal vez podría explicar como por accidentes millones de bombas fueron lanzadas al espacio, en dirección a las colonias de la ionosfera. La fortuna quiso que ninguna colonia volara por los cielos. Más bien se produjo un desbarajuste químico a gran escala. El nitrógeno murió en gran escala. Y los desperdicios se convirtieron en otra cosa. Otra cosa. Alcohol.
      El alcohol flotaba en el aire. Y no tardó mucho para que las personas aspiraran alcohol en grandes cantidades. Los habitantes de la Tierra comenzaron a vivir menos, pero felices y aletargados por el efecto de una borrachera que nunca se iba. Así se produjo el lento pero consistente declive de la razón humana.
      Los monos empezaron a preocuparse por sus primos lejanos. Actuaban extraño. Perdían su inteligencia. Extraño, no, en realidad actuaban como idiotas. Un mono vio como un ser humano le arrancaba el brazo a otro porque dijo que le picaba. Se podría haber rascado. Pero prefirió arrancárselo. Y murió desangrado. 
      Millones de seres humanos murieron por la idiotez de sus actos. Pero no hay que culparlos. El alcohol que flotaba en generosas cantidades en el aire era el verdadero instigador. Y fueron solo por unos míseros 11 %. 
      Algunas tribus empezaron a vivir en los árboles. Esa casualidad le sirvió de escudo contra una inminente extinción de la especie humana. Sus estómagos empezaron a asimilar los nutrientes de las hojas, y la evolución a la larga les hizo un guiño. Y eso, hijos míos es la historia de por qué dejamos de tener nariz.

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